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Aquella
mañana hacía frío. Pol había salido
de la oficina como casi todos los días, para patearse toda
la ciudad. Era el chico de los recados de la empresa. Tenía
tantas cosas que hacer, que no podía perder el tiempo ni
siquiera con pensamientos absurdos que podían distraerle
de su trabajo, para llevarle a través de su mente, lejos
de la realidad del momento; pero… bien mirado… ¿quién
le prohibía soñar?
-Envidia, mucha
envidia es lo que tengo metido en mi cuerpo esta mañana.
Cada día
lo mismo: pasarse por el banco a ingresar unos cheques, pasar a
buscar unos papeles por casa de algún cliente despistado,
pero solvente, ir a buscar la correspondencia que los funcionarios
de turno iban echando en el apartado de correos, subir al despacho
del abogado de la compañía para darle la nota de la
reunión de esta tarde y un sinfín de cosas por el
estilo, las cuales le garantizaban que llegaría de nuevo
a su oficina poco antes de acabar su jornada laboral, con los pies
destrozados.
Pero Pol era
joven y sabía que si combinaba adecuadamente sus encargos
y se apresuraba en sus vueltas y más vueltas por la ciudad,
a media mañana podía pasar por delante del gran café
Continental, un local de lujo venido a menos, y permitirse entrar
para pedir un café o un cortado que bebería sentado
en la barra del bar en el tiempo récord de seis o siete minutos,
toda una hazaña teniendo en cuenta que a veces, incluso se
quemaba la lengua por no poder esperar a que la bebida en cuestión,
se enfriara.
-Por favor Gonzalo,
esto está que arde. Le había dicho que no lo sirviera
muy caliente. Tengo prisa.
-Las máquinas,
amigo mío, no entienden de prisas.
-Y por lo que
parece, usted tampoco.
El gran café
Continental, estaba decorado un tanto a lo antiguo: mesas redondas
con patas de hierro, sillas a juego, taburetes en la barra y en
la pared frontal, un viejo reloj que siempre marcaba la hora exacta.
A veces, Pol, se quedaba embobado unos instantes, mirando aquellos
viejos carteles en los cuales, una humeante taza de café,
decía más que mil palabras.
Aquella mañana,
mientras engullía su café cortado sin apenas notar
el sabor, Pol, dirigía su mirada hacia una de las mesas cercanas.
Allí se sentaba una señora aún de muy buen
ver, junto a una joven casi tan guapa como ella. Pol sabía
que eran madre e hija, no porqué las conociera, sino porqué
tenía un sexto sentido para adivinar ese tipo de cosas.

Las dos mujeres,
acababan de tomar su desayuno a base de pequeñas pastas selectas,
con suma lentitud, mientras charlaban animadamente y ahora, se disponían
entre palabra y palabra, a saborear durante largo rato su café
con leche, sorbo a sorbo, como solo las mujeres saben hacerlo, con
un auténtico toque de distinción.
El muchacho
se preguntaba si este ritual se repetía cada día en
la vida de las dos mujeres, o si por el contrario era poco habitual
en ellas, pero en realidad, poco le importaba la respuesta.
-Se me hace
tarde. ¿Cuánto le debo?... No sé porqué
lo pregunto, será lo de siempre ¿no?
-Las cosas suben,
amigo Pol, pero no se preocupe, aún no estamos a principio
de año.
-En pocas palabras
ya me anuncia usted que en Enero subirán los precios.
-Como cada año,
no faltaba más.
El muchacho
siguió su camino. Hoy la imagen de las dos mujeres tomando
café, le había transportado hasta lo más hondo
de sus pensamientos y ahora se daba cuenta de que se había
entretenido demasiado. Le tocaría correr todo lo que le quedaba
de la mañana.
En realidad,
aunque cuando salía a la calle, aparentemente gozaba de mayor
libertad, cuando le tocaba quedarse a manejar papeles dentro del
recinto de su empresa, lo agradecía de veras, entre otras
cosas, porqué no llegaba al mediodía con los pies
hechos polvo y también porqué hasta el asqueroso sabor
del café de máquina, le sabía a gloria.
******
Habían
pasado unos meses y aunque había empezado la primavera, o
quizás precisamente por ese motivo, aquella mañana
llovía. Pol tenía pocos encargos que realizar y aunque
había salido más tarde que otros días, tenía
tiempo suficiente para hacerlos. Había escondido su cartera
de tela debajo del impermeable para que no se mojaran los papeles
y caminaba a paso lento por la acera de la calle Principal. Las
gotas de lluvia se posaban suavemente en los cristales de los escaparates
y a veces, un débil rayo de sol se reflejaba en ellas y el
día parecía por un momento, menos gris.
El chico pasó
por delante del gran café Continental. Se acercó al
cristal mojado de la puerta y pegó su nariz en él
para mirar hacia el interior. Hoy ya había tomado su café
en la oficina y no iba a entrar. Se divisaban unas cuantas mesas
ocupadas. En una de ellas, un hombre más bien maduro, hojeaba
con cierta prisa el periódico de la mañana mientras
tomaba su carajillo y miraba el viejo reloj de la pared. En otra
mesa, había tres chicos jóvenes vestidos con prendas
de trabajo, que estaban a punto de agotar su pequeño espacio
de descanso para el desayuno. Un poco más a la izquierda,
una señora de mediana edad, leía una novela, acompañada
de un gran tazón de chocolate y unas pastas. Y casi al final
de la sala, en una mesa lejana, se divisaba la silueta de una señorita
que leía una revista, quizás del corazón, mientras
de vez en cuando, con su mano derecha, iba levantando su taza de
café con leche. Todo un espectáculo para aquella lluviosa
mañana de Abril.
-¡Quién
pudiera!
¿Qué
era en realidad lo que Pol echaba tanto de menos?, ¿leer
el periódico o quizás una novela?, ¿tal vez
hojear una revista del corazón?, ¿desayunar tranquilamente
en el Continental y tomarse un café sorbo a sorbo, disfrutando
de su aroma? Más bien lo que el chico necesitaba, era la
paz interior que todo eso junto representaba.
-Cuando me den
las vacaciones, entraré cada mañana en el Continental,
me sentaré en una mesa y me tomaré mi café
sin prisas, sorbo a sorbo, como debe hacerse para disfrutar plenamente
del momento.
La puerta del
gran café ejerció una mayor presión sobre su
cara. Casi se asustó. Los tres chicos vestidos con ropa de
trabajo, se disponían a salir y él lo impedía.
Aún seguía con la nariz pegada al cristal, pero ya
no miraba hacia el interior. Había estado soñando
con los ojos abiertos.
-Perdonen, lo
siento. No me he dado cuenta.
El chico siguió
su camino calle abajo. La lluvia había cesado, aunque el
cielo seguía ligeramente nublado. De tanto en tanto, los
reflejos del sol, llegaban a sus pupilas como débiles rayos
luminosos. Quizás aquella misma tarde ya no quedaría
ni rastro de las nubes que aún se divisaban en el cielo.
Pol entró
en uno de los amplios portales, comprobó un nombre en uno
de los buzones y se dispuso a subir andando los cuatro pisos que
le separaban de su objetivo.
******

-Buenos días
señor Pol. ¿Usted por aquí tan temprano?
-Pues ya ve
señor Gonzalo, a disfrutar de un ratito de paz.
-¿Qué
va a tomar?
-Tráigame
unas pastitas y un café solo, por favor.
Mientras el
chico esperaba a que el camarero le sirviera, ojeó la portada
de la novela que había elegido, pero no quería empezar
la lectura hasta que tuviera su desayuno en la mesa, para evitar
interrupciones innecesarias.
-Vaya, va a
aprovechar usted el tiempo; ¿de qué novela se trata?
-De La Reina
del Sur.
-¿Es
histórica?... ¿De qué país es la Reina?
-Que poco sabe
ese hombre de novelas, si lo sacas de su bar, se pierde –Pensó
Pol. –Trata de una chica mexicana relacionada con el narcotráfico.
La escribió don Arturo.
-Vaya novelón.
-Ni que lo diga.
Cuando Gonzalo,
el camarero, se alejó pensando en quien carajo sería
don Arturo, el muchacho comió un poco y después, acercando
la taza de café, tiró en ella una pequeña cantidad
de azúcar, meneando suavemente con la cuchara.

-Me gusta el
café más bien amargo; si sabe demasiado dulzón,
pierde el intenso sabor que lo hace único.
Una vez todo
estuvo preparado y a su gusto, Pol abrió la novela y empezó
a leer.
“Sonó
el teléfono y supo que la iban a matar. Lo supo con tanta
certeza que se quedó inmóvil, la cuchilla en alto,
el cabello pegado a la cara entre el vapor del agua caliente que
goteaba…”
El muchacho
iba avanzando en su lectura. De vez en cuando, levantaba la cabeza
y daba un rápido vistazo por toda la sala. Le gustaba observar
el movimiento de la gente. Luego volvía a zambullirse en
la novela. La vida en el gran café Continental, seguía
su curso. Las personas entraban y salían: hombres jóvenes,
otros ya maduros, chicas y señoras de buen ver. Todos posaban
a su manera para una de aquellas exquisitas postales para el recuerdo.
A Pol le pasó
la mañana en un abrir y cerrar de hojas. Le pasó también
la siguiente, y la siguiente, y… la siguiente también.
Los días pasaban y aquellas ansiadas vacaciones llegaban
a su fin.
-¿Le
dará tiempo a acabar la novela?, ya solo le quedan dos días.
-Claro que sí,
lo tengo todo bajo control. Doce días a cuarenta y cinco
páginas de promedio por día... Vamos… traiga
el cafetito señor Gonzalo, que me pongo manos a la obra.
-Marchado. ¡Un
café solo para el señor!
“Ni
la mires, había dicho el Güero Dávila. La agenda
ni la abras, prietita. Llévasela a don Epifanio Vargas y
cámbiasela por tu vida. Pero aquella tarde, en Culiacán,
Teresa no pudo resistir la tentación…”
Aquella mañana,
el Continental estaba más lleno que de costumbre. Quizás
hacían ya su aparición los primeros turistas de la
temporada. El verano habría sus puertas. Pol, estaba absorto
en su lectura, cuando de pronto le llamó la atención
un ruido metálico que había sonado demasiado cerca.
El chico desvió su vista del libro y se dio cuenta de que
no estaba solo.
-Buenos días.
Una chica joven,
con el cabello corto y un poco despeinado, se había sentado
en la mesa de Pol. Su cara no irradiaba una gran belleza pero era
bonita. Parecía algo inquieta; quizás estaba asustada.
Aún así, sus facciones resultaban agradables.
-No puedo creerlo
–Pensó - ¿Qué desea señorita?
-Que fino…
Se… ño… ri… ta…
-Verá…
Es que estoy leyendo.
-Ya me di cuenta.
Pol no quería
parecer insensible, pero no le gustaba que cualquier persona extraña
se sentara a su lado así por las buenas, quizás con
el simple propósito de contarle su vida.
-Si está
usted en mi mesa me distraigo y pierdo el hilo de la novela. ¿Seria
tan amable de buscar otra mesa?, allá en el fondo aún
queda alguna vacía.
La chica miraba
con cierta frecuencia hacia la puerta de entrada.
-Tengo un problema,
¿sabes?
-¿Cómo
dice?
La chica acercó
su silla a la de Pol, arrimó su cara a la del muchacho y
le cogió suavemente una mano.
-Me están
siguiendo –Le susurró al oído.
El chico quedó
paralizado. No sabía qué decir, ni siquiera sabía
qué hacer.
-Pero esto es
absurdo, ¿Está usted segura?
Al muchacho
se le fue instintivamente la mirada hacia la puerta del local. A
través de los cristales se podía ver una pequeña
porción de calle.
-Están
ahí, cerca, aguardando a que vuelva a salir... Necesito tu
ayuda.
-Veamos…
¿Quien está en la calle?
-Esos hombres.
Me han estado siguiendo toda la mañana. Son dos. Llevan una
chaqueta gris. Siempre son los mismos y siempre llevan una chaqueta
gris.
En la voz de
la muchacha se notaba un exagerado nerviosismo que daba cierta credibilidad
a sus palabras.
-Quizás
sea una confusión. No se mueva por favor, voy a ver.
Pol dejó
la novela encima de la mesa, se levantó y se dirigió
hacia la puerta. Miró por detrás de los cristales
hacia diferentes ángulos de la calle. Barrió con la
mirada todo el espacio que le era posible abarcar. Después,
abrió la puerta, salió y realizó la misma operación
desde la calle.

-Fuera no hay
nadie sospechoso; seguro que se han ido.
-Volverán.
Quizás se hayan escondido.
-Tranquilícese,
le aseguro que la calle está libre… ¿Quiere
tomar algo y así dejamos que corra el tiempo y me lo cuenta
todo con calma?
-No llevo dinero...
pero si me…
-La invito.
-De acuerdo,
tengo hambre.
Pol llamó
al camarero para pedirle unas pastas y un café con leche.
Cuando Gonzalo se personó en la mesa, los rasgos de su cara
se intensificaron y se tornaron más austeros.
-Mejor un bocadillo...
Si no te importa.
-Claro... Ya
lo ha oído Gonzalo... Vamos, no se quede ahí hombre
de Dios.
Pol quedó
por breves instantes sumergido en sus propios pensamientos.
-Tendrá
cara la chica –Pensó.
El camarero
se alejó con cierta preocupación y la muchacha, con
la voz entrecortada pero con la rapidez de un rayo, relató
a Pol una historia de persecuciones continuas que en realidad resultó
para el chico, poco convincente. A veces, quizás por el nerviosismo,
o tal vez porqué hablaba con demasiada rapidez, se le mezclaban
las palabras y apenas se entendía lo que pretendía
comunicar.
Cuando apareció
de nuevo el camarero con el bocadillo y la bebida, la chica casi
había terminado. Gonzalo quiso decir algo.
-Ahora no, por
favor.
Pol estaba pendiente
de la joven y no quería interrumpirla hasta que acabara de
hablar. El muchacho intentaba atar cabos, pero había demasiadas
cosas que se le escapaban. Aquella muchacha despeinada acabó
de hablar y se puso a comer como si de verdad pasara hambre. Poco
tiempo después, parecía estar más tranquila.
Cuando acabó
de tragarse el bocadillo, cogió su taza de café con
leche, le tiró dentro los dos sobres de azúcar que
suelen colocar en el pequeño plato y, fijándose que
el sobre abierto de Pol no estaba vacío, lo cogió
también y lo echó dentro. Meneó con fuerza
y en dos rápidos sorbos, tuvo el líquido en su interior.
Nada que ver con la forma de tomar café que tenían
ciertas señoras y que tanto gustaba al muchacho.

-Vaya una manera
de desperdiciar el sabor; quizás sería mejor que pidiera
una taza de azúcar con un poco de café con leche –Pensó
el chico, aunque no dijo nada sobre el tema.
Hubo unos instantes
de silencio sepulcral entre los dos, que a pesar del murmullo de
fondo que provocaba la vida cotidiana en el gran café Continental,
a Pol se le hacía eterno. No soportaba el silencio cuando
no estaba solo.
-Si quiere,
la acompaño a su casa y así comprobamos que no la
sigue nadie.
A la chica,
le cambió la cara de golpe.
-Claro, la excusa
perfecta; me llevas a casa y luego… Todos sois iguales.
-Señorita,
cálmese… No era mi intención.
Pol levantó
el brazo para indicar a Gonzalo que se acercara y así saldar
su cuenta para irse, cuando vio que éste ya se dirigía
hacia su mesa. La chica giró su cabeza, miró en dirección
a la puerta de entrada y se meneó inquieta en su silla. De
nuevo apareció en ella aquel nerviosismo que la invadía
al principio.
-Ahí
están… los dos hombres con la chaqueta gris. No se
habían ido. Me lo temía. Me siguen a todas partes.
Ayúdame. Por favor, ayúdame.
Gonzalo se colocó
detrás de Pol, le puso su mano derecha en el hombro con un
gesto cariñoso, como un buen amigo de toda la vida y se limitó
a observar como aquellos dos hombres se acercaban a la mesa. Esta
vez, la escena que constituía la postal para el recuerdo,
estaba llena de connotaciones más bien tristes.
******
Pol, después
de haber reposado la comida del mediodía, subía andando
por el sendero. A lo lejos se divisaba el edificio. Era un edificio
antiguo del cual ya habían restaurado una de las zonas, aunque
quedaba trabajo por hacer. Se alzaba en la cima de la pequeña
colina que había en la parte alta de la ciudad. Podía
haber llegado en coche hasta la misma puerta de entrada, pero el
muchacho decidió ir andando porque el sendero era hermoso
y de paso movía un poco las piernas. Hacía muchos
años que no subía hasta allí y no recordaba
que el recorrido fuese tan largo, ni siquiera recordaba que la cuesta
fuera tan empinada.
El chico, llevaba
bajo el brazo, un pequeño paquete envuelto en papel, y aunque
hacía calor, había cogido una fina chaqueta de hilo,
por si más tarde refrescaba.

Llegó
delante del ala principal del edificio y dirigiéndose a la
puerta de entrada, la abrió.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
¿Podría ver a la señorita Encarna Moreno?
-Usted es el
señor que…
-Si, el mismo.
La recepcionista
desapareció por una de las puertas interiores para avisar
a la chica. Pol caminaba de un lado a otro del vestíbulo
y hojeaba aquellas paredes desnudas, blancas como el marfil, pero
gastadas por el paso del tiempo.
-Si las pintaran
un poco y colocaran en ellas algún cuadro con tonalidades
más bien alegres, el recinto sería más acogedor
–Pensó.
Poco después
apareció la chica, acompañada por la mujer que estaba
en recepción y ésta los condujo a una pequeña
estancia en la que apenas había elementos decorativos. En
el centro se encontraba una mesa rodeada de unos cuantos sillones
más o menos cómodos.
-Pónganse
en esta sala, estarán mejor.
-De acuerdo,
gracias.
Cuando la recepcionista
se retiró, Pol pudo dirigir toda su atención a Encarna.
Aunque la chica estaba seria, de sus labios salía una tímida
sonrisa, apenas perceptible.
-¿Cómo
está usted?
-Bien.
-La veo estupendamente…
Mire…
El chico cogió
el paquete que llevaba envuelto bajo el brazo y lo ofreció
a la muchacha. Ella, lo miró detenidamente y lo acarició
durante un buen rato sin decir nada.
-¿No
lo abre?, es un bocadillo. Lo he traído para usted.
-No tengo hambre.
-¿Querrá
que suba a verla de vez en cuando?
-Bueno…
Si… Quizás.
Encarna iba
contestando de manera muy escueta, pausadamente, como si le costara
hablar. De aquella chica asustada y nerviosa que conoció,
no quedaba apenas nada. La habían sedado demasiado y daba
pena verla así.
Cuando los dos
celadores se la llevaron del gran café Continental la mañana
del día anterior, Gonzalo se lo explicó todo a Pol.
Encarna era
una chica que sufría desde hacía muchos años,
un tipo de enfermedad mental que ha veces le provocaba alucinaciones
con ciertos ataques de ansiedad. Algunas veces, no demasiadas, podía
resultar violenta. Estaba recluida en el sanatorio de la ciudad
y de vez en cuando, en medio de alguno de sus paseos por el jardín,
cogía el sendero y bajaba a la ciudad. Nadie se daba cuenta
de ello. Dos veces al año solía aparecer por el gran
café y el camarero se encargaba de llamar al hospital para
que la recogieran.
-Una triste
historia.
El sol se escondía
tras las montañas, quedaban ya pocas horas de luz. Pol recorría
el sendero en dirección a la ciudad. Su estado de ánimo
no le permitía ver los árboles ni disfrutar del hermoso
follaje de alrededor. Ahora, solo distinguía claramente el
polvo del camino.
Antes de dirigirse
a su casa, pasó por el gran café Continental. Entró.
Se acercó a la barra y se sentó en uno de los taburetes.
Era ya tarde, pero aún hacía calor.
-Póngame
un granizado de café, Gonzalo.
-Marchando.
¡Un granizado de café para el señor!

Dibujos de Gonzalo Riega
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