-Levántate cariño, tienes tu desayuno preparado y el café recién hecho. No te demores, vas a llegar tarde. Un besito cielo, me voy, que no cojo el autobús.
Alberto sacó un brazo de entre las sábanas, luego perezosamente sacó una pierna y poco a poco fue moviéndose hasta que quedó sentado en el borde. Aún tenía los ojos casi cerrados cuando un sonido estridente lo despejó.
-Pip…pip…pip…pip…
El muchacho silenció el despertador de un manotazo y se levantó. Hacía poco menos de un año que se había independizado de sus padres, y desde hacía unos meses, su pareja, había cambiado de trabajo y ahora empezaba a trabajar antes que él y acababa más tarde. El cambio había sido bueno económicamente, pero en cuanto a horarios, era un palo para la chica. El hecho de ser el último en levantarse por la mañana, le producía un placer casi sobrenatural. Además, ahora, su mujercita, al tener que levantarse temprano, de paso le preparaba el desayuno. Ya le tocaría a él apechugar con otras tareas domésticas en otro momento del día. Alberto no podía pedir más. Se sentía el rey en su hábitat.
Se levantó, puso en marcha su cadena de música. En la radio sonaba una canción suave que incitaba al relax. Necesitaba algo con más ritmo. Buscó en varias emisoras, pero a aquella hora de la mañana, daban noticias en casi todas y volvió a dejar puesta la primera. Levantó el volumen y se dirigió al baño.
Se llenó la cara de espuma y mientras se afeitaba, antes de meterse en la ducha, oyó como sonaba a lo lejos, en el comedor, la banda sonora de Princesas, aquella película de Fernando León con un excelente trabajo de sus actrices protagonistas. Con el ritmo de la música, se le fue la cuchilla y casi se corta la barbilla.
-En cuanto pueda, tendré que poner altavoces en el lavabo; desde aquí apenas se oye.
Por si fuera poco, a medio afeitar, sonó el teléfono.
-Debe ser Adriana que se habrá olvidado algo. Es tan despistada la pobre.
Alberto corrió por el largo pasillo hasta el comedor y cogió el aparato.
-¿Diga?
-¿Es usted Alberto Padilla?
-Si, yo mismo, ¿que desea?
-Verá, soy Paula Martínez, trabajo para una agencia de cultura.
-Mucho gusto, pero encuestas a esta hora no, por favor. Tengo el tiempo justo.
-No, no se trata de una encuesta, verá, es algo más importante para usted. Le robaré solo unos minutos. No se arrepentirá. Mi agencia está llevando a cabo una prueba piloto única en este campo, para llevar la cultura hasta los hogares españoles y usted está entre los elegidos. ¿Tiene usted hijos, Alberto?
-Vamos a ver, ¿me está pegando el rollo para venderme algo?
-Claro que no, ¡como iba a hacer yo esto!, nosotros no vendemos por teléfono, que falta de respeto, por Dios. Verá, tengo algo importante que ofrecerle. Mire, si quiere, quedamos un día en su casa y le enseño…
-Dígame de qué se trata y acabemos –dijo secamente Alberto.
-No se lo va a creer, se trata de una enciclopedia escolar de lo más actualizada.
-No me interesa, no tengo hijos.
-Pero los tendrá, no se preocupe por eso. Además, la enciclopedia es lo de menos. Con ella le adjuntamos una innumerable lista de regalos que es para chuparse los dedos. No deje pasar la ocasión. Por el módico precio de una enciclopedia, tendrá usted… No, por favor, no cuelgue… ¡Será desconsiderado!
Dejando a la chica con la palabra en la boca, Alberto colgó el teléfono con cierta rabia por haber perdido un tiempo precioso y por haber ensuciado el aparato de espuma de afeitar. Se duchó con la mayor rapidez, desayunando a medias y se fue para el trabajo.
Al regresar a casa hacia media tarde, vio que su teléfono fijo tenía mensajes de voz. Le dio al botón y escuchó las siguientes palabras:
“-Soy Paula Martínez. Hemos hablado esta mañana. A las siete de la tarde estoy en su casa y acabamos de concretar… Gracias.”
El contestador no admitía réplica. Instintivamente, Alberto miró su reloj, las agujas marcaban algo más de las seis y media. En pocos minutos, pasaron muchas cosas por su mente, incluso la posibilidad de no abrir, pero quizás esto daría lugar a que la chica le molestara con llamadas inoportunas. Mejor enfrentar el problema y decirle que no a la cara.
-¿Cómo sabe esa gente mis datos personales, nombre, teléfono, dirección y quizás más cosas de las que yo imagino? –se preguntó.
El chico puso un poco de orden en el piso y no tardó en sonar el timbre. Con ciertas dudas de última hora, el muchacho abrió la puerta. Delante de sus ojos estaba una chica joven, vestida con un traje chaqueta ajustado, con una bonita blusa de color claro y con una sonrisa de oreja a oreja, de aquellas sonrisas falsas que cuando el cliente deja de mirar, desaparecen. Llevaba un maletín oscuro en la mano derecha. En definitiva, delante de Alberto se encontraba una auténtica ejecutiva.
-Buenas tardes, soy Paula Martínez.
-Buenas tardes… Alberto Padilla-contestó con un aire frío y con poca invitación a la conversación -, claro que usted ya conoce mi nombre y quien sabe cuantas cosas más.
-Exacto Sr. Padilla, pero no se ponga a la defensiva, no estoy aquí para inspeccionarle, simplemente se trata de que le eche un vistazo a lo que vengo a ofrecerle.
-Bien, antes de que continúe Sra. Martínez....
-Señorita, si no le importa.
Una pequeña mueca en los labios de Paula y un apretón de manos, hizo que Alberto se pusiera en guardia. De hecho, comenzaba a irritarse de una manera insospechada. Había pasado todo el día trabajando, aguantando a clientes maleducados y prepotentes, por lo tanto, no estaba dispuesto a tragarse un monólogo de lo más aburrido, en boca de la “se ño ri ta” que estaba plantada ante su puerta, con toda clase de folletos posibles.
-No pretendo ser antipático, pero comprenderá que acabo de llegar de trabajar, estoy cansado y lo que no quiero es que me eche una charla de muy señor mío para venderme una enciclopedia escolar que no me hace falta, por muy actualizada que sea.Ya le comenté que no tengo hijos.
-Bien, creo que para tratarse de un hombre joven, dispone de una buena argumentación para decir que no antes de ver lo que tengo que mostrarle. Me va a resultar más difícil de lo que creía –dijo para sí.
Seguidamente, Paula carcajeó de un modo, ahora sí, de lo más natural, lo que llevó a Alberto a relajarse un poco y la muchacha aprovechó para entrar en el piso y coger asiento.
-Yo tampoco deseo que usted pierda demasiado tiempo escuchando a una señorita que llega a su casa sin ser invitada, intenta venderle una enciclopedia y sabe que no va a ser recibida con una de las mejores caras del propietario. Pero me gusta mi trabajo ¿sabe? Supongo que usted realizará otro tipo de tareas, pero al igual que yo, debe tratar con un jefe, con cierto personal y lo más seguro que con posibles clientes que no están dispuestos a hacerle pasar una de las mejores jornadas de trabajo de la semana.
Alberto no contestó, simplemente se limitó a mover la cabeza afirmativamente, con poco ánimo.
-No se preocupe, no tardaré mucho, sólo le explicaré de qué se trata.
El joven, sin mediar palabra, sabía que la vendedora tenía mucha experiencia en este terreno, y sabía llevarse al posible cliente al huerto, como suele decirse. La chica hablaba mucho, pero no le daba opción a intervenir. Alberto empezó a sentir curiosidad y mientras la muchacha hacía su trabajo, él empezó a fijarse en cada gesto de Paula, en el movimiento de sus labios a cada sílaba pronunciada.
Comprendió entonces que era un trabajo difícil, en el que él jamás podría desenvolverse, ni podría obtener ningún cliente, porqué no era un buen comunicador.
Pasaron los minutos y Paula seguía allí explicándole las ventajas que podría obtener al adquirir la enciclopedia, pero Alberto se aburría soberanamente y ahora, apenas le prestaba atención.
De repente las llaves de la cerradura dieron la vuelta.
-Por fin, -pensó él -mi mujer me quitará de encima a esa pesada.
-Holaaaaaaaaa, ¿Alberto? ¿Hay alguien en casaaaaaaaaa? Ya volví -dijo efusivamente.
Con una pierna cerró la puerta. Iba deshaciéndose de los dichosos zapatos y se quitó la cola de caballo, dejando su melena al viento. Adriana, hasta que no se quitaba los zapatos, no se sentía en casa.
Cuando entró y se dio de bruces en el salón con la vendedora y con Alberto, su cara se convirtió en un poema. Aquella joven le recordaba a alguien. Sorprendida dijo:
-Lo siento mucho, pensé que estabas solo.
-No se disculpe, la que invadí su casa fui yo -sonrió Paula.
-Bien, ¿y usted es?...
En realidad, lo que siempre le gustó a Alberto de Adriana era no sólo su naturalidad, sino su personalidad tan directa.
-Buenas tardes, mi nombre es Paula.
-¿Paula Martínez? -preguntó Adriana con impaciencia, provocando la sorpresa en los presentes.
-Exactamente, ¿nos conocemos? –dijo la chica con cierta intriga.
-Claro, ¿no te acuerdas de mí? No es posible… Soy Adriana, Nani me llamabais en clase.
-¿Nani?... ¿La que siempre tenía problemas por fumar en los pasillos?, ¿la que me hizo salir con Fernando, a pesar de advertirte insistentemente que te quería a ti?
Entre tanto, Alberto creía estar en un partido de tenis, las miraba y le asombraba tal coincidencia. Se dijo que era mucho más entretenido el encuentro entre ambas, que escuchar el tormentoso monólogo al que le había sometido la intrusa momentos antes.
-Bueno, bueno... -continuó Adriana -¿Y cómo tú por aquí?, ¿te casaste?, ¿qué fue de tu vida?
-Ay Nani, no me casé. Ya conoces mi carácter, prefiero ser libre a permanecer atada a un hombre de por vida... Pudiendo tener dos, porqué conformarme con uno, ja ja ja… Es broma. En serio, aún no he tenido la oportunidad de encontrar a la persona adecuada con la que compartir mis vivencias. Supongo que estoy muy metida en mi trabajo. Veo que tú sí has sabido encontrar tu media naranja.-¡Vaya!... Pues sí, míranos a nosotros, a Alberto ya le conoces -sonrió Adriana -. Hace poco tiempo que estamos viviendo juntos y la verdad es que no nos va mal, en realidad, nos va mejor de lo que pensaba.
-Me alegro mucho, Nani. Yo soy comercial en una empresa donde debo captar clientes e intentar que compren el producto que les expongo. A veces es fácil, pero a veces es desalentador. Lo bueno es que me gusta. Me encanta ese trabajo.
Así pasaron varias horas charlando sobre el pasado, el presente y un posible futuro. Se dieron cuenta que seguían siendo las mismas chicas adolescentes, pero entendieron que si no hablaban de sus recuerdos, no tenían mucho que contarse. Aunque en el fondo eran parecidas, con los años, sus vidas siguieron caminos distintos, casi opuestos.Alberto, al final, encontró en Paula una chica muy parecida a su pareja, con sus ilusiones y con sus fracasos. La chica ya no tenía que ponerse la máscara para aparentar ser simpática o intentar meterle por los ojos la dichosa enciclopedia infantil.
Adriana optó por comprar el lote con el consentimiento de Alberto, entre otras cosas, con la idea de que al ser cliente, le sería más fácil volver a ver a su amiga de la adolescencia.
-Tranquilos pareja, si tardáis en tener niños, por amistad, me comprometo a actualizaros los libros gratuitamente.
Total, Paula sabía que si Alberto y Adriana tenían hijos, de lo que menos se acordarían era de la enciclopedia.
-Es todo un detalle.
Casi una hora más tarde, las amigas reencontradas se despidieron, prometiendo comer juntas de vez en cuando para reavivar su aprecio. Cenaron y la casa volvió a respirar aires de rutina y normalidad. Pocos días más tarde, Paula en persona, les trajo la famosa enciclopedia y los utensilios de regalo que iban con ella.
Había pasado casi un año cuando Alberto, a la salida del trabajo a media tarde, caminando por la acera, se cruzó con ella. Iba elegantemente vestida y llevaba su maletín oscuro en la mano derecha.
-¿Paula?
-Alberto… Que alegría.
-Oye, te invito a tomar algo y charlamos un rato.
-De acuerdo, perderé una venta, pero un amigo lo vale.
La pareja entró en una cafetería cercana, se sentaron y pidieron unas copas.
-A veces hablamos de ti.
Alberto se sonrojó.
-O sea que cuando quedas con mi mujer, soy yo el plato fuerte de vuestras conversaciones. Esto no está nada bien.
-Tampoco es eso, pero puedes estar tranquilo, tu mujercita te adora.
Paula sacó un pitillo de su paquete.
-¿Te importa?
-No. Tranquila. Estoy acostumbrado.
-Claro. Nani, la fumadora.
-Bueno… ya fuma menos.
Charlaron un buen rato de diversas cosas.
-Oye Paula, ¿de verdad te gusta tu trabajo, o solo intentas creértelo?
-¿A qué viene esto?, claro que me gusta. En serio. Las cosas difíciles siempre me han atraído, al igual que los hombres difíciles, ja ja ja.
-Lo difícil suele atraer a las personas inquietas. No entiendo como puede gustaros enredar a la gente haciendo que compren cacharros inútiles.
-Ahí está lo bueno. Llámale morbo si quieres. Te aseguro que el día que consigo vender algo que no va a servir para nada, ese día me siento mejor conmigo misma. Me siento triunfadora.
-Deberías cambiar la palabra. Te va mejor manipuladora.
-En cierto modo, todos somos manipuladores.
-No lo entiendo. Vendes a la gente alguna enciclopedia como la que se pudre en un rincón de nuestra casa y se llena de polvo esperando que un niñato que aún no existe se digne cogerla y ¿esto te hace feliz?
-Joder Alberto, pues claro. Vender algo de gran utilidad, lo puede hacer cualquiera. Además, para eso no se necesitan vendedores, la gente va a la tienda y lo compra. El trabajo de los vendedores está en vender inutilidades. Ese sí es el gran vendedor. Se trata de vender algo que nadie compraría por sí solo.
-Entiendo. Es una buena filosofía, pero a eso le llamo yo cinismo. Una manera de tomar el pelo.
-Es tu punto de vista.
Los dos, permanecieron callados un buen rato, saboreando el líquido que llenaba sus copas.
-Cualquier día te demuestro que soy capaz de vender algo aún más inútil que la enciclopedia que tienes en casa.
-La verdad, no se si habrá algo que sea más inútil, pero si lo hay, creo que sí eres capaz, Paula, y te tomo la palabra… Pero… me pregunto por qué.
-Puro placer además de suculentos beneficios, por supuesto.
Los dos jóvenes charlaron aún un buen rato y luego, Alberto se dirigió a su casa y la chica, quizás a casa ajena para conseguir sus objetivos comerciales.
A Alberto le retumbaron durante unos días, aquellas palabras con las que Paula definía el trabajo de un buen vendedor, pero como todo, con el tiempo se le fue borrando de la memoria para dar paso a nuevas y más importantes informaciones.
Aquella noche, habían terminado de cenar y Adriana se sentó muy cerca de su hombre. Tenia ganas de ser acariciada, de ser amada. Quizás había tenido un día de trabajo más duro de lo normal y ahora necesitaba sentirse querida, sentirse feliz.
Cuando la pareja empezaba a animarse, cuando Alberto besaba locamente a su chica, cuando Adriana se dejaba acariciar y respondía con calurosos abrazos, cuando ciertas prendas de ropa empezaban a molestar… sonó el teléfono.
Adriana se levantó y lo cogió.
-¿Diga?
-Soy Paula... sí, la Martínez... –sonaba una voz llorosa al otro lado del auricular.
-Paula, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás así?
Adriana hacía las preguntas a su amiga con una buena dosis de preocupación. Algo le pasaba y por un momento pensó en lo peor. Alberto, al ver la cara de su mujer, palideció y se acercó al teléfono.
-Casi no puedo hablar. Llevo un disgusto que no me lo saco de encima.
-Cálmate mujer, cuéntame. Tranquilízate.
-Verás, hace unos meses, mi empresa apostó fuerte por unos cursos de inglés exclusivos con unos DVDs incorporados. Están hechos con el máximo control de calidad y por eso resultan algo caros, y yo, pensando que las cosas irían bien, me ofrecí para venderlos. Era para mí una especie de prueba, casi un juego ¿sabes? Quería demostrarme algo a mi misma y ahora he fracasado... No se venden... La gente está harta y me da con la puerta en las narices, a mí, que nunca me había pasado nada parecido.
-Pero chica, que no es para tanto.
-Claro que es para tanto, y para mucho más. Con todo esto, descuidé mis ventas normales y ahora no vendo ni una cosa ni otra. Me van a despedir. Esta gente es así. Les tiene sin cuidado que el año pasado fuera la mejor. Este año soy la peor, y de aquí no los saco.
-Pero... Se podrá hacer algo, ¿no?
-Debo vender como mínimo dos de esos cursos y se me acaba el tiempo. Lo he intentado pero no hay manera. Pongo todo mi empeño pero parece que el mercado está saturado.
Paula seguía hablando de manera entrecortada. Entre sollozo y sollozo salían a duras penas las palabras de su boca.
-Es que no sirvo para otra cosa... Y si me echan... ¿Qué hago?...
-Oye mira, mañana pásate por casa y lo hablamos con calma, ¿de acuerdo? Yo lo comentaré con Alberto y a ver qué se nos ocurre.
-Estupendo. Gracias... Necesitaba el consejo de alguien. Me quedo más tranquila.
Al día siguiente, Paula les contó todo lo sucedido y las posibilidades que tenía de seguir en la empresa, de tal manera que finalmente acordaron que, aunque Adriana ya sabía inglés y a Alberto no le hacía ni puñetera falta saberlo, si a finales de la semana, la chica no había conseguido vender sus dos cursos, se los comprarían ellos. Para algo servía la amistad ¿no?
Con el acuerdo entre amigos, Paula se quedó mucho más tranquila.
-Quizás ahora que no me veo con la soga al cuello, estaré más relajada y acierte a vender uno por lo menos.
-Ojalá, Paula.
Cuando la vendedora se fue, Alberto y Adriana suspiraron profundamente. En el fondo, rogaron para que su amiga pudiera vender los dos cursos sin necesidad de recurrir a ellos, pues con esa adquisición, se les iban las posibilidades de ahorrar por lo menos en un año.
Pero no hubo suerte. A finales de semana, Alberto firmaba su papel de compra, y Adriana hacía lo mismo con el suyo.
Habían pasado unos meses, cuando cierta tarde, estaba el muchacho preparando la cena. Pronto llegaría su mujer y quería tenerlo todo a punto. Sonó el teléfono.
-¿Diga?
-Soy Paula.
Alberto se alegró de oírla y le comentó que estaba contento de haber contribuido a solucionar sus problemas. Paula volvió a coger la palabra.
-¿Recuerdas que te comenté que en cualquier momento podía demostrarte que soy capaz de vender algo inútil a quien me lo proponga?
-Pues claro.
-Ya lo hice.
-Vaya, pues me alegro por ti. Pero... me tendrás que traer la prueba. –comentó Alberto con sorna.
-También lo hice.
-No lo entiendo... ¿Te estás quedando conmigo?
-No, amigo mío. Conseguí venderles dos cursos de inglés de los más caros, a dos de mis mejores amigos y además, conseguí escalar un puesto en mi empresa gracias a ello.
-Alberto se desplomó en la butaca. No daba crédito a lo que oía. Colgó el teléfono y no fue capaz de levantarse de la impresión que sufrió. Adriana, al volver a casa, lo encontró allí casi sin habla.
Cuando Alberto pudo salir de su asombro, y consiguió explicarle a su pareja lo sucedido, Adriana comenzó a ponerse nerviosa, se retorcía las manos, iba de un lado a otro maldiciendo a su ex compañera de estudios, porque ya no podría mirarla a la cara sin decirle lo que pensaba de ella.
-Madre mía, Alberto, que decepción, nos ha engañado, se ha aprovechado de nosotros. Después de haberle cogido una de las primeras enciclopedias, después de abrirle nuestra casa de par en par, mira como nos paga.
-Bueno, mujer -intentaba tranquilizarla el chico -, no debemos sentirnos culpables, cualquier persona hubiese hecho lo que hicimos nosotros, y en su momento, pensamos que era lo correcto. No tenemos la culpa.
-Lo sé, pero ahora tendrá que oírme -permaneció callada unos segundos y luego continuó -. Por cierto, Alberto, ¿cómo fue que no te diste cuenta de sus pretensiones, después de hablar con ella en aquel bar? Lo que no podía imaginar es que fuese capaz de hacer.... y es más, ¿por qué no me dijiste que habías ido a tomar algo con ella?
-No me acordé y tampoco era importante.
La chica se puso furiosa y Alberto tuvo que interrumpirla, porque si él se había quedado en silencio, ella no solo se desahogaba, sino que además, tiraba de él para echarle la culpa de algo que no había hecho, y eso le irritaba.
-Adriana, ya está bien. Vamos a hablar con Paula inmediatamente y nos explicará por qué lo ha hecho y lo arreglamos ¿de acuerdo?
-¿De acuerdo? -de nuevo, Adriana comenzó a subir el tono -. Pregúntale tú, que eres quienapostó con ella... tú la has llevado por ese camino.
-No pensé que iba en serio y mucho menos que me lo hiciera a mí.
-Ella siempre va en serio. Te lo dije, Alberto, te dije que Paula es una persona tozuda y siempre está compitiendo. Tú mismo lo tendrías que haber notado aquel día, cuando vino a venderte la enciclopedia. No es de las personas que aceptan un no como respuesta. Tú la empujaste a hacerlo.
-¿Acaso me estás culpando a mí de lo que ha hecho tu amiguita Paula? -ahora, el que levantaba la voz era Alberto -Menudas amigas tienes, ¡guapa! Para tener amigas así, no nos hacen falta enemigos. Te puedo asegurar, Adriana, que si sigues por ese camino, yo me voy y terminamos la conversación. Lo que me parece increíble es que no quieras hablar con ella. ¿Es que te da miedo?
-¿A mí? -soltó una carcajada -, perdona Alberto, pero quién estuvo con ella esa tarde fuiste tú, no yo. Creo que el que deberías hablar con ella eres tú, y no porque quiera quitarme el marrón de encima, sino porqué hemos perdido mucho dinero ahorrado con sacrificio por una maldita apuesta ¿te enteras? Ambos, a mi parecer, sois los culpables de todo esto.
Se dio media vuelta y no dejó que Alberto tuviese opción a defenderse de aquel absurdo ataque. Estaba claro, pensó él, que Adriana se sentía molesta con ambos, y tendrían que solucionarlo, antes de que el jueguecito terminase peor.
Alberto, a la mañana siguiente salió dispuesto a hablar con Paula. La había llamado la noche anterior y ella le dijo que no podía quedar con él, pues tenía un día de trabajo duro. Aún así, Alberto pidió la mañana libre alegando asuntos personales y se dirigió a la empresa que hacía de sus empleados gente con mucha ambición, pero con poca moral.
Estaba a punto de irse desmoralizado, cuando la vio bajando de su coche, que había aparcado en la acera de enfrente a la que tenía el suyo. Ella iba muy concentrada en sus papeles, por lo que no se había dado cuenta de la existencia de Alberto.
-Paula, tenemos que hablar -dijo en voz baja cogiéndola por el brazo -. Adriana y yo hemos discutido por ti.
La chica se sobresaltó y algunos de sus informes cayeron en el pavimento.
-Dios mío, Alberto, ¡qué susto! Pensé que eras un atracador...
-Por favor, vamos a la cafetería de la esquina y te explico -dijo el muchacho con urgencia.
-Tengo que dejar toda esta documentación en la oficina y además debo hablar con el jefe de sección sobre un asunto importante.
-¿Importante?, ¿más importante que lo que nos has hecho?... éramos amigos. Tendrás que hablar conmigo seriamente, por las buenas o por las malas -Alberto comenzó a gritar en medio de la calle -. Haz el favor, Paula –acabó esa última frase, bajando la voz.
-De acuerdo. Espérame allí, ahora mismo voy. Déjame comentárselo a mi jefe de sección. No tardaré.
-Si te demoras, subo a buscarte.
-Descuida, no hará falta.
Mientras Alberto estaba en la barra tomando un café y se fumaba un cigarro, Paula entró y dándole una palmadita con los dedos en la espalda, le indicó con la cabeza que mejor se sentasen en una de las mesas que estaban vacías.
-¿Ahora fumas? –Preguntó la chica.
-Solo en ocasiones especiales.
Comenzaron a hablar de lo sucedido y aunque era reacia a dejar pasar una venta como la que hizo con ellos, pensó que si quería continuar con la amistad de Adriana, a cambio, tendría que aceptar una derrota delante de sus compañeros e incluso, de sus superiores y retirar la venta.
Una vez tomada la decisión, y dispuesta a dar su brazo a torcer, no volvieron a saber nada de ella en los tres meses siguientes, hasta que por coincidencia, las dos chicas se cruzaron en la calle. Se miraron, y se saludaron escuetamente.
-Hola.
La voz de Adriana sonaba distante. La muchacha no tenía la menor intención de pararse a mantener ningún tipo de conversación con su ex amiga.
-¿Qué pasa, Nani, ya no quieres cuentas con los pobres? -sonrió forzadamente Paula como tantas veces lo había hecho ante sus clientes, mientras agarraba a Adriana por el brazo.
-¿Qué tal estás Paula? Bueno, veo que muy bien, así es que, mejor otro día hablamos más detenidamente, discúlpame, tengo prisa.
-¿En serio?, ¿o es que aún sigues resentida conmigo, a pesar de haber pasado tanto tiempo después de aquello? Dejé el trabajo ¿sabes?
-Tengo prisa, Paula, en serio, tengo que hacer unas compras con urgencia y no llegaré a tiempo si me paro a hablar contigo, no te ofendas, es la verdad.
-En fin, como desees… ¿Todo bien?
-Eso es. Perfecto. Bueno, cuídate, Paula. Ya nos veremos.
Mientras Adriana seguía andando en su dirección, Paula se dio la vuelta para continuar en la suya.
-¿Será posible?, ¿es lógico que tuviésemos que acabar así? –se preguntaba la vendedora -. ¡Maldita sea!
Se paró en medio de la acera y pensó que tendría que hablar con Adriana. Se dio media vuelta, echando a correr hacia ella. Llegó sofocada, casi sin habla.
-Perdóname por lo que te hice, Adriana, por favor. He aprendido la lección.
-No puedo, lo siento. Nos has hecho mucho daño tanto a mí como a Alberto; sobre todo a mí. Jamás pensé que tú, que siempre habías sido mi amiga, te portases tan mal conmigo. Por una apuesta con mi pareja, te permitiste el lujo de quitarme todo lo que tenía. Ya sé, nos lo devolviste, pero te viste obligada a ello, y además, hay cosas que no pueden devolverse. A partir de que tú entrases en nuestras vidas, todo fue de mal en peor ¿sabes? Y todo te lo tengo que agradecer a ti.
Adriana empezó a llorar. Cuando se calmó, siguió hablando casi para sí misma.
-Ya no confié más en él. No podíamos vivir así, con recelos, con desconfianzas. O sea que lo dejamos; a él también lo perdí. Deja que pase el tiempo, y ya veremos, quizás después de todo, la culpa no fue toda tuya, quizás ya no confiábamos el uno en el otro, y eso resulta duro, muy duro.
Adriana, cabizbaja, siguió su camino.
-Esperaré –dijo Paula sin ánimo de replicar.
La vendedora se dio cuenta de que ya no podía controlar la situación. Siempre había podido salirse con la suya, pero esta vez, se le había ido de las manos. A pesar de todo, no quería montar una escena para que Adriana la perdonase, sabía que era una buena persona y era mejor dejar que pasase el tiempo, aunque intuía el final de la historia: Ya no podrían ser amigas.
Se dio cuenta entonces, solo entonces, que las cosas no siempre salían como una quería, que la amistad no podía ser manipulada. La amistad era un intercambio y Adriana no estaba dispuesta a dar absolutamente nada más por alguien que la había traicionado.
Observó varios minutos como la muchacha se alejaba calle abajo, y sin más, continuó su camino. Triste y con lágrimas en sus ojos, pensó en lo que había perdido para siempre. Había aprendido una lección importante: La amistad no se compra ni se vende; aquel que intenta hacerlo, tiene la soledad como única compañía.
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