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El viejo cementerio
Per això la meva mare, que ho sap i no li agrada gens,
sempre em diu: “¡No jugueu al cementiri!”.
 
Olga Xirinacs. No jugueu al cementiri.
 

Corría aproximadamente el año 1966, año más o año menos. En el pueblo, aquel mes de Marzo había empezado con un frío que dejaba helados todos los huesos del cuerpo.

Joaquín se había levantado, había bebido su vaso de leche, y tapándose bien con su abrigo, cogió la cartera, y se dispuso a salir de casa. Al abrir la puerta de la calle, y sacar la nariz fuera, una friolera sensación recorrió todo su cuerpo de arriba a abajo. El chico, subió de nuevo a casa, y cogiendo su bufanda, se la colocó en el cuello dándole unas cuantas vueltas. Faltaban tres minutos para las nueve de la mañana cuando el muchacho salió de casa. Justo cuando llegó a la escuela, el maestro hacia entrar a sus alumnos dentro del aula.

-Joaquín, cuando salgamos al patio, tengo que decirte algo importante – le comentó Juan.

-Ahora no me dejes con las ganas, caramba; ¡habla ya!.

Pero Juan, no tuvo tiempo de hablar. Los chicos habían entrado en el aula, y allí había que guardar silencio.

Cuando Joaquín esperaba algo con ansia, las horas, los minutos, incluso los segundos, ledaba la sensación que pasaban muy lentamente, y hasta que salieron al patio, se le hizo interminable.

-¿Qué quieres?, ¿qué es esto tan importante que tienes que decirme?

Juan examinó el patio de una manera misteriosa.

-Aquí no, podrían oírnos. Es un secreto –dijo en voz baja.

Y mirando a un lado y a otro, llevó a Joaquín hacia un rincón apartado del barullo general.

-¿Has oído hablar del cementerio?.

-Naturalmente, en el cementerio enterramos a las personas que se mueren y una vez al año, voy con mi madre a llevar flores a mis abuelos.

-No me refería a este cementerio hombre, éste lo conoce todo el mundo.

-¿De qué estás hablando?, ¿es que hay otro?

-Sí. En el pueblo, hay un cementerio antiguo que ya no se utiliza.

Joaquín se quedó extrañado; era la primera noticia que tenía de ello.

-¿Cómo lo sabes?, ¿quién te ha hablado de él?

-Hace unos cuantos días, estaba jugando en la plaza de la iglesia con Miguel y con José López; jugábamos a escondernos, y yo, para que no me encontraran, me fui hacia la parte de atrás de la iglesia. Junto a una de las paredes laterales, hay una tapia, que tiene un agujero por donde se puede entrar. Me colé dentro para esconderme mejor. Era un lugar extraño, oscuro y enormemente húmedo. Al moverme por aquel pequeño espacio mohoso, encontré un hueso.

-Yo, a veces, también he encontrado algún hueso. Eran huesos de animales que habían muerto y que habían quedado esparcidos por el suelo.

-Al principio, yo pensé lo mismo, que era un hueso de un animal muerto; pero no lo era, se trataba de un hueso humano.

-No puedes estar seguro de ello.

-Sí puedo estar seguro de ello, y lo estoy. Lo escondí debajo de mi abrigo, lo llevé a casa y cuando pude, medio a escondidas, lo busqué en uno de mis libros, y de lo que sí estoy bien seguro, es de que es uno de los huesos del esqueleto humano.

-Claro muchacho, y además, sabes si era de una mujer, o era de un hombre, ¡no te digo! – se burló Joaquín.

-No te lo tomes a broma, estoy seguro que era de una persona, los huesos de los animales, son diferentes.

-Naturalmente, los de las personas son más inteligentes.

-Joaquín, si de un asunto tan serio, solo se te ocurre decir tonterías y burlarte, me voy.

-No, no te vayas, lo siento.

-Cuando lo supe con seguridad, pregunté a mis padres si sabían alguna cosa de un cementerio abandonado, y confirmaron mis suposiciones. Me dijeron que al lado de la iglesia, hay un cementerio que se utilizaba hace muchos años.

Joaquín, se quedó boquiabierto, aquella noticia era una gran sorpresa, una sorpresa totalmente inesperada que no se le iría de la mente en una buena temporada.

-Y tus padres, ¿Qué dijeron del hueso?

-No se han enterado. Lo envolví con papeles de periódico y lo escondí bien.

-Y nuestros amigos Miguel y José López, ¿qué opinaron?

-Tampoco saben nada del hueso.

-¡Caramba! ; Eres como una tumba, chaval.

-No me hables de tumbas ahora, que se me pone la carne de gallina.

-No te lo tomes así hombre, que no es para tanto.

Era hora de entrar en clase y los dos chicos, se pusieron de acuerdo para continuar conversando al salir al mediodía. Para Joaquín, aquel descubrimiento era maravilloso.

A la una, mientras se acercaban a sus casas para comer, quedaron que por la tarde después de salir del colegio, irían un momento a ver el lugar, aunque como hacia frío, no podrían quedarse mucho rato a investigar para ver si había más huesos, y deberían postergarlo para el fin de semana.

-No les digas nada a tus padres, – propuso Juan – ya que a lo mejor no te dejan salir, eso de merodear por el cementerio, aunque ya no se utilice, no lo ven con buenos ojos, creo que les da un poco de miedo.

-Vale, solo intentaré que me cuenten alguna cosa sobre el tema.

-De acuerdo, pero no vayas a meter la pata.

-No te preocupes.

Mientras comían, Joaquín no se atrevió a hablar del asunto con su padre y por la tarde, al salir de la escuela, cogió el bocadillo para merendar y le dijo a su madre que había quedado con Juan.

-Mamá, voy un momento a casa de Juan, que me quiere enseñar una cosa, nada importante, un hallazgo; no tardaré.

-Muy bien, pero no salgáis a jugar a la calle, que hace mucho frío.

Los dos chavales, se dirigieron al viejo cementerio, dando la vuelta por los alrededores del pueblo, para no encontrar a nadie, y no tener que dar explicaciones a ningún vecino de aquellos que se meten en todo.

Cuando llegaron, Joaquín vio que el cementerio en su época de esplendor, había tenido una puerta grande, con un maravilloso arco en la parte de arriba, y que al entrar en desuso, la habían tapiado para evitar que entraran las personas o los animales. Con el tiempo, se había practicado un agujero, por el que, con cuidado, se podía entrar. El chico, había pasado muchas veces por delante, pero nunca se había dado cuenta que aquello podía tener un cierto interés. Los dos muchachos, pasaron al otro lado del agujero y notaron el frío y la humedad en su piel; parecía mentira que un simple tabique pudiera provocar un pequeño cambio climático, pero así era. Dieron un vistazo bastante rápido a su alrededor y al cabo de pocos minutos, salieron de nuevo a la calle.

-De todos modos no me gusta el lugar, hay alguna cosa que no me acaba de gustar, quizás sea esta humedad que se mete hasta en nuestras entrañas.

-¿No será que tienes miedo? – comentóJuan.

-Naturalmente que no, no soy ningún miedica, ¿por quién me has tomado?

De todos modos y por si las moscas, los dos amigos, se alejaron del cementerio.

-No hablemos con nadie sobre el descubrimiento, así, será nuestro secreto.

-Podríamos decírselo tan solo a Miguel y a José López; así nos podrían ayudar a investigar, y estaríamos más acompañados; y quizás también a Javier.

-De momento ni se te ocurra. No quiero que corra la voz, porqué después, acaba sabiéndolo todo el pueblo.

-De acuerdo, no diré nada, al menos por el momento.

Los dos amigos se despidieron y se dirigieron a sus respectivas casas.

-Buenas tardes mamá, ¿ya ha llegado papá?.

-Sí, acaba de llegar, se está lavando. Has tardado mucho, me tenias preocupada.

-Es que nos faltaba aclarar unas cuantas cosas.

-Y el hallazgo, ¿ha sido interesante?

-¿Qué hallazgo?

-Tu mismo lo dijiste, ibas a ver algo que había encontrado Juan.

-Vaya... Sí,ejem... Bueno, era algo sin importancia.

Mientras la familia cenaba, el chaval, sacó el tema de conversación de la manera más discreta y disimulada posible.

-Papá, ¿sabes algo de un cementerio antiguo que hay en el pueblo?

-¿Quién te ha hablado de ello?

-He oído rumores que corren entre algunos chicos.

-Pues sí, la mayoría de pueblos, tienen cementerios abandonados.

-Así, ¿los rumores son ciertos?

-Hace muchos años, el cementerio estaba tocando al pueblo, al lado de algunas casas. Antiguamente, en la mayoría de los pueblos, se construían lo más cerca posible de la iglesia; así, cuando alguien moría, después de celebrar su funeral, lo enterraban allí mismo, justo al lado, y no hacía falta trasladarlo. Algunas personas incluso pensaban que así, al morirse, estaban más cerca de Dios, por el hecho de estar enterrados cerca del templo.

-¿Y qué pasó?, ¿se llenó el cementerio?

-No, hombre; los muertos, cuando llevan tiempo en su estado, se van deteriorando, y pueden llegar a transmitir enfermedades, por lo que no es recomendable tenerlos cerca de las casas donde se habita, Por ese motivo, y quizás por razones urbanísticas, estéticas o de otra índole, decidieron trasladarlo lejos del pueblo.

-Y cuando construyeron el cementerio nuevo, ¿qué hicieron con los muertos que había enterrados en el viejo?, ¿los trasladaron?

-Quizás a los que hacía poco que habían muerto los trasladaron, pero a los demás los dejaron tranquilos donde estaban.

-Es muy interesante todo esto. ¿Por qué no me habías hablado nunca de ello?

-Simplemente porqué no es una cosa agradable para ir contando sin que venga a cuento.

-¿Es posible encontrar algún hueso, en el cementerio abandonado?

-No lo creo, lo más seguro es que estén todos deshechos, y si aún queda alguno, posiblemente estará enterrado a cierta profundidad.

Aquella última respuesta, decepcionó un poco a Joaquín. Había quedado totalmente confirmada la existencia del cementerio, pero lo del hueso, aún no lo veía claro. Podía ser perfectamente un hueso de cabra, de oveja, de perro, o de cualquier otro animal, pero Juan no lo veía de la misma manera.

-Así pues, ¿no hay posibilidad de encontrar ningún hueso de persona?

-Yo no he dicho esto, he dicho que es difícil; pero a veces, entran gatos y perros, y quien sabe si ellos han ido hurgando en la tierra y han logrado destapar alguno. De todas maneras, si se encontrara algún hueso humano, estaría en un estado bastante deplorable; debe hacer más de cincuenta años que no se entierra a nadie allí.

A la mañana siguiente, el frío no era tan intenso, y Joaquín, al encontrarse de nuevo con Juan, le pidió que le enseñase el hueso.

-Trae también el libro, para poder clasificarlo –le pidió –O mejor no, ya traeré yo uno de mi padre que es muy completo.

-De acuerdo, de acuerdo, ahora voy a buscarlo.

Al cabo de un rato, Juan apareció con el hueso en la mano. Lo llevaba bien protegido con papeles de periódico viejo. Debajo del brazo de Joaquín, se vislumbraba un libro antiguo de Ciencias de la Naturaleza. Los dos amigos, se sentaron en un portal, y con mucho cuidado, Juan apartó los papeles que lo cubrían. Joaquín, se quedó maravillado del excelente estado de conservación del hueso; no parecía que hubiese estado enterrado durante cincuenta o sesenta años. El hueso estaba entero, conservaba buen color, y no había en él ningún indicio de descomposición, parecía de una persona muerta hacía dos días.

-Por la forma y la medida que tiene, es verdad que parece de nuestra especie. No tiene ni siquiera restos de tierra incrustada, ¿Lo limpiaste cuando llegaste a casa?.

-No, no lo limpié, lo encontré tal como lo ves.

-Pues es extraño, este hueso no lleva demasiado tiempo bajo la tierra.

-¿No será de una persona asesinada hace muy poco?

-Claro, y escondieron el cuerpo en algún sitio y se entretuvieron a sacarle el hueso de la pierna o del brazo o de donde carajo sea, para dejarlo tirado por ahí y que uno de nosotros pudiera encontrarlo. Me parece que ves demasiadas películas muchacho.

Abrieron el libro, y entre los dos buscaron página por página hasta ver dibujado, entre otros, un hueso igual al que Juan había encontrado, un hueso que tenía la misma forma. Los dos amigos, compararon minuciosamente el hueso dibujado en el libro con el real.

-Yo diría que son idénticos, se trata de un fémur – Comentó Joaquín.

-Es cierto, a mi también me lo pareció cuando lo vi.

-Decidido pues; se trata de un fémur humano, no queda la menor duda sobre ello. Pero hay algo en este asunto, que no encaja. Mi padre, me dijo que si encontráramos un hueso, estaría medio deshecho por el paso de los años.

-No hagas caso, con los muertos nunca se sabe; a veces suceden cosas inexplicables. Hay investigadores que han encontrado restos muy antiguos, y están en perfecto estado.

-Posiblemente tengas razón, al fin y al cabo, quizás nos hagamos ricos si vendemos el hueso a un museo.

-¿Y si fuera elfémur de tu bisabuela?, ¿también querrías venderlo a un museo?

-No seas tan bestia, Juan; no me gustan estas bromas, y deja en paz a mi pobre bisabuela.

Era hora de volver a casa, y los dos muchachos, acordaron que el sábado por la mañana, hacia las once, irían a investigar dentro del cementerio, para buscar más huesos.

-Traeré unos papeles de periódico, para envolver los que encontremos.

-Tampoco te pases, ¿qué crees, que vamos a encontrar el esqueleto entero?

-Nunca se sabe.

-De todos modos has tenido una buena idea, Juan; yo traeré una linterna, así veremos los rincones más escondidos y oscuros.

-¿Y si trajésemos también una pequeña azada?, así podríamos excavar un poco.

-De acuerdo, si puedo la traeré yo; mi padre tiene una que es bastante pequeña.

Los pocos días que quedaban para acabar la semana escolar, pasaron de una manera monótona y lenta, y así llegó el viernes por la noche.

-Joaquín, parece que estos últimos días te pase algo, estás nervioso, intranquilo -le dijo su padre mientras cenaban.

-Es que quedé con Juan, para jugar con él mañana por la mañana, y me gusta tanto la idea, que estoy un poco ansioso, esperando que llegue el momento.

-Mejor que sea esto, por lo menos te lo pasarás bien; ¿seguro que no te pasa nada más?

-Seguro papá.

Poco después de cenar, se hizo la hora en que Joaquín debía ir a dormir, pero el chaval no hacía ningún movimiento para ir a la cama. Las habitaciones, estaban en el piso de arriba, y al chico no le gustaba subir solo. Cuando por fin, se decidió, su madre le dio una sorpresa.

-Espera Joaquín, nosotros también subimos.

El chaval suspiró profundamente, y se alegró de poder subir acompañado, aquel día más que nunca. Una vez en sus respectivas habitaciones, se pusieron el pijama, y se tumbaron en sus camas. A Joaquín le costaba dormir, pero finalmente, se le fueron cerrando lentamente los ojos.

No sabia a ciencia cierta, si se trataba de un sueño, o se trataba de su imaginación, pero el muchacho, veía delante mismo de sus ojos, aquel tétrico lugar, húmedo y oscuro.

((Avanzaba por el interior del cementerio, rozando la pared de la iglesia. Iba solo, o al menos, ésta era la impresión que le daba. Llevaba una linterna para iluminarse, aunque tenia las pilas prácticamente gastadas. A medida que avanzaba, de manera lenta y pausada, la pared de la iglesia y el terreno que pisaba, se iban humedeciendo cada vez más. Cuando había caminado unos veinticinco pasos, se separó de la pared, y notó que la tierra, era excesivamente blanda. Cuanto más avanzaba, más blando notaba el suelo y al mirarse los pies, se dio cuenta de que la tierra se los había tragado. El chaval, lleno de espanto, rápidamente volvió sobre sus pasos, y se puso de nuevo tocando a la pared de la iglesia)).

El movimiento que Joaquín producía dentro de su cama, lo despertó. El muchacho sacudió fuertemente la cabeza, como si quisiera ahuyentar los malos espíritus que pudiera haber en su mente, y luego intentó mantenerse despierto un buen rato; no quería dormirse por miedo a soñar de nuevo con el viejo cementerio. Intentó pensar en las cosas buenas que le habían sucedido a lo largo de la semana, pero todas, acababan relacionándose con Juan y con su diabólico descubrimiento.

El chico, se levantó de la cama y sin hacer ruido, comprobó que sus padres dormían tranquilamente. Aquella plácida imagen de sus progenitores durmiendo, le dio cierta seguridad al chaval y al cabo de poco rato, ya se había vuelto a dormir. Durmió tranquilamente casi toda la noche, pero entrada la madrugada, tuvo otro extraño sueño.  

((Entraba con timidez en la iglesia. Detrás del altar, el cura, arreglaba las cosas necesarias para la Misa, pero aquella iglesia era grande, muy grande, y él, caminaba y caminaba, y no llegaba nunca al final. Miraba atrás, y veía que la puerta del recinto, estaba cada vez más lejos, pero en cambio, el cura no estaba cada vez más cerca; allí pasaba algo que no era normal. De una de las capillas laterales, del mismo lado que tocaba al cementerio antiguo, salió una especie de espectro, de espíritu, o como le quieran llamar. Tenía una forma muy parecida a una figura humana, y era transparente. Poco a poco, se aproximó a Joaquín. Extrañamente, el chaval, no tenía miedo, la figura le parecía familiar.

Cuando el chico tuvo el espectro suficientemente cerca, le pareció ver que su cara, se parecía a su bisabuela, a la que había conocido gracias a unas fotografías que guardaba su madre, pero se dio cuenta que había ciertas diferencias.

Aquel espíritu, emitía un sonido muy suave, monótono, y demasiado tenue para ser inteligible. Joaquín, pudo ir recogiendo palabras sueltas que intentaba combinar para formar la frase adecuada. Finalmente, le pareció escuchar algo que empezaba a tener sentido. 

Joaquín, no seas un niño malo,

devuelve el hueso a mi pierna,

si no lo devuelves cojo un palo,

y te doy en la cabeza.

 

-¿Cómo sabe mi nombre esta mujer? ; quizás Juan tenía razón, cuando decía que era el hueso de mi bisabuela. Pobre mujer, mira que perder el hueso de la pierna. –Pensó el chico –Estaría bueno que no pudiera descansar en paz hasta que lo encontrara.

-Señora, señora, yo no tengo su hueso, lo tiene mi amigo Juan; pero no se preocupe, mañana mismo se lo devolvemos, palabra de Joaquín)).

 

-¿Que estás hablando solo, Joaquín?– le preguntó su madre.

El chaval abrió los ojos, y vio a su madre sentada en el borde de su cama.

-Gracias por despertarme, mamá; tenía una pesadilla. ¿Qué hora es?.

-Pasan unos minutos de las nueve. No era mi intención despertarte, pero al moverte y al oírte hablar, pensaba que estabas despierto.

-Me levantaré y prepararé las cosas. Mamá, ¿Puedo llevarme una linterna?

-De acuerdo, pero no la pierdas.

Joaquín desayunó tranquilamente, y después preparó sus cosas para irse. No dijo nada a su madre sobre la azada, para que no le riñera.

Veinte minutos antes de las once, el chaval salió de casa; parecía un auténtico explorador con su linterna y su azada. Fue a buscar a Juan, y emprendieron el camino hacia el cementerio.

 

Cuando llegaron frente a la tapia, ninguno de los dos se decidía a pasar por el agujero.

-Joaquín,entra tú –ordenó Juan.

-Mira chaval, por tu culpa, he pasado una mala noche, y no me apetece ser el primero.

-¿Qué tengo que ver yo con tus juergas nocturnas?

-¿Qué tienes que ver?, he soñado con mi bisabuela.

-Y a mí que me cuentas.

-¿Que te cuento?, cabeza de chorlito, no me hubieras hablado de ella el otro día.

A Juan, le vinieron ganas de reír, pero no lo hizo por no herir los sentimientos de su amigo.

-Vale, ya entro yo –dijo.

En el momento que se agachaba, para introducir su cabeza en el agujero que servia de entrada al cementerio, salió una bestia a toda velocidad, que hizo que Juan retrocediera.

-¿Qué ha sido esto?, ha salido a tanta velocidad, que no he podido verlo.

-Tranquilo, solo ha sido un gato; un gato de color negro.

-Pues empezamos bien; los gatos negros traen mala suerte.

-Juan, ¿No habíamos quedado en que las supersticiones eran una tontería?

-Si, es cierto, y yo no creo en esas cosas; pero, estamos a punto de entrar en un cementerio, y en este lugar, las supersticiones se hacen imperativas y se colocan a flor de piel.

Al acabar de decir la frase, un escalofrío atravesó el cuerpo de Juan de la cabeza a los pies.

-No me vengas ahora con historias. Si empezamos así, mejor nos vamos a casa. ¿Quieres que vaya a buscar a dos o tres amigos?, a Miguel y a Javier, seguro que les encantaría estar con nosotros.

-¡No!, y que no se hable más del asunto; ya me estás poniendo nervioso con tanto amigo; esto es cosa nuestra.

-Vale, vale, no te enfades.

Joaquín, se decidió a entrar, y con la linterna en la mano, pasó por el agujero, y se introdujo en el cementerio. Al instante, Juan hizo lo mismo.

Avanzaban poco a poco. De las paredes, salía una sustancia verdosa, y en el suelo se percibía el efecto de la constante humedad. Joaquín, se cercioraba a cada paso, que pisaba terreno firme. En un lugar apartado del agujero de entrada, que resultaba poco accesible, vieron alguna cosa que destacaba, como si fuera la punta de un hueso. No se percibía bien y Joaquín encendió su linterna.

-Podías haber cambiado las pilas, hombre – se quejó Juan.

-No me acordé de mirar como estaban; y eso que el sueño que tuve ayer, me avisó que las tenía gastadas.

-No seas tan infantil, chaval, los sueños no son reales, por lo tanto, no avisan de nada.

-Eso es lo que crees tú, el mío fue extremadamente real.

-Vale, dejemos el tema.

El chico, cogió la azada que llevaba colgada a la espalda y comenzó a escarbar la tierra. El terreno no era excesivamente duro y pudo hacer un agujero de una cierta profundidad alrededor del supuesto hueso. Con bastante dificultad y ayudado por su amigo, pudo desenterrarlo entero y, efectivamente, se trataba de un hueso; pero era muy diferente al que unos días antes, había encontrado Juan. Esta vez sí que parecía un hueso de animal.

Los dos muchachos, envolvieron el hueso en un papel de periódico, y siguieron su búsqueda, pero, no consiguieron encontrar nada más.

-¿Te has fijado que en este cementerio, no hay nichos?

-Es verdad, el día que vine solo, tampoco vi ninguno; quizás los destruyeron, aunque me parece que antiguamente enterraban a los muertos en el suelo.

-Por cierto, ¿Qué hora es? – preguntó Joaquín.

-No lo sé, hemos estado tan ocupados que no me he dado cuenta del paso del tiempo.

-Tendremos que salir a mirarlo en el reloj del campanario.

Juan, se acercó al agujero y sacó la cabeza a la calle; de inmediato, retrocedió guareciéndose tras la tapia. Sin haber hecho un esfuerzo físico que lo justificara, el corazón le latía con fuerza.

-Por poco me descubren. Hay gente aquí fuera. –Dijo con voz tenue.

-¿Quién hay?

-Chiiiiiisss!, habla más flojo, que te van a oír.

-¿Quién está fuera? –Preguntó Joaquín con voz más débil.

-No me ha dado tiempo a ver sus caras, me parece que se trata de un hombre y dos mujeres, pero no me atrevo a mirar de nuevo.

-Ya miraré yo, a ver si tengo más suerte.

El chaval sacó la punta de su nariz por el agujero, pero no pudo ver nada, y tuvo que acabar sacando toda la cabeza. Dio una ojeada rápida y la metió de nuevo dentro.

-Por Dios, es mi tía Maria; si me ve estoy perdido. Con lo chismosa que es, se lo va a contar a mis padres y me va a caer una bien gorda.

-Tendremos que esperar a que se vayan, no podemos salir delante de sus narices y arriesgarnos a que nos echen la bronca.

-¿Y si no se van?

-Tendrán que ir a comer; no creo que tarden.

Los dos amigos, tuvieron que esperar un buen rato en silencio. A veces, oían voces fuertes de personas que preguntaban algo, y luego, voces más débiles. Cuando llevaban un buen rato sin oír nada, salieron del cementerio, y al comprobar la hora que era, se quedaron petrificados,hacía ya tiempo que debían haber llegado a sus respectivas casas.

-Mi madre me estará buscando por todo el pueblo. La que se va a armar.

-Pues me parece que mi madre, no va a quedarse corta. Tenemos el castigo asegurado.

Los dos amigos se despidieron, sabiendo a ciencia cierta que no volverían a salir de casa hasta el lunes, para volver a la escuela. Quedaron en que Juan, comprobaría, a qué animal pertenecía el último hueso que habían encontrado. Se dirigieron a toda prisa hacia sus casas, porqué olfateaban la tormenta que les venía encima.

Cuando Joaquín llegó a su casa, su madre aún no estaba; como había supuesto, estaba buscándolo desesperadamente por el pueblo. Su padre, lo cogió, y sin hablar ni dejar que hablase, le pegó una zurra en el culo.

Al poco rato, apareció la mujer, y cuando vio que su hijo ya había vuelto, de buena gana le habría dado una bofetada, pero se contuvo y se puso a llorar, pensando en el mal rato que había pasado.

No es necesario mencionar, que Joaquín no pudo salir a la calle hasta el lunes, tal y como había previsto, y tuvo que pasarse el resto del fin de semana metido en casa, más solo que la una. El domingo, al acabar la tarde, cuando las cosas ya se habían calmado casi por completo, su padre le dijo:

-Joaquín, que sea la última vez que vienes tarde a casa, y cuando salgas, haz el favor de decir a tu madre donde vas a estar. –Hizo una pausa -Casi me olvidaba, prefiero que no te acerques más al viejo cementerio, no es un buen sitio para jugar.

Aquellas palabras sorprendieron al chaval.

-Pero si no he estado allí –mintió.

-Mentiras no, Joaquín, mentiras no; que las cosas no están como para que digas mentiras.

El muchacho, no se atrevió a replicar a su padre. ¿Cómo se habrá enterado?, ¿se lo habrá contado alguien? Claro, ¡ya está!, la tía Maria. Seguro que la tía Maria los había visto, y le faltó tiempo para contárselo a su padre. Que mala suerte, caramba, tenían que dar con la mujer más cotilla del pueblo.

-Papá, ¿quién te ha dicho que estuve en el cementerio?.

-No te importa, esto es cosa mía.

-No hace falta que me lo digas, ya lo adivino; ha sido la tía Maria que nos vio.

-Pero ¿qué dices?, ni la tía Maria, ni puñetas.

Se notaba que el padre de Joaquín, aún estaba enfadado, pero, si fuera cierto que la tía Maria se lo había dicho, no le habría dado aquella respuesta; y si no había sido ella, ¿quién había sido? Se produjo un breve silencio, y después, el padre de Joaquín, continuó.

-Antes de que fueras al cementerio, tu madre y yo, ya sabíamos que irías; además, sabíamos que irías este sábado.

-Si sabíais donde estaba, ¿por qué mamá me ha buscado por todo el pueblo?

-Porqué cuando pasó por delante del cementerio, encontró a dos mujeres, que le dijeron que hacía un buen rato que estaban allí, y que no habían visto a nadie, y pensó que ya os habríais marchado a otro lugar.

Joaquín tenía ahora las cosas más claras, todo empezaba a encajar, una de aquellas voces más fuertes que oyó, mientras aguardaban cerca del agujero, era la de su madre, ¿cómo no se había dado cuenta de ello?, se habría ahorrado el disgusto del fin de semana.

Todo encajaba, pero aún había algo que preocupaba al chaval. ¿Cómo había llegado a oídos de sus padres, lo del cementerio? ¿Cómo se habían enterado de sus intenciones? ¿Si lo sabían, por qué no lo habían impedido?

-¿De verdad sabíais que había ido al cementerio abandonado?

-Estábamos prácticamente seguros de ello. Cuando me preguntaste si sabía algo del cementerio, en ningún momento te interesaste por saber dónde estaba, por lo que supuse que ya lo sabías, incluso pensé que ya habías estado allí.

-Qué patinazo, como no se me ocurrió –Pensó el muchacho.

Joaquín no dijo nada más y cuando acabó de cenar, se fue a dormir, así descansaría y estaría en forma para empezar la semana con buen pié. El sueño, le aliviaría la tristeza que aún sentía en su interior.

El lunes, cuando salió el sol, Joaquín abrió los ojos de una manera automática, sin prisas. Miró el reloj de la mesita y aún no eran las ocho de la mañana. Se levantó, se lavó, y después de vestirse, bajó a desayunar. Ni el ni su madre, hablaron en ningún momento, de lo que había pasado. El chico quería olvidarlo, y posiblemente, su madre también.

Aunque seguía haciendo frío, Joaquín salió a la calle temprano. Tenía ganas de hablar con Juan. La casualidad quiso que a Juan le pasara lo mismo, y dos calles antes de llegar a la escuela, coincidieron los dos.

-Buenos días, Juan. ¿Has podido comprobar de qué animal era el hueso?

-Sí, parece uno de los huesos de la pata delantera de un perro.

-Esto confirma lo que ya sospechábamos.

-Cierto. Era evidente.

Se hizo un silencio corto, pero intenso. Al poco rato, Joaquín lo rompió.

-No nos ha llevado a ningún sitio la investigación en el cementerio, ¿verdad?

-No, no pudimos encontrar nada que valiera la pena; pero nos lo pasamos bien pensando en los fantasmas del pasado.

Llegaron a la escuela diez minutos antes, y aún no había ningún chico esperando. Minutos más tarde, llegaron los demás, todos casi al mismo tiempo y el maestro los hizo entrar.

Al mediodía, mientras comían, el padre de Joaquín quiso dejarle clara una cosa.

-Joaquín, quiero que tengas muy claro, que el castigo del fin de semana, fue provocado porqué viniste tarde a la hora de comer, no porqué fueras al cementerio; aunque debo decirte que no me gusta que juegues en estos sitios, a los muertos, es mejor dejarlos tranquilos y en paz; no me gustaría que confundieras el motivo de tu castigo.

-Lo tendré en cuenta papá; pero, los muertos no me dan miedo.

-No se trata de que te den miedo, ya te dije, que los cementerios, pueden traer infecciones y es mejor, no acercarse demasiado, y mucho menos parajugar.

Aquella tarde, en clase, el maestro había preparado unos materiales, para estudiar el esqueleto humano. Tenía cerca de su mesa, un esqueleto de unas dimensiones considerables, y había colocado delante suyo diversos huesos. El libro de Ciencias de la Naturaleza, estaba abierto por la página que iniciaba la explicación.

-Hoy, dedicaremos la tarde, a estudiar la lección referente a los huesos que forman el cuerpo humano, los clasificaremos, veremos el lugar que ocupan, y podremos tocar algunos, para hacernos una idea más completa de cómo son y de la importancia que tienen para nosotros. Esta lección quería explicarla hace unos días, pero pasó una cosa muy extraña: Cuando recopilé todo el material para la explicación, encontré a faltar un hueso que había comprado a finales del curso pasado para este fin y que estaba seguro de haberlo puesto con los demás; se trata de una réplica exacta de un fémur humano, hecho a medida natural, que me hubiera gustado enseñaros. Lo he buscado durante toda la semana, pero no he podido encontrarlo; supongo que cuando ya no lo necesite, aparecerá.

Juan y Joaquín, cruzaron sus miradas, pero no abrieron la boca.

-No me imagino a Juan como ladrón de huesos -pensó el chaval.

En realidad, Joaquín no creía de ninguna manera que Juan hubiese quitado el hueso de la escuela, simplemente para hacerle creer que lo había encontrado en el cementerio. Pensaba que realmente, lo había encontrado donde le dijo. Pero, si era así, ¿cómo era posible que el hueso hubiera aparecido en el viejo cementerio? ¿Qué había detrás de aquel misterio? Después de darle vueltas al asunto durante toda la tarde, el chaval decidió preguntárselo a su amigo, para estar totalmente seguro. Al salir de clase, se puso a caminar al lado de Juan.

-¿Le quitaste el hueso al maestro?

-No Joaquín, te juro por lo que más quieras que el hueso lo encontré en el cementerio.

El muchacho ya tuvo bastante; sabía que su amigo le decía la verdad y no necesitaba más pruebas de ello. Se separó de Juan y se fue a casa.

-Hay cosas en esta vida, que por más vueltas que se les dé, jamás llegan a entenderse del todo –se dijo a sí mismo.