El señor Felipe y su hijo, aún no habían llegado a casa, y la madre del chaval, empezaba a estar preocupada.
Se dejaba entrever uno de aquellos atardeceres que daba paso a un juego de luces naturales que prometía ser maravilloso; el sol se había escondido hacía unos instantes, detrás de las montañas, y se dejaba sentir un viento cálido, que iba ganando intensidad. Los últimos rayos de luz que quedaban del día, se diluían poco a poco. Hacia calor, aquel típico calor de finales de Julio.
Aquella tarde, el señor Felipe, había llevado a su hijo al dentista; al sacamuelas, como le llamaba el chaval. El especialista había tomado medidas al chico, para ponerle un aparato de ortodoncia.
Al salir de la consulta, su padre quiso premiarle por haberse estado quieto durante la intervención del médico, y como a Pedrito le encantaba comer helados, buscaron un bar en el que tuvieran uno de los preferidos del muchacho; así, se sentarían en una mesa y mientras el hijo se tomaba su helado, el padre pediría un café.
-Mira papá, aquí tienen el helado que me gusta -exclamó Pedrito con alegría.
-Muy bien, hijo, ¿cual quieres?.
-Este, el Crazy Zoo.
-Caramba, no te privas de nada; el tres en uno.
-¿El tres en qué?
-Sí hombre, el tres en uno.
-¿Qué quieres decir, papá?.
-Pues está bien claro: el helado, el huevo de chocolate, y el regalo; las tres cosas en una sola.
-¿Nos quedamos aquí o no?
-Sí Pedrito, pero el helado pídelo tú, que debes acostumbrarte a hacerlo.
Padre e hijo se sentaron y Pedrito, con siete años, pidió su helado al camarero, y su padre pidió el café, cortado con un poco de leche. Cuando el camarero trajo el cortado, le dijo al chaval que aquel tipo de helado se les había acabado y le preguntó si quería otro.
-No, los otros que tenéis no me gustan.
El chaval no se cortaba ni un pelo. El camarero cobró y se fue a servir a otra mesa.
-Vaya una lata que no tengan el helado que habías pedido; ahora, yo aquí, tomándome mi cortado solo, y tu, mirando como me lo tomo. Después, tu té comerás tu helado, y yo tendré que mirarte, porqué no voy a tomarme otro café y no me apetece nada más.
-No te preocupes papá, a mi no me molesta tenerme que comer el helado solo, aunque tuviera que comerme dos o tres.
-Mira que listo el niño. Uno y gracias chaval, faltaría más.
El padre de Pedrito, acabó de tomarse el cortado y con su hijo, se fueron camino de otro bar para comprar el helado al chico.
-Y usted, ¿no toma nada? -le dijo el camarero al hombre.
-No gracias, ahora no.
Con todo esto, se hizo tarde y mientras padre e hijo se dirigían a su casa, mirando hacia el cielo, cerca del horizonte, divisaron una bola grande, redonda y de color rojizo.
-Mira papá, qué sol más extraño. Creía que a estas horas estaría escondido.
-No es el sol. A primera vista, yo también lo he pensado, pero el sol hace ya un buen rato que se ha escondido; además, se esconde por las montañas que tenemos justo en el lado contrario.
-Pues, si no es el sol, me parece que tampoco puede ser la luna, es demasiado grande.
-Aunque te cueste creerlo, sí que es la luna.
-Pero, ¡si aún hay restos de luz del día!, y además, no tiene forma de luna.
-La luna, a veces es caprichosa y sale también de día; según como se refleja en ella la luz del sol, puede verse de colores y tamaños distintos.
-Ahora recuerdo que un día la vi a media tarde.
El señor Felipe y su hijo se acercaban a su casa y hablaban de aquel fenómeno poco frecuente. El chaval, de tanto en tanto, miraba al cielo y observaba aquella luna roja y grande que se divisaba cerca del horizonte, más bien hacia el este.
-Si quieres, cuando lleguemos a casa, podríamos subir a la azotea, para verla con más tranquilidad.
-Si papá, me gustaría mucho.
Cuando llegaron a casa, comentaron con la madre de Pedrito lo de la luna roja y le dijeron que subían a la azotea para verla mejor. El viento de la tarde había aumentado, pero, por la calle, aún no resultaba excesivamente fuerte y aunque molestaba un poco, era soportable.
El señor Felipe giró la llave de la puerta de la azotea para abrir y al hacerlo, el viento intentaba cerrarla y se filtraba por los lados, haciendo un ruido de mil demonios. El padre tuvo que sujetarla fuerte para poder pasar.
-El viento es muy fuerte aquí arriba -se quejó el chaval.
-Es verdad, no podremos estar demasiado tiempo. Pasa que se me cierra la puerta.
Padre e hijo pasaron al interior de la azotea y la puerta se cerró de golpe por el efecto del fuerte viento. Avanzaron casi a tientas y algo voluminoso y más bien de tacto suave, les vino a dar en toda la cara. No se veía nada.
-¿Qué es esto?
-¡No lo veo!, ¡no lo sé!.
El señor Felipe y Pedrito, a golpe de brazos apartaron aquella cosa extraña de sus caras, y cuando lo consiguieron, intuyendo de qué se trataba, calmaron sus ánimos.
-¡Es una sábana!, vaya susto que nos ha dado.
-El viento la ha lanzado contra nosotros.
El señor Felipe, se quedó unos segundos pensativo.
-¡Vaya hombre!, cuando se ha cerrado la puerta de golpe, se han quedado las llaves al otro lado.
-¿Y qué haremos ahora?
-Tendremos que esperar a que suba alguien.
El hombre y el niño, se colocaron en un ángulo de la azotea, desde donde veían la luna a la perfección. No había cambiado su tamaño, pero sí había cambiado su color; ya no era tan rojiza como antes; pensándolo bien, de aquel color llamativo que tenia hacía menos de media hora, ya no quedaba nada.
El viento, había arrastrado unas pequeñas nubes grises, pero, no eran suficientes para tapar la luna, ni siquiera lo eran, para tapar alguna de las estrellas que brillaban en el firmamento.
-Que bonita es, si tuviera la cámara de fotos cargada, le haría una –comentó el señor Felipe.
-Papá.
-¿Qué quieres?
-¿Qué pasará si no sube nadie a la azotea?.
-Alguien subirá, ya lo verás.
-No es para desanimarte, pero a esta hora no creo que suba nadie a tender la ropa.
-Tienes razón, pero sí que pueden subir a recogerla, y en el caso de que no suba nadie, tu madre se dará cuenta de que tardamos demasiado y subirá a buscarnos; puedes estar tranquilo.
-Es verdad, no había pensado en mamá.
El señor Felipe y su hijo, estuvieron un buen rato callados; miraban la luna, y posiblemente pensaban en los misterios que la mera observación del satélite, podía crear en sus mentes.
-Papá, ¿cómo es que la luna era tan roja?
-Por el efecto de los rayos del sol, debían reflejarse de tal manera que producían este color.
Al cabo de un rato, el chico empezó a aburrirse.
Aunque... también podría ser... que se pusiera roja por...
-¿Por qué? ¿Qué quieres decir, papá?.
-Quiero decir, que a veces, uno oye hablar; que a veces llegan a oídos de uno, cuentos o leyendas que son capaces de despertar la imaginación, que avivan los restos de fantasía adormecida en su interior y que pueden ser capaces de explicar fenómenos tan bonitos como el que hemos visto este atardecer, de una forma muy diferente a como nos lo explicaría cualquier estudioso del tema.
-Pero los cuentos o las leyendas no son reales.
-Algunas leyendas, quien sabe; pero aunque no estén dentro de una realidad total y absoluta, es una maravilla poder escucharlas con tranquilidad y dejarse llevar por las palabras salidas de la boca de un narrador, o escritas en un trozo de papel.
-¿Sabes alguna que valga la pena?
-Precisamente estaba pensando en una que tiene relación con la luna, se trata de la leyenda de la luna roja.
-Nunca he oído hablar de ella.
-yo tampoco hijo, no sabía que existía hasta que he visto aquella hermosa luna en el cielo hace un rato, así nacen muchas veces los relatos.
Padre e hijo, se sentaron en un rincón de la azotea, donde estaban resguardados del viento, y el señor Felipe comenzó su particular leyenda:
-Había una vez un país, un país en el que existía el día y también existía la noche.
-Igual que en el nuestro -interrumpió Pedrito.
-Sí, igual que en el nuestro. En aquel país, cuando amanecía, salía el sol, y cuando se hacia de noche, salía la luna rodeada de estrellas.
-Igual que en el nuestro -volvió a interrumpir el chaval.
-Sí, igual que en el nuestro. ¿Me dejas que continúe?
-Sí, papá.
-Muy bien, sigamos. La luna, cada noche se dedicaba a dar una larga vuelta por aquel cielo ya privado de la luz solar.
-Igual como lo hace nuestra luna, la luna de verdad -volvió a intervenir Pedrito.
-Así no se puede explicar un cuento, en realidad, así, no se puede explicar nada; si no te callas, ya te la explicaré otro día.
-Lo siento, de verdad papá, no volveré a interrumpirte.
-Eso espero.
Pedrito cerró la boca, y pasó la mano derecha por delante de sus labios, de un lado a otro, como para dar a entender a su padre que había cerrado la cremallera imaginaria de su boca y que no volvería a hablar.
-Aquella luna, aún era muy joven, y aunque empezaba a ser toda una mujercita, tenia ganas de jugar, y a veces, se pasaba toda la noche corriendo detrás de la estrella que tenia más cercana, y ésta, cuando ya llevaba mucho rato corriendo para que la luna no la alcanzara, ya no podía más y acababa respirando con dificultad y tosiendo a consecuencia del esfuerzo.
-No puedo más, déjame tranquila, que acabaré sin poder respirar -le decía la estrella a la luna.
-Mira que si te alcanzo, te voy a hacer cosquillas hasta que te retuerzas de risa -contestaba la luna con ganas de seguir jugando.
-Que ganas tengo de que salga el sol -se quejaba la estrella -. Mañana por la noche me pondré bien lejos de esta chiflada.
-Una noche, aprovechando que la luna aún no había llegado, las estrellas se reunieron para hablar del tema.

-Debemos tomar una decisión, no podemos estar cada noche corriendo delante de esa alocada, debemos buscar alguna solución para entretenerla, y así conseguir que no nos persiga más -dijo la estrella que tenia más edad.
-¿Qué podemos hacer?, no se me ocurre nada, ésta desvergonzada solo tiene ganas de jugar.
-La verdad, es que aún es un poco joven, pero...tenemos que casarla -propuso una estrella de mediana edad.
-Nadie daba crédito a lo que había oído, que tontería, casar a la luna; además, esto no evitaría que siguiera molestándolas.
-¿Tenemos que casarla? -preguntaron extrañadas la mayoría de las estrellas.
-Si, habéis oído bien; tenemos que casarla, os aseguro que es la única manera de que nos deje tranquilas.
-¿Y con quien la quieres casar? ¡Yo no la quiero! -exclamó una estrella joven que temía que la quisieran casar con ella.
-Por Dios, cálmate, ¡cómo vamos a casar a la luna con una estrella! -murmuró otra.
-Lo tengo todo previsto -siguió la estrella que había hecho la propuesta -. Ya hace bastantes días que estoy dándole vueltas al asunto y he llegado a la conclusión de que solo podemos casarla con el astro rey.
-¿Con quien?
-Con el astro rey, es decir, con el sol.
-¿Con el sol?, pero, ¡si no podrán verse nunca!, él se pasea de día, y ella lo hace por la noche.
-Mejor, así no tendrán tiempo para pelearse -dijo una de las estrellas con sorna.
-Podéis confiar en mí, yo lo arreglaré todo -comentó la estrella de mediana edad.
-De acuerdo, lo podemos intentar, pero dudo que dé resultado, este asunto no tiene ni pies ni cabeza.
-La luna, aquella noche, como hacia muy de vez en cuando, no había aparecido, el sol ya dejaba entrever sus primeros rayos de luz por el horizonte, y las estrellas se fueron a dormir. La noche siguiente prometía ser muy interesante. Cuando oscureció de nuevo, la estrella que había tenido la idea de casar a la luna, se acercó a ella y le habló:
-Oiga usted, señora luna.
-Qué amable estás hoy, no me trates de usted, ¿qué se te ofrece?.
-Esta mañana, he visto al sol, es elegante y distinguido; un buen muchacho.
-¿Y qué hacías tú despierta cuando ha salido el sol?.
-Es que hace unos días, me dijeron que quería hablar conmigo.
-Deja ya de decir tonterías, como va a estar el sol interesado en hablar contigo.
-No son tonterías, realmente quería hablar conmigo, pero no de mí.
-¿Qué quieres decir?, habla claro.
-Me ha dicho que te quiere y que no sabe como decírtelo; le prometí que te lo diría yo.
-¡Si... si... si... si no... no me ha visto nunca!
-Que te crees tú esto.
-La luna, empezaba a ponerse nerviosa, se le había transformado incluso la voz, y actuaba como si no supiera lo que hacia.
-Claro que te ha visto, y más de una vez.
-¿Co... co... co... como es posible?
-A veces, al atardecer, aprovecha la presencia de nubes cerca de las montañas y en vez de retirarse, se esconde detrás de ellas, y cuando tu apareces, puede contemplarte sin ser visto –mintió la estrella.
-¡Que pillín!, se las sabe todas.
-Aquello resultó ser demasiado para que la luna pudiera asimilarlo. Pobre luna, no sabia qué hacer, seguro que si en aquel momento hubiera estado comiendo sopas, del nerviosismo, se habría puesto perdida. El hecho de saber que el sol la había estado observando y que se interesaba por ella, hizo que le subieran los colores a la cara, y se puso roja como un tomate. Desde aquel día, la luna, no volvió a molestar a las estrellas; se volvió extremadamente coqueta, pasaba las noches mirándose en un espejo que hasta ahora, había guardado celosamente. Se empolvaba la cara, se ponía colorete en las mejillas, ypasaba muchas horas arreglándose las cejas. De vez en cuando, al mirarse de nuevo en el espejo, se veía guapa y le subía aquel color rojizo a la cara. Después de muchas y muchas noches, se dio cuenta de que, en aquella historia, faltaba algún detalle, faltaba algo importante que hacia que las cosas no encajaran. Finalmente, cayó en la cuenta, de que en aquella historia, faltaba el sol.

-Oye, estrellita, ven guapa, escucha.
-¿Qué quieres, señora luna?.
-Hace unos días, me dijiste que el sol estaba enamorado de mí.
-Si, es cierto.
-Pues van pasando los días y él no aparece, habrá que hacer algo para que podamos vernos; si él viene de día y yo vengo de noche, ¿cómo podremos estar juntos?.
-La estrella se quedó pensativa un buen rato.
-Uno de los dos, tendrá que ir a ver al otro, esto está claro -sentenció la estrella.
-Buena idea, pero, ¿quien irá a ver a quien?
-Después de pensarlo de nuevo, se le iluminaron las ideas.
-Tendrás que ser tú, la que vaya a visitar al sol, ya que si lo hiciera él, las noches se transformarían en día y esto no puede ser, resultaría un desastre... pero... antes de ir a verlo, déjame que hable con él, para saber qué opina al respecto, no sea que lo cojas por sorpresa y no le guste.
-De acuerdo, pero habla con él esta misma madrugada, justo cuando amanezca, ya estoy harta de estar sola, tengo ganas de ver a mi amado sol.
-Que cursi la niña... Vaya, espero que no me haya oído –dijo para sí.
-De acuerdo, lo comprendo; la próxima noche te diré como lo vas a hacer para encontrarte con él; de todos modos, ponte guapa, no sea que al sol se le antoje venir a verte esta noche.
- ¡Ay madre! -suspiró la luna.

-Por la mañana, la estrella corrió en dirección al este, para que, cuando saliera el sol, pudiera hablar con él.
-¡Qué mala suerte!.
-Aquella mañana estaba nublado, y no pudo ver al sol por ninguna parte; el cielo era tan grande, que no hubo manera de adivinar detrás de qué nube se escondía, así que tuvo que esperar al día siguiente. Cuando se lo contó a la luna, ésta se puso de muy mal humor, devorándola la impaciencia; llegó a pensar que el día de la cita, no iba a llegar nunca. Por la mañana, la estrella, volvió a esperar al sol.
-Señor Sol.
-¿Qué quieres? ¿No sabes que no deberías estar aquí?.
-Si, ya lo sé, pero necesito hablar con usted.
-¿Hay algún problema? ¿Alguna cosa en el universo, no funciona?.
-Según como se mire. Ejem... verá, señor Sol, ejem... resulta que...
-¿Quieres ir al grano de una vez?, no tenemos todo el tiempo del mundo y me estás poniendo nervioso. ¿Tan grande es el problema?.
-No sé como empezar. Ejem...
-Deja ya de decir ejem y ejem, empieza por el principio, que nos entenderemos mejor.
-Mire señor Sol, resulta que estas últimas noches, he hablado con la luna, y...
-¡Y qué!, puñeta.
-Pues bien, que está enamorada de usted y... ¡Que se quiere casar!... y... ya está dicho.
-Por Dios, que horror; ¿aquella pánfila quiere casarse conmigo?, pero, ¡si solo es una niña!.
-No lo crea, señor Sol, últimamente está muy crecidita y se ha transformado en toda una señorita, hace demasiado tiempo que no la ha visto.
-La estrella, estaba nerviosa, trataba de convencer al sol, y empezaba a ver que la cosa no iba por buen camino. Intuía, momento a momento, que todo aquello no saldría bien,veía que el sol no estaba para casorios, y mucho menos con la tontorrona de la luna, que bien mirado, si que era un poco tonta. De pronto, la cara del sol, cambió completamente, y se marcaron en ella unas facciones más alegres, más predispuestas a lo que le venía encima.
-Bien mirado, podría resultar incluso divertido, no estaría nada mal probarlo; aunque antes de decidirme en serio, deberé conocerla bien. Ya estoy harto de estar solo.

-¡¡Uauuu!! ¡El sol está harto de estar solo! ¡El sol está harto de estar solo!.
-¿Qué te pasa a ti, ahora?
-La estrella, ya se iba toda contenta; la felicidad no le cabía en el cuerpo, cuando se dio cuenta que no le había preguntado al sol, como resolverían lo de quién visitaría a quién, y tuvo que volver sobre sus pasos.
-Mira muchacha, dile a la luna que venga a verme dentro de dos atardeceres, una hora antes de que yo me esconda detrás de las montañas y hablaremos -le propuso el sol.
-La estrella se alejó a toda prisa del lugar, saltando y corriendo por todo el firmamento. Estaba realmente emocionada, parecía que la que iba a casarse con el sol, era ella. Tal era su alegría, que no se dio cuenta que iba en dirección contraria, y tardó tres veces más de lo normal en llegar a su casa. Aquella noche, cuando la luna recibió la noticia,estaba tan contenta que pasó toda la noche mirándose al espejo y arreglándose las cejas y las pestañas, para poder estar muy bonita. Pasó la noche, pasó el día, y finalmente, se hizo la hora de visitar al sol y tímidamente, se presentó ante él. Al sol le gustó la coquetería de la luna. Aquella jovencita que ya había dejado de ser niña, le causó buena impresión, aunque, cada vez que el sol le decía una cosa bonita, se le subían los colores a la cara y se ponía roja como un tomate, quizás por culpa de la vergüenza que la situación le provocaba, o bien por culpa de la propia alegría que sentía.
-He de irme -le dijo el sol, al cabo de un rato.
-¿No puedes quedarte conmigo unos minutos más?, solo diez minutitos de nada -le rogó la luna.
-Lo siento, tengo un horario que cumplir y no puedo distraerme demasiado; ¿qué crees que pasaría, si el día que me saliera de las narices, en vez de retirarme a mi hora, lo hiciera más tarde?, ¿crees que seria bueno que permitiera que se alargara el día, hasta las dos o las tres de la madrugada cuando me apeteciera?.
-No, no seria lógico.
-Así pasaron los días, y cada atardecer, la luna iba a visitar al sol; hablaban y paseaban juntos un buen rato. Pero, un día sucedió...
-Mmmm... mmmm... mmmm...
-¿Qué? ¿Qué pasa?.
-Mmmm... mmmm... mmmm...
Pedrito, sentado en la azotea al lado de su padre, se pasó la mano por delante de los labios, de un lado a otro y abrió aquella cremallera imaginaria que hacia un buen rato había cerrado.
-¡Uff!, ya no podía más. Que bonita es la historia de la luna roja; ¿se acaba bien?.
-Ya lo verás hombre, ten un poco de paciencia; no me gusta desvelar el final, así de golpe.
-De acuerdo, continúa pues papá.
-Así fue como un día, cuando la luna iba a visitar al sol, una pequeña nube de color azul oscuro y de tacto pegajoso, quiso jugar con ella y se le puso delante, cerrándole el paso.

-La luna, con gran esfuerzo, a ratos sacaba la cabeza por encima de la nube y a lo lejos veía al sol, que estaba a punto de ser tapado por otra nube un poco más grande. El sol miraba por todas partes, pero no podía ver a la luna.
-¡Luna, querida luna! ¿Dónde estás? ¿Por qué no vienes a verme hoy?.
-La luna intentaba gritar, pero, aquella nube, la rodeaba y amortecía su voz, que no llegaba a los oídos del sol.
-¡Que me ahogo!, esta nube me entra por la boca cada vez que la abro y baja por mi garganta, privándome incluso de hablar -pensaba la pobre luna.
-Aquella noche, debido al disgusto por no haber podido hablar con su amado sol, la luna se la pasó llorando desesperadamente. La invadía un sentimiento de añoranza y ni siquiera las mismas estrellas que tenia cerca y que, desde que ya no las perseguía, eran sus amigas, pudieron consolarla. La noche se hizo eterna, y la pobre luna dejó caer a través de su cara, unas lágrimas con las que parecía que estaba lloviendo. Era el primer día desde que se conocieron, que no había podido ver al sol.

-No te preocupes, a veces pasan estas cosas, mañana ya volverás a ver a tu sol -intentaban calmarla las estrellas.
-Le ha cogido fuerte a la pobre.
-Al día siguiente, unas horas antes del atardecer, la luna fue a ver al sol y los dos se abrazaron como si hiciera años que no se veían. Pasaron una velada inolvidable hablando de sus cosas.
-Tenía muchas ganas de verte -le dijo la luna.
-Y yo también; además, quería comentarte una cosa muy importante.
-¿Se trata de una cosa buena, o de una cosa mala? -le preguntó ella.
-Depende de cómo te la tomes.
-La luna no sabía qué pensar y se le cambió la cara de repente, dejándose notar en su rostro las marcas de la preocupación.
-Quería decirte...
-¡¡Qué!!.
-Quería preguntarte si... si quieres casarte conmigo -se atrevió a gesticular finalmente el sol.
-Nadie sabrá nunca, ni el propio sol, si la luna contestó que sí, o contestó que no. La voz, le salía de la garganta de una manera extraña y brotaba tan tímidamente que no se le entendía en absoluto, y el sol, no se atrevió a preguntar qué había dicho. Lo cierto es que la cara de la luna se hinchó y se puso roja como un tomate; tan roja, que los que la vieron, pensaron que iba a estallar de un momento a otro. Pero los que la conocían y sabían leer en su mirada, vieron en ella una gran felicidad.

-Pocos días después, la luna volvió a ponerse roja; ¿Sabes cual fue el motivo?
-Quizás porqué el sol volvió a decirle cosas bonitas -dijo Pedrito.
-Cuando el sol le decía cosas bonitas, se le sonrojaba la cara, pero roja de verdad, sólo se le volvió a poner un día.
-No se me ocurre, papá.
-El día de su boda, a la que asistieron muchísimos invitados. Fue un día maravilloso. Y el sol y la luna, así como todas las estrellas, vivieron felices para siempre; sobre todo las estrellas, que pudieron vivir más tranquilas, ya que la luna, tenia otras cosas de que preocuparse y no las persiguió nunca más.
-Me gusta que los cuentos acaben bien -le dijo Pedrito a su padre.
-A mí también, hijo, de esta manera, uno se queda con mejor sabor de boca.
Sentados en aquel rincón de la azotea, padre e hijo ya no notaban el viento, incluso les pareció que ya no soplaba.
-Es tarde y mamá no sube a buscarnos -protestó el chico.
-No tardará, cuando se dé cuenta de la hora que es, no te preocupes que subirá.
Pasó un buen rato. La luna ya había cogido su forma habitual y llenaba la oscuridad de la noche con su tenue luz. Finalmente, se abrió la puerta de la azotea y apareció la madre de Pedrito.
Días más tarde, cuando el chaval salía a pasear con sus padres al atardecer, siempre miraba hacia el cielo y buscaba la luna. Le gustaba mirarla y descubrir sus formas y colores más característicos.
|