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Con una venda en los ojos
A Blanca San Juan.
 

Había llegado la hora de la verdad. Julia intuía que la habitación estaba llena de gente. El doctor había dado unas cuantas órdenes y, ahora, lo sentía muy cerca; casi podía tocarlo.

-Tranquila, todo irá bien. Adelante –mandó a la enfermera.

Unas manos femeninas rozaban suavemente el rostro de la paciente, mientras le retiraba la venda que durante muchos días le había tapado los ojos.

-Un momento. Bajen la persiana. No es conveniente que abra los ojos y se encuentre con demasiada luz; se tendrá que acostumbrar poco a poco.

Después de alguna carrerilla hacia la ventana y del posterior ruido, la chica que le manipulaba el vendaje continuó con su trabajo. Lo hacía suavemente, sin prisas. Después de un largo espacio de tiempo, Julia notó que ya había acabado. No se atrevía a abrir los ojos. Pasaron unos minutos antes de que el doctor le pidiera que lo hiciera. En aquella habitación, todo parecía desarrollarse a cámara lenta. En realidad era importante que fuera así.

La enferma hizo un esfuerzo con los párpados y empezó a retirarlos de delante de los globos oculares, dejando que la vista se dirigiera hacia cada uno de los rincones de aquella fría habitación de hospital. No veía nada. Se puso nerviosa y se movió con impotencia.

-Ha de tener paciencia. Es normal que no vea. La vista necesita adaptarse a la nueva situación.

Pasaron unos cuantos días antes de que pudiesen darla de alta, pero ahora, la mujer, estaba contenta de haber recuperado totalmente la visión. Era feliz porqué aún habiendo costado, volvía a la normalidad.

-No te preocupes Enrique, ahora cuando salga cojo el tren y en unas horas estoy aquí... Sí, naturalmente... Lo sé, sé que querrías estar conmigo, pero no me cuesta nada espabilarme sola y las circunstancias... Yo también. Te quiero. Adiós, hasta esta tarde.

Daba la sensación que en aquella familia, de repente, la desgracia había encontrado una fuente inagotable de energía. Primero ella, y después...

Mientras estaba en el hospital, su madre había caído y Enrique había tenido que volver al pueblo para cuidarla y recoger a su hija, pero cada día llamaba al Centro Médico para interesarse por la evolución de las cosas.

Cuando la mujer puso el pie en la calle, se emocionó. La vuelta a casa, siempre resultaba un placer muy agradable. Se dirigió a la estación para coger el primer tren que saliera hacia el pueblo. No había pasado demasiado tiempo, cuando se vio sentada en uno de los compartimentos, esperando que aquel transporte de chatarra se pusiera en marcha. Tenía la cabeza apoyada en el cristal mirando hacia fuera, aunque su mirada estaba perdida entre los pensamientos que se le presentaban en forma de retratos intermitentes. Veía delante suyo, aquellas llamas que el destino quiso que no le quemaran la cara, pero que le afectaran la visión de una manera alarmante. Recordaba todo lo que había pasado y se adormecía en medio de sus preocupaciones.

Con la mezcla del amodorramiento y el ligero traqueteo del tren, perdió el conocimiento. Si hubiera estado de pie, hubiese caído redonda en el suelo, pero en la posición en la que se hallaba, ni tan solo sus compañeros de viaje se dieron cuenta de nada. La mujer tenía aquella sensación desagradable que se siente cuando se cae desde lo alto de un rascacielos y no se puede parar de caer, sabiendo que cuando se llegue abajo, todo se habrá acabado. Por suerte, el desmayo duró poco. Cuando volvió en sí, el tren seguía avanzando.

La alegría de volver a ver el pueblo y de caminar de nuevo por sus calles empinadas y torcidas, hizo que se olvidara de todo. A medida que se acercaba a su casa, aligeraba el paso como si tuviera prisa por llegar. Ya la divisaba delante suyo como un espejismo. Se iba haciendo más voluminosa a medida que se acercaba a ella. Con aquella fachada blanca, con aquella puerta que lucía una vidriera ovalada. Inconfundible. No era la mejor casa, pero era la suya.

Julia se paró justo delante de la puerta. Sacó la llave de su bolsillo y la introdujo en el agujero. No giraba. Volvió a intentarlo de nuevo sin conseguirlo. Le temblaba la mano y sabía que los nervios no facilitaban las cosas. Respiró hondo para volver a intentarlo. Tenía el corazón demasiado acelerado.

-Cálmate Julia, cálmate.

En el justo momento en que volvió a introducir la llave en la cerradura, su marido abrió la puerta.

-Enrique.

El hombre tenía señalada la sorpresa en cada una de las facciones de la cara.

-¿Qué hace?, ¿qué busca aquí?

Las palabras de Enrique, ahora, la sorprendían a ella.

-¿No te alegras de verme?

No obtuvo respuesta.

-Tenía tantas ganas de llegar a casa.

-¿Quien es usted?, ¿a quien busca?

-¡Enrique!... Ya está bien. Si crees que estoy de broma, vas listo. No es el lugar ni el momento.

Aquel hombre se quedó parado en medio con la intención de cortarle el paso y ella perdió las buenas maneras, poniéndose prácticamente histérica. Cuando consiguió calmarse, continuó hablando.

-Estoy cansada Enrique, muy cansada; o sea que haz el favor.

La mujer se aproximó a su marido intentando entrar en casa.

-Yo no soy Enrique. Me llamo Rafael... Rafael Gomis.

-Dios mío... ¿Qué está pasando aquí? ¿Donde está mi madre?, quiero verla.

-¿De qué habla? Espere, no se mueva de aquí. Le enseñaré una cosa. Ahora vuelvo.

Enrique desapareció en el interior ajustando la puerta, pero Julia aprovechó para entrar rápidamente en casa y caminar pasillo adentro hasta llegar a la sala de estar.

-Mamá, ¿como estás?

Antes de que la señora entrada en años pudiera contestar, Enrique ya entraba en la estancia.

-Mire buena mujer, este es mi carné de identidad. Ya se lo he dicho antes, soy Rafael Gomis y esta es mi madre, la señora Virginia. Pero... ¿Qué hago dándole explicaciones?

-¿Quién es ésta? –Preguntó espantada la señora mayor levantándose de la silla.

Julia cogió el carné con miedo. Le daba miedo poder comprobar en aquel documento, lo que en su mente no tenía sentido. Miró detenidamente aquel trozo de papel plastificado, levantando después la cara para mirarlo a él.

-La cara... la cara es la misma... es la cara de mi marido. También lo es la de mi madre y seguro que también lo será la de mi hija. Aquí lo dice bien claro, usted no se llama Enrique, pero esta es mi casa, usted es mi marido y esta es mi madre de toda la vida.

-Se equivoca; todo esto no es más que un malentendido.

-¿Es que se ha vuelto loca esta mujer?

-No se altere madre, que no le conviene. Todo se arreglará.

Julia se sentó dejando todo el peso de su cuerpo, en una postura que permitía entrever todo su abatimiento.

-Estoy segura de que usted tiene una hija. Una niña de diez años que se llama Carmen.

-Es cierto, mi hija tiene diez años, pero se llama Marta. Los nombres no son su fuerte.

-¿Dónde está? Necesito hablar con ella.

-Relájese. Usted no está bien. Debería ir hasta el Centro Médico. Si quiere la puedo acompañar. Confunde la casa, nos confunde a nosotros y ahora piensa que mi hija es la suya.

-Yo no estoy confundiendo nada. Queréis volverme loca.

-Piense un poco mujer, si ésta es su casa, ¿por qué no ha podido abrir?

-Claro...

Julia se levantó y se dirigió a la puerta de vidrieras ovaladas. Sacó la llave del bolsillo y encajándola en el agujero de la cerradura, intentó girarla. Hizo un esfuerzo sobrehumano para sentirse tranquila. Esta vez, produciendo un pequeño sonido metálico, la puerta se abrió. La mujer pudo sonreír por primera vez aquella tarde, aunque aquel pequeño triunfo no cambiaba demasiado la realidad de las cosas.

-Enséñeme el libro de familia; necesito comprobar una cosa con mis propios ojos. ¡Espere! Iré yo misma a buscarlo. Se donde está.

-Señora, no es su casa. No le permito…

Julia no lo escuchaba. Se dirigió a su habitación, aquella habitación que había compartido tantos años con Enrique. Abrió el cajón del centro del armario y buscando entre los papeles, sacó el libro. Era pequeño, de tapas negras ligeramente envejecidas y con las letras pintadas de color oro. Recordaba que a la m se le habían borrado las puntas y más bien parecía una v. Comprobó aquella particularidad y abriendo la primera página, leyó los nombres que no quería leer: Rafael Gomis y Ana Ruíz.

-Aquí debería haber tu nombre y aquí debería haber el mío –Comentó con tristeza.

Julia ya no sabía qué hacer. Tuvo una sensación de impotencia tan grande que ni tan solo sus extremidades le respondían. Se dejó caer encima de la cama y en aquel momento, se oyó la puerta de la calle.

-Ya estamos aquí.

La dueña de la casa acababa de entrar con una niña de unos diez años.

-Le presento a mi mujer, Ana; y esta es nuestra hija.

-Carmen.

-Me llamo Marta, señora.

Era incomprensible, Ana tenía la cara como ella y llevaba uno de sus vestidos, aquel que le había regalado Enrique el año pasado.

Mientras Rafael explicaba lo que había pasado, Julia intentó abrazar a la niña, pero ésta la rechazó. La mujer se sintió traicionada por su propia hija. En el fondo, seguía pensando que era víctima de un complot.

Quizás la pluma sabia que escribe el destino de nuestras vidas, se lo había pensado mejor i ahora, quería que la historia se desarrollase de manera distinta, de tal manera que Julia no cabía en ella.

-Me voy. Me sabe mal por las molestias que he causado. Iré a la ciudad. Las autoridades me ayudarán a descubrir qué me está pasando –Dijo entre pequeños sollozos.

Mientras se dirigía a la puerta de entrada, al pasar por delante de la cocina, giró la cabeza y miró hacia dentro, dándose cuenta de que alrededor del horno, quedaban los restos de aquel maldito día en que al abrir la puerta para sacar la comida recién hecha, le vinieran aquellas horribles llamas que, a parte de quemarle los ojos, le quemaron la vida. La mujer se puso a llorar desconsoladamente.

-Se hace tarde. Le prepararemos una cama y mejor que pase la noche aquí. Mañanaveremos lo que podemos hacer.

-No se preocupe. Necesito marcharme. Necesito huir lejos de esta casa, de los recuerdos que me atormentan.

Julia se dirigió hacia la puerta y sin decir nada más, puso los pies en la calle. Aquella situación le resultaba demasiado dolorosa y sabía que no podría aguantarla demasiado tiempo.

Por un momento, perdió el sentido. La mujer tenía aquella sensación desagradable que se siente cuando se cae desde lo alto de un rascacielos y no se puede parar de caer, sabiendo que cuando se llegue abajo, todo se habrá acabado. Por suerte, el desmayo duró poco. Cuando volvió en sí, se encontró tumbada en el suelo.

-Habré resbalado.

La mujer miró la casa de la puerta con la vidriera ovalada. No se sentía con ánimos para viajar aquella noche.

-Enrique, Rafael, Ana... –Gritó llamando fuertemente a la puerta e intentando abrirla.

El dueño de la casa sacó la cabeza por la ventana.

-Cosa fai? Che cosa cerca qui?

-Pero, ¿qué dice ese hombre?, quiero pasar la noche con vosotros. Mañana me iré. No causaré ningún problema.

-Qui sei voi? A qui cerca?

-¡Virgen Santa! No puedo volver a empezar... Otra vez no.