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Padre

Ricardo estaba abatido, se sentó en la mesa que utilizaba para escribir. Con los ojos aún humedecidos miró su pluma estilográfica, la de toda la vida, la que traía a su mente grandes recuerdos de juventud, de aquella juventud tan lejana.

Encendió la lámpara de sobremesa, se puso sus gafas, acercó unos folios y cogiendo la pluma, empezó a redactar:

 

“Padre,

No sé como empezar. ¿Cómo se escribe a un padre, todo aquello que no se le ha dicho cara a cara, de hombre a hombre? ¿Cómo puedo contarle a usted aquello que día tras día hería mi corazón y que callaba por prudencia, por amor quizás, o tal vez por cobardía?... No sé como debe hacerse tal cosa, pero ha llegado el momento, lo sé. Esta misma tarde lo he sabido.

¿Recuerda padre, mi boda?, ¿aquella boda que usted no quería?... Ninguna chica era buena para mí, ninguna merecía a un empresario como yo, en pleno auge en el negocio de las pieles. Usted pensaba que solo se me acercaban por dinero, pensaba que husmeaban la buena posición, las buenas maneras, la buena vida que iban a tener a costa nuestra. Que necedad.

Quizás pensó usted que no podían quererme por mí mismo, ¿cómo iban a querer a un pobre chico que apenas abría la boca, que apenas opinaba y al que su propio padre nunca tuvo en cuenta?

A la primera muchacha que amé, presencié a modo de espectador como usted iba apartándola de mi camino. A la segunda, ni yo mismo llegué a saber si realmente la amaba; pero… a la tercera, mi esposa, no pude permitir que me la quitara. Había aprendido.

Esa mujer a la que jamás vio con buenos ojos, consiguió darme la comprensión y el amor que necesitaba. Logró impregnarme de la estabilidad emocional que usted me arrebató. ¿Sabe padre?, quien elige vivir la vida que los demás le han marcado, no dude ni un momento que acaba desvaneciéndose en el vacío.

¿Recuerda padre, cuando le dije que quería ser periodista?, era el sueño de mi vida, pero para usted solo era cosa de chiquillos. Para qué perder el tiempo escuchando mis argumentos. Usted tenía bien claro que mi vida profesional debía encaminarse a tirar adelante su propio negocio, aquel que tanto significó para usted pero que para mí apenas importaba.

Aprenda de mí, padre. Aunque a desgana, hice que su negocio… nuestro negocio, tirara adelante como no lo había hecho con usted al frente, quizás por el simple orgullo de mostrarle mi valía, o tal vez por el ansia de sentirme valorado.

Intento poner en orden mis ideas, mis recuerdos. No lo consigo. Sabe usted de sobras que nunca he sido demasiado ordenado.

Para ser sincero, y no eximo mi culpa, incluso el hecho de que llegara a fumar, se lo debo a usted. Se lo debo a sus prohibiciones, a sus obsesiones y especialmente a su falta de cariño hacia mí.

Esta tarde en el cementerio, mientras colocaban las últimas piedras sobre su tumba, lo he visto claro. Ahora que está obligado a escucharme, debía dedicarle estas palabras. A pesar de todo, padre, nunca dejé de quererle.”

Ricardo dejó la pluma, encendió un cigarrillo y entre calada y calada fue releyendo la carta. Tosió. Dejó el cigarrillo encendido en el cenicero para que se consumiera poco a poco, apagó la lámpara de la mesa y salió de la estancia. Se había dado cuenta de que a veces las cosas vividas se repiten y estaba dispuesto a evitar que su hijo se viese en circunstancias parecidas.