Aunque estaba bien entrada la primavera, a aquella hora de la mañana hacía fresco. La mitad de los días, mi tío me tenía en la calle un cuarto de hora largo esperándole y si un día me retrasaba unos minutos, me echaba bulla como si se tratara de algo grave. Él era así, los primeros meses me sentaba fatal, pero luego uno se acostumbra a lo que le echen con tal de ganarse cuatro perras gordas.
Ahí está, bajando a toda leche la pequeña cuesta con su furgoneta.
-Sube Martín, que llegamos tarde.
-¿A dónde vamos hoy tío Cosme?
-A una pequeña empresa de proyectos que está a casi setenta kilómetros de aquí; pasaremos por el almacén, cargaremos y nos iremos. Debemos apresurarnos porqué tenemos trabajo para todo el día.
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-Claro, como a él no le cuesta ningún esfuerzo mandar, pues eso; manda.
-Cálmate un poco mujer; no es para tanto.
-Encima defiéndelo al muy guarro, –y cambiando la voz para que pareciese más masculina –“Mañana deberán ustedes llegar media hora antes para recoger los papeles de su despacho, a las nueve vendrán a instalarles el aire acondicionado y podría traspapelarse alguno de los trabajos; total, lo digo por ustedes”.
Las dos nos echamos a reír.
-Vamos Reme, que son casi las nueve y esto parece una cuadra.
-Claro Silvia, como tú llevas muy poco tiempo en la cuadra, digo en el despacho, no te importa hacer lo que sea… Ya verás cuando lleves quince años aguantando las neuras de Don Felipe.
-Para algo eres su secretaria chica, esta función te toca a ti.
Reme y yo íbamos apartando los papeles que durante tantos días se acumularon encima de nuestras mesas e intentábamos colocarlos de cualquier manera en algún cajón para que no estorbaran.
En ello estábamos cuando se abrió la puerta del despacho y entró Don Felipe. Dio una severa hojeada y en su boca se dibujó una mueca de rechazo.
-¿Qué hora es?
-Las nueve y siete minutos, señor Felipe.
-¿Aun no han llegado los instaladores?
-No, señor Felipe, aún no han llegado.
-Bien, acaben esto y pónganse a trabajar, que el tiempo vuela.
-Ahora mismo, señor Felipe.
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-Pasen, pasen, es por aquí, hay que instalarlo en este despacho.
Mi tío Cosme y yo cargamos con las herramientas y nos dirigimos al despacho que nos había indicado el dueño.
-Soy Reme, la secretaria de Don Felipe, para servirle.
Mientras aquella mujer ya madura hacía sus presentaciones a mi tío, mi cuerpo se estremeció como nunca lo había hecho. Solo ver a aquella jovencita asomarse por detrás de su ordenador, provocó en mí un desasosiego que hizo que en todo el día no diera pie con bola.
-Vamos Martín, que hoy pareces tonto.
Como las gastaba mi tío cuando le daba la gana. Aquella jornada de trabajo resultó de las peores de mi vida. Mi tío se ensañó conmigo, y aquella chiquilla no me quitaba el ojo de encima.
-Subnormal, céntrate en lo que estás haciendo joder que hoy no das una, que no terminamos y mañana tendremos que volver.
Pero… ¿Cómo podía yo centrarme en un atajo de herramientas y utensilios, si cada vez que cruzaba mis ojos con los de aquella joven preciosidad, parecía que me salía el alma del cuerpo?
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Aquella jornada de trabajo, hubiera resultado ser como la de un día cualquiera, de no ser porqué al cabo de unos meses recibí una llamada que cambiaría mi vida para siempre.
-¿Diga?
-Soy Martín, ¿quiere usted que nos veamos este fin de semana?
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