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Aprendiz de escritor
A mi hijo.
 

El hombre, había acabado de escribir una serie de cuentos. No los había escrito pensando en su publicación, los había escrito pensando en sus hijos, en como se lo pasarían de bien leyendo aquella antología, o mejor aún, en como se relamerían si se la leía su propio padre. Uno de los cuentos, hablaba de un viaje muy original hacia un mundo prácticamente desconocido, otro hablaba de un enigma que debían resolver los protagonistas, otro hacía referencia al sol y a la luna; en fin, que había para todos los gustos.

-A mis hijos les gustan este tipo de cuentos y se lo pasarán muy bien.

Pero el aprendiz de escritor no se conformaba simplemente con agradar a sus hijos, en el fondo, le quedaba la duda de que no sabía si realmente escribía bien o lo hacía mal.

-Está claro que a mis hijos los cuentos les gustan, y los que escribo yo, por el hecho de ser míos, aún significan más para ellos; pero, ¿puedo pedir a mis propios hijos que sean objetivos?, ¿puedo pedirles que se olviden por un momento de que los cuentos los he escrito yo?, ¿puedo pedirles que lean mis cuentos como si los hubiera escrito otro escritor, para poder así impartir un veredicto más imparcial?, aunque yo se lo pidiera, ¿podrían ejercer de críticos implacables e incorruptibles conmigo, siendo yo su padre?; de veras que no lo sé, pero sinceramente creo que no.

Mientras el pobre hombre pensaba en todos estos pormenores, le pasó por la mente a la vertiginosa velocidad de un relámpago, una idea que podía resolver sus dudas y que, si se llevaba a cabo adecuadamente, podía funcionar.

-Ya sé qué voy a hacer, de manera disimulada y como el que no quiere la cosa, le pasaré uno de mis cuentos a mi amigo Marcos, con la sencilla excusa de que lo lean sus hijos, y así, de esta manera, sabré si escribo bien o no.

Durante toda una semana, con sus siete días contados uno a uno, con todas sus horas y todos sus minutos interminables, el hombre le daba vueltas al asunto, calculando los pros y los contras y no lo veía del todo claro.

-La idea no está mal, pero, ¿y si Marcos me dice que mi cuento es bueno, simplemente porqué es amigo mío?

Pero, cuando su estado de ánimo se tornaba más positivo, casi rayando la euforia, estaba seguro de que su amigo no le defraudaría.

-No se trata solamente de mi amigo, se trata de sus hijos. A sus hijos, el cuento les gustará o no les gustará, y no hay más que hablar; al fin y al cabo, si les gusta, podré considerar que escribo bien, y si no les gusta, ya puedo buscarme la vida por un camino bien distinto.

Sin dar más vueltas a la citada cuestión, llegó el día en que el escritor novel vería a su amigo. Había impreso con sumo cuidado el cuento que le había parecido más adecuado para los hijos de Marcos, y había grapado las hojas con una delicadeza exagerada, con excesiva meticulosidad, ya que, al pobre hombre, le daba la sensación que con una buena presentación, tendría la mitad del caso ganado. Quizás tenía demasiado presente aquello que suele decirse de que las cosas entran mejor por la vista.

El hombre, pasó unas horas con Marcos al igual que lo venía haciendo de tarde en tarde desde que se conocían. Hablaron como viejos amigos de cosas trascendentales, también lo hicieron de cosas más triviales, de cosas que no tenían la más mínima importancia, para acabar hablando de sus hijos, de sus respectivas parientas, de sus recuerdos del pasado y también de su futuro más cercano, y así pasaron la tarde dándole al pico y a las piernas, en un largo y apacible paseo por las calles de la ciudad. Unos instantes antes de despedirse, el probable escritor le dio el cuento a su amigo.

-Mira Marcos, hace unas semanas escribí este cuento, y a mis hijos les gustó, por lo que he pensado que quizás también les gustará a los tuyos.

-Gracias, que maravilla, a mis hijos les gusta mucho leer cuentos; les irá bien.

El hombre se animó, ya que la cosa empezaba bien y su amigo había recibido el cuento con agrado.

Pasaron días, y días, y días, y más días. Los dos amigos se fueron viendo más o menos con la misma frecuencia con que solían verse, pero en ninguna de sus citas Marcos mencionó nada sobre el cuento. El hombre empezaba a impacientarse, comenzaba a sentir en su interior que necesitaba aquella información.

-Me podría decir algo sobre el relato, como mínimo qué le ha parecido, o por lo menos, si les ha gustado a sus hijos o no; pero, si no les ha gustado, es probable que no me lo diga, quizás por educación o por respeto.

Unos instantes más tarde, volvía a pasarle por la cabeza la misma cuestión.

-Si yo fuera Marcos, como mínimo le diría a mi amigo el escritor, que el cuento no está mal, o bien, que está muy bien o, por qué no, si fuera el caso, le diría que no está nada bien escrito, en fin, que es un cuento malo, pero no lo dejaría en ascuas como diciendo anda y que te parta un rayo, o... ¿quizás sí lo haría?. Pero, ¿y si realmente, mi cuento es malísimo y no se atreve a decírmelo?, pero entonces, ¿para qué están los amigos?, deberían estar para poder decir las verdades sin titubeos y con la sinceridad más absoluta.

Más de un día, el hombre estuvo tentado en preguntarle a su amigo Marcos, qué les había parecido el cuento a sus hijos, pero no se atrevió. Incluso en algún momento, había pensado que sería bueno preguntárselo directamente a uno de los chavales, porqué ellos dirían la verdad, pero no lo hizo y se quedó con las ganas.

-Yo no me atrevo, tu no te atreves, el no se atreve... pero ¿que tipo de amistad es esta?, ¿es que los humanos nos complicamos la vida por cualquier cosa?, aunque bien mirado, esto no es cualquier cosa, para mí es importante.

Solo al cabo de medio año de haber dado el cuento a su amigo, el hombre se atrevió a sacar el tema.

- Marcos.

-¿Sí?

-¿Qué me dices del cuento?

-¿De qué cuento me hablas?

-Sí hombre, de aquel que te di para que lo leyeran tus hijos; ¿no te acuerdas?

A Marcos se le puso la cara de extrañado e intentó disimular al instante, cambiando las facciones de su rostro hasta conseguir poner cara de circunstancias que aún era peor. Finalmente contestó.

-Naturalmente que me acuerdo, es que me habías cogido un poco por sorpresa.

-¿Qué me dices pues?

-¿Qué te digo de qué?

-Si les gustó el cuento hombre, parece que estés en la luna.

- Ah!, sí... sí que les gustó.

Aquella respuesta, no convenció al futuro escritor, que ya no se fiaba de la sinceridad de su amigo.

El hombre intuía en la forma de comportarse de Marcos, que no era sincero; que posiblemente no se acordaba en absoluto del cuento, o quizás, lo que aún era peor, que el cuento era tan malo, que prefería no acordarse de él.

-¿Disfrutaroncon el cuento tus hijos?

-Ya te he dicho que les gustó.

-¿Me aseguras que no me lo dices por compromiso?

-Pero, ¿de qué hablas tú ahora?, ¿quién te crees que soy yo?, el cuento es bueno y yo no tengo ningún tipo de compromiso contigo, ¿te has enterado?

Marcos había alzado la voz más de lo habitual.

-A mi no me grites, si hace solo un momento, casi ni te acordabas del cuento, y ahora me dices que es bueno. Me parece que ni tan solo sabes de qué te estoy hablando.

-Me estás calentando; el cuento es bueno y no se hable más.

El hombre, después de una pausa, murmuró casi en voz alta:

-No me lo creo.

-Pero ¿qué dices?, has terminado con mi paciencia; te diré una cosa, te he mentido por hacerte un favor, el cuento creo recordar que no estaba mal, pero casi no me acuerdo de qué trataba, hace ya tanto tiempo que...

-¿Lo ves?, uno ya no puede fiarse ni de los amigos; no son capaces ni de hacer una crítica objetiva.

-¡Vaya cara!, tu no me pediste en ningún momento que hiciera ninguna crítica, además, si no te fías de mi respuesta, de poco iba a servirte que te la hiciera. Si te dijera que es bueno, creerías que te lo digo por compromiso, y si te dijera que es malo, no te lo acabarías de creer, así que estamos en las mismas.

-Esto no es verdad, además, hay cosas que entre amigos no hace falta ni pedirlas, salen de dentro, de lo más hondo del corazón, y lo hacen por si solas, sin segundas intenciones, simplemente por camaradería, por solidaridad.

-¿Me estás diciendo que no tengo corazón, simplemente por el hecho de que no se me había ocurrido que fuera tan importante el detalle?, guarda tus sermones para otra ocasión, qué sabrás tú de solidaridad.

-Posiblemente un poco más que tú.

-Me parece muy bien que pienses así, pero te diré que estoy harto de tus chorradas,que el cuento no es demasiado bueno, y que prefiero olvidarme de él, estaría bueno.

-Vaya hombre, aquí quería yo llegar; ¿no crees que no hay para tanto?; no te pases al otro extremo, si hace solo un momento me has dicho que no estaba mal y que casi ni te acordabas, tú cambias tus opiniones como cambia la dirección del viento.

-¿Lo ves?, yo tenía razón; claro que hay para tanto y para mucho más. Tu cuento es una porquería; y si lo digo en plata, te diré que es una verdadera mierda.

El aprendiz de escritor, se fue cabizbajo y con la moral por los suelos, sin ni siquiera despedirse de su amigo. Tardó bastante tiempo en volver a ver a Marcos.