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El día en que lloré
A un gran hombre.

Apenas veo la televisión. Aquel sábado, sentado en el comedor, observaba como mi esposa hacía zapping, mientras yo intentaba leer una novela más bien aburrida. De vez en cuando, con las voces apagadas que salían del televisor, perdía la concentración i alzaba la vista hacia la caja tonta, sin prestarle demasiada atención.

En una de estas miradas furtivas, me pareció ver algo interesante. Hice que la mujer, tan aficionada a cambiar los canales, mantuviera sus dedos quietos. Hablaban de él, de.sus mejores creaciones, las más destacadas, las que a mi me emocionan profundamente.

El hecho de hablar de sus obras, solo puede significar dos cosas: o bien que ha sacado a la luz un nuevo trabajo, cosa poco probable por la edad, o bien que ha muerto.

Me temblaron las piernas. Como el reportaje ya estaba empezado, no pude saber a qué se debía el honor y para esclarecer mi duda, me fui al ordenador. Busqué en uno de los periódicos digitales, esperando no encontrar nada relevante, pero allí estaba, en portada. Había muerto. A sus ochenta y tres años, había dejado este mundo que una vez fue suyo, nunca mejor dicho.

Mientras leía los detalles en pantalla, iban humedeciéndose mis ojos, hasta que, poco después, no pude evitarlo y rompí en llanto. No suelo llorar, pero quizás con la edad, me he vuelto más sensible, más tierno, más vulnerable a los sucesos de la vida, especialmente cuando ésta se acaba.

Siempre recordaré el día en que lloré. Era el 27 de Septiembre. El día en que murió Paul.