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La sombra de un deseo

Aquella mañana necesitaba relajarme antes de salir hacia el trabajo. Había tenido una de esas noches llena de sueños extraños, llena de esos sueños que consiguen dejarnos más cansados que antes de acostarnos.

Llené la bañera hasta los topes, no puse más agua porqué no cabía. Me quité las zapatillas y con el dedo gordo del pie, probé el agua.

Ardía, pero me daba igual. Dicen que un baño caliente relaja mucho. Por decir, hay quien dice que si nos dejamos llevar, si nos abandonamos en el agua, se evaporan todos los diablos que llevamos metidos en el cuerpo. Supongo que tendrán razón.

Tenía tiempo suficiente. Me había prometido a mi misma dejar a un lado las prisas. Me costó entrar en el agua. Tuve que hacerlo poco a poco para que mi carne se fuera acostumbrando a la nueva temperatura, pero una vez dentro me alegré. Cerré los ojos, intenté nublar mi mente como se nublaba el aseo con el vapor que salía de la bañera llena de espuma e intenté no pensar en nada. El calor acumulado en la estancia me sofocaba, me hacía sudar dentro del agua, o quizás simplemente era aquella cálida humedad la que me daba esa sensación. Pensaba que una experiencia así, debía repetirla más a menudo, puesto que después de un buen rato, sentí que mi alma rebosaba alegría en el interior de mi cuerpo.

Aquella tarde salía del trabajo con más ganas que nunca. Había sido un día especialmente duro, con mi jefe pisándome los talones a cada momento. Que ganas tenía de perderlo de vista.

-Gloria, ¿te vienes a tomar algo?

-No, hoy no; es un poco tarde y estoy cansada.

Me alejé de mis compañeros y como si de pronto me diera cuenta de algo que hasta ahora no hubiera percibido, vi el cielo mucho más oscuro que los días anteriores.

-Es normal, hoy es más tarde y además está a punto de llover –pensé mirando detenidamente hacia el firmamento.

Caminaba despacio, queriendo saborear aquel airecillo fresco que me acariciaba la cara. Crucé la avenida y estaba a punto de doblar ya por la primera de una serie de callejuelas estrechas y mal dibujadas que me llevarían a casa, cuando me di cuenta de que sin apenas yo saberlo, como si fuera por un reflejo instintivo, había acelerado el paso. Cuando me acercaba a esas calles estrechas y retorcidas por las cuales me veía obligada a pasar casi a diario, especialmente si acechaba la noche, mis piernas se alborotaban y sin esperar una orden clara de mi cerebro, imponían un ritmo frenético a mis pasos.

Fue doblar esa primera calle y notar aquella presencia extraña. No podría explicar de una manera racional esa sensación, ese presentimiento que le dice a una que vaya con cuidado, que le dice que algo está a punto de suceder.

Aceleré aún más el paso. El cielo estaba lleno de nubarrones negros de los que empezaba a desprenderse alguna gota de vez en cuando. Las callejuelas estaban demasiado oscuras, demasiado desérticas, demasiado... ¡Que se yo!

No se veía a nadie. A nadie excepto una sombra que creí divisar no demasiado lejos, cuando giré mi cara para dar un vistazo a mi espalda. Por mi cabeza pasaron mil pensamientos. Estaba asustada. El ensordecedor silencio de aquellas calles vacías me volvía loca. Me daba la oportunidad de escuchar de vez en cuando, algunas pisadas que sonaban a solo unos pasos detrás de mí. Noté que si me paraba, que si dejaba de andar para agudizar mi oído, el ruido de pasos desaparecía. El silencio se hacía total. En este momento tuve la absoluta certeza de que alguien me estaba siguiendo; no cabía duda de ello. Empecé a sentir un sudor frío que recorría mis mejillas. Estaba aterrorizada.

-Dios mío, he de salir de aquí como sea.

Comencé a correr desesperadamente sin rumbo fijo, solo con la intención de ganar distancia a mi perseguidor. Se puso a llover. Por mi cara resbalaban las gotas de lluvia, mezcladas con ese sudor áspero y amargo que inundaba mi piel. Yo también resbalaba en el suelo mojado y tuve que hacer malabarismos varias veces para no caerme. Me refugié en un estrecho y oscuro portal. El ruido de los pasos había cesado. Mi corazón latía tan fuertemente, que tuve miedo de que se oyera desde la calle y me delatara. No sabía qué hacer. Dudaba entre quedarme allí protegida por la inmensa oscuridad de aquel rincón, o volver a poner en marcha toda mi energía para largarme y dejar aquellas malditas calles que habían sido la causa de más de un susto a lo largo de mi vida y que ahora empezaban a ser una auténtica pesadilla.

¿Y si todo hubiera sido una jugarreta de mis propios miedos, una mala pasada de mis sentidos?, ¿Y si realmente nadie me siguiera? A veces, el propio temor hace que se escuchen ruidos que no existen, o que se vean sombras donde no las hay. Es humano tener miedo, ¿no? Puedo asegurar que yo en este momento lo tenía.

Mientras por mi cabeza iban desfilando estos pensamientos, volví a oír los pasos. Ahora sonaban lentos, muy lentos. Se oían claramente. Parecía que aquellos segundos eran interminables, que no iban a acabar nunca, hasta que por fin, una figura humana se detuvo delante de mis ojos. Casi podía olerla, casi podía tocarla. Intentaba aguantar mi respiración porqué tenía la certeza de que mi propio movimiento respiratorio iba a jugar en contra mía. ¿Qué podía hacer yo?, ¡qué debía hacer yo, maldita sea!

Desde mi rincón podía apreciar que se trataba de una silueta de mujer, algo más alta que yo, esbelta. Llevaba el cabello a media melena. No podía verle la cara, puesto que la oscuridad del lugar lo impedía, pero me tranquilicé. El hecho de que se tratara de una mujer, aunque parezca infantil, me tranquilizó de una manera sorprendente. ¡Qué ridiculez! ¿Acaso no hay mujeres malas en el mundo? Supongo que las habrá, pero en aquellos momentos no pensaba precisamente en dar una respuesta a mi pregunta.

-¿Qué querrá esa tía de mí? –Pensé -¿por qué anda siguiéndome?

Me pareció que la mujer en cuestión se estaba alejando para buscarme un poco más arriba y yo aproveché para salir de mi escondite y echar a correr calle abajo a la desesperada, pero me equivoqué. Todo fue en vano. Mi enemiga no estaba tan lejos como yo pensaba y se dio cuenta en seguida de mis movimientos.

Una mano me sujetó con tal firmeza que por un momento pensé que mis ojos me habían engañado. Por su rudeza, creí de nuevo que se trataba de un hombre, pero fue solo por un instante. Consiguió que girara sobre su brazo y mi cara quedó frente a la suya en un movimiento casi cómico. Nos miramos fijamente. Mantuvimos esa mirada penetrante la una respecto a la otra.

-¡Isabel!

-Gloria.

-¿Qué haces tu aq…..?

Mi pregunta quedó ahogada cuando de repente Isabel me besó. Me besó en la boca y yo a ella.

No podía creerlo, por fin se había decidido, ¡que pasada! El corazón me latía fuertemente, pero ahora ya no era por miedo, ahora sonaba de otra manera, ahora era un sonido musical, casi celestial, realmente apasionado. Si ella supiera lo que yo ansiaba este momento, lo que yo necesitaba que fuera ella quien diera ese primer paso que yo no hubiera sido capaz de dar. La felicidad invadió todo mi ser a una velocidad de vértigo. No podía ser cierto; aquello no podía estar pasándome a mí.

Isabel acarició mi cara y cogiéndome la cabeza fuertemente volvió a besarme, sin pronunciar un solo vocablo. Para qué, pensé yo. Era uno de estos momentos en que sobran (más bien estorban) las palabras. Despertaba en mí un sentimiento de cariño, un sentimiento de ternura hacia ella que no había sentido antes. Cerré los ojos y me dejé llevar, necesitaba dejarme llevar y así olvidar el mal rato que me había hecho pasar.

Aquel beso fue largo, profundo, demasiado largo y demasiado profundo. Se convirtió en molesto. Me ahogaba. ¡Para Isabel para!, quería decirle; pero no podía hablar, no podía respirar, no podía…

Notaba la humedad en la boca, una humedad tibia que llegaba a mi garganta y me invadía.

-¿Qué pretendes? – le hubiera preguntado de haber podido hablar- ¿Quieres acabar conmigo?, ¿Quieres que nos fundamos en este abrazo para la eternidad?, ¿quieres llevar nuestra pasión a los límites más insospechados?

Me costaba tanto respirar que incluso en mi propia nariz notaba aquella tibia humedad que subía y bajaba… subía y bajaba… subía y bajaba…

Abrí los ojos. El agua se salía por los bordes i había mojado parte del suelo. Me había relajado tanto que al cerrar los ojos me quedé dormida en la bañera. No sabía la hora que era, pero la temperatura del agua había bajado considerablemente, por lo que tuve la sensación de que era tarde.

Salí del agua nerviosamente, me sequé a medias con la mayor rapidez de la que fui capaz. Tropecé con algunos muebles y busqué mi reloj en el cajón de la mesita.

El reloj me confirmó lo que ya me imaginaba. Aquella mañana llegaría tarde a la oficina y ya no me quedaban excusas con las que salir del paso ante mis jefes.