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La primera vez

Es cierto que para todo acto que realizamos, existe una primera vez: para hablar, para caminar, para amar,para abrir una página web, incluso para comprar.

No había cumplido por aquel entonces los diecisiete años, aunque estaba a punto de cumplirlos. Era una chica más bien baja, cabello oscuro y algo rizado, ojos marrones y con unas facciones que según mi madre realzaban la belleza de mi rostro. Me gustaban los chicos, había empezado a coquetear con algunos, pero sin demasiada suerte. ¿Mis aficiones?, las típicas de la edad: música, cine, salir con mis amigas y chatear de vez en cuando con alguna de ellas para matar el aburrimiento.

Ya la había visto anteriormente en varias ocasiones, pero no le había prestado la más mínima atención, es más, la eludía. Chispeante, molesta, la típica minipantalla propagandística que se me pone delante cuando abro la página de inicio de algún foro o bien cuando busco algo concreto o inconcreto a lo largo y ancho de la red y que me impide continuar, arrancándome de la boca varias blasfemias y, casi por instinto, obligándome a apretar la dichosa crucecita para cerrarla, con tal fuerza y mala leche que parece que me vaya a cargar el ratón.

El caso es que aquel día le presté una pizca de atención. Debió cogerme en uno de mis momentos más bajos, en uno de esos momentos que los publicistas tanto anhelan. Pensé que incluso tenía razón el dichoso anuncio:

“Estuche con pintalabios de sabores… Saboréalos... Te van a comer a besos... Y a un precio de risa”

Si alguien me come a besos, el precio es lo de menos –pensé yo.

La verdad es que la oferta no estaba nada mal, tanto en cuestión de precio como por la exquisitez del producto. No se podía pedir más. Color rojo suave, sabor a frambuesa; color lila, sabor a mora; color amarillento chillón, sabor a plátano; color anaranjado, sabor a mandarina… Como a los tíos les gusten las frutas, se van a poner las botas. Ofrecían además un regalo sorpresa, que generalmente es una chorrada, pero ayuda a completar el lote.

Solo había un problema. Nunca había comprado por Internet, ¿Cómo se hacía esto? ¿Necesitaba tarjeta de crédito?, pues yo no tenía y mi papi no creo que estuviera dispuesto a soltar pasta. Finalmente me tranquilicé. Se podía pagar a reembolso, es decir, en el momento de recibir el paquete. Me decidí. Alguna tenía que ser la primera vez.

Realicé los pasos oportunos: puse mis datos personales y escribí mi dirección bien clarita para que no se perdiera tan preciado bulto y en unas pocas semanas desenvolvía la compra en el recibidor de mi casa, puesto que mi impaciencia me impedía buscar un lugar más adecuado.

-¡Qué gozada!, esta misma tarde salgo y me irá de perlas estrenar uno de estos sabores.

Debajo del estuche que contenía los pintalabios, casi escondido en el fondo de la caja, hallé un pequeño espejo en forma de círculo con un marco precioso de madera trabajada. ¡Qué detalle!, éste era el regalo y no era ninguna chorrada, posiblemente el espejo valía más dinero que los propios pintalabios.

Me miré en él y por el efecto óptico que producía aquel chisme, mi cara más bien algo alargada, se reflejaba totalmente redondeada. Por primera vez me di cuenta de aquellos rasgos de los que a veces hablaba mi madre y que me hacían bonita.

Por fin llegó la hora. Me senté y con la mano derecha cogí el pintalabios de color lila, lo destapé, lo olí; llegaba a mis fosas nasales un aroma que realmente era el de las moras salvajes.

Pasé mi lengua muy discretamente por el contorno de la pintura. Sabía estupendamente. Cogí el espejo con la otra mano y con sumo cuidado, con una suavidad fuera de lo común, pasé la barra por mis labios. Me miré fijamente y me gusté. Le di unos toques a mi cara y me fui en busca de mis amigas con las que había quedado.

Triunfé. Cuando llegué a casa sentí que había sido la reina entre ellas. Nadie me comió a besos pero… por algo se empieza ¿no?

Empecé a notarlo al cabo de una o dos semanas. Algo extraño me estaba sucediendo. Mi carácter había cambiado. A veces estaba arisca, sobre todo con mis padres, pero también con mis amigas. ¿No me estaría volviendo creída? No, no creo; yo siempre odié a ese tipo de tías; no podía convertirme en una de ellas. Más bien serían cosas de la propia adolescencia.

También empecé a notar que me cambiaba la cara. Habían desaparecido de ella los rasgos propios de la niñez y cada vez más se vislumbraba en mi rostro, la madurez de una mujer hecha y derecha. También pensé que serían los cambios que la edad llevaba consigo. Ya había cumplido los diecisiete años y mi cara no debía representar la de una niña, más bien debía ser la de una persona adulta.

Tanto mis padres como yo misma, nos dimos cuenta del problema cuando ya era demasiado tarde. Mi carácter se estabilizó, pero mi rostro… mi rostro… ¡Qué horror!... Comerme a besos… A mordiscos me iban a comer los pobres chicos. Realmente me había convertido en una fruta madura, tan madura que se caía del árbol.

A los veinte años tenía la cara de una chica de cuarenta. Dejé de usar los pintalabios, los malditos pintalabios que me envejecían, pero seguí mi camino acelerado hacia la vejez prematura. ¿Qué estaba pasando?

Una tarde, mirándome en el espejo circular con el bello marco de madera trabajada, sentí que me dolía la cara; sentí como si alguien me arrancara la piel.

El efecto desapareció cuando guardé el espejo en la caja. De pronto comprendí. ¡Maldita sea mi estampa!, era el espejo quien me la estaba jugando.

Mi carácter se había estabilizado, y por fin, se estabilizaría también mi rostro, puesto que no volvería a mirarme jamás en aquel mísero instrumento.

Fue fácil deshacerme de aquel malicioso regalo. Lo puse a la venta por Internet entre mis amistades virtuales y una de ellas me lo compró. En mi cara se dibujó una sonrisa de complicidad. Me hizo mucho bien el hecho de saber que no sería la única que sufriría aquel desastroso hechizo. De cualquier modo, si reciben alguna vez un mensaje de una de sus amigas en el que anuncia la venta de un espejo en forma de círculo con un pequeño y hermoso marco de madera trabajada, ni se les ocurra comprarlo. No quiero que a ustedes les pase lo mismo que a mí, faltaría más.