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Café amargo
A Gonzalo, que vino del Perú
y nos trajo su amistad.
La mujer es como una taza
de café, la primera vez que
se toma, no deja dormir.
 
Alejandro Dumas.

 

 

 

Aquella mañana hacía frío. Pol había salido de la oficina como casi todos los días, para patearse toda la ciudad. Era el chico de los recados de la empresa. Tenía tantas cosas que hacer, que no podía perder el tiempo ni siquiera con pensamientos absurdos que podían distraerle de su trabajo, para llevarle a través de su mente, lejos de la realidad del momento; pero… bien mirado… ¿quién le prohibía soñar?

-Envidia, mucha envidia es lo que tengo metido en mi cuerpo esta mañana.

Cada día lo mismo: pasarse por el banco a ingresar unos cheques, pasar a buscar unos papeles por casa de algún cliente despistado, pero solvente, ir a buscar la correspondencia que los funcionarios de turno iban echando en el apartado de correos, subir al despacho del abogado de la compañía para darle la nota de la reunión de esta tarde y un sinfín de cosas por el estilo, las cuales le garantizaban que llegaría de nuevo a su oficina poco antes de acabar su jornada laboral, con los pies destrozados.

Pero Pol era joven y sabía que si combinaba adecuadamente sus encargos y se apresuraba en sus vueltas y más vueltas por la ciudad, a media mañana podía pasar por delante del gran café Continental, un local de lujo venido a menos, y permitirse entrar para pedir un café o un cortado que bebería sentado en la barra del bar en el tiempo récord de seis o siete minutos, toda una hazaña teniendo en cuenta que a veces, incluso se quemaba la lengua por no poder esperar a que la bebida en cuestión, se enfriara.

-Por favor Gonzalo, esto está que arde. Le había dicho que no lo sirviera muy caliente. Tengo prisa.

-Las máquinas, amigo mío, no entienden de prisas.

-Y por lo que parece, usted tampoco.

El gran café Continental, estaba decorado un tanto a lo antiguo: mesas redondas con patas de hierro, sillas a juego, taburetes en la barra y en la pared frontal, un viejo reloj que siempre marcaba la hora exacta. A veces, Pol, se quedaba embobado unos instantes, mirando aquellos viejos carteles en los cuales, una humeante taza de café, decía más que mil palabras.

Aquella mañana, mientras engullía su café cortado sin apenas notar el sabor, Pol, dirigía su mirada hacia una de las mesas cercanas. Allí se sentaba una señora aún de muy buen ver, junto a una joven casi tan guapa como ella. Pol sabía que eran madre e hija, no porqué las conociera, sino porqué tenía un sexto sentido para adivinar ese tipo de cosas.

Las dos mujeres, acababan de tomar su desayuno a base de pequeñas pastas selectas, con suma lentitud, mientras charlaban animadamente y ahora, se disponían entre palabra y palabra, a saborear durante largo rato su café con leche, sorbo a sorbo, como solo las mujeres saben hacerlo, con un auténtico toque de distinción.

El muchacho se preguntaba si este ritual se repetía cada día en la vida de las dos mujeres, o si por el contrario era poco habitual en ellas, pero en realidad, poco le importaba la respuesta.

-Se me hace tarde. ¿Cuánto le debo?... No sé porqué lo pregunto, será lo de siempre ¿no?

-Las cosas suben, amigo Pol, pero no se preocupe, aún no estamos a principio de año.

-En pocas palabras ya me anuncia usted que en Enero subirán los precios.

-Como cada año, no faltaba más.

El muchacho siguió su camino. Hoy la imagen de las dos mujeres tomando café, le había transportado hasta lo más hondo de sus pensamientos y ahora se daba cuenta de que se había entretenido demasiado. Le tocaría correr todo lo que le quedaba de la mañana.

En realidad, aunque cuando salía a la calle, aparentemente gozaba de mayor libertad, cuando le tocaba quedarse a manejar papeles dentro del recinto de su empresa, lo agradecía de veras, entre otras cosas, porqué no llegaba al mediodía con los pies hechos polvo y también porqué hasta el asqueroso sabor del café de máquina, le sabía a gloria.

 

******

 

Habían pasado unos meses y aunque había empezado la primavera, o quizás precisamente por ese motivo, aquella mañana llovía. Pol tenía pocos encargos que realizar y aunque había salido más tarde que otros días, tenía tiempo suficiente para hacerlos. Había escondido su cartera de tela debajo del impermeable para que no se mojaran los papeles y caminaba a paso lento por la acera de la calle Principal. Las gotas de lluvia se posaban suavemente en los cristales de los escaparates y a veces, un débil rayo de sol se reflejaba en ellas y el día parecía por un momento, menos gris.

El chico pasó por delante del gran café Continental. Se acercó al cristal mojado de la puerta y pegó su nariz en él para mirar hacia el interior. Hoy ya había tomado su café en la oficina y no iba a entrar. Se divisaban unas cuantas mesas ocupadas. En una de ellas, un hombre más bien maduro, hojeaba con cierta prisa el periódico de la mañana mientras tomaba su carajillo y miraba el viejo reloj de la pared. En otra mesa, había tres chicos jóvenes vestidos con prendas de trabajo, que estaban a punto de agotar su pequeño espacio de descanso para el desayuno. Un poco más a la izquierda, una señora de mediana edad, leía una novela, acompañada de un gran tazón de chocolate y unas pastas. Y casi al final de la sala, en una mesa lejana, se divisaba la silueta de una señorita que leía una revista, quizás del corazón, mientras de vez en cuando, con su mano derecha, iba levantando su taza de café con leche. Todo un espectáculo para aquella lluviosa mañana de Abril.

-¡Quién pudiera!

¿Qué era en realidad lo que Pol echaba tanto de menos?, ¿leer el periódico o quizás una novela?, ¿tal vez hojear una revista del corazón?, ¿desayunar tranquilamente en el Continental y tomarse un café sorbo a sorbo, disfrutando de su aroma? Más bien lo que el chico necesitaba, era la paz interior que todo eso junto representaba.

-Cuando me den las vacaciones, entraré cada mañana en el Continental, me sentaré en una mesa y me tomaré mi café sin prisas, sorbo a sorbo, como debe hacerse para disfrutar plenamente del momento.

La puerta del gran café ejerció una mayor presión sobre su cara. Casi se asustó. Los tres chicos vestidos con ropa de trabajo, se disponían a salir y él lo impedía. Aún seguía con la nariz pegada al cristal, pero ya no miraba hacia el interior. Había estado soñando con los ojos abiertos.

-Perdonen, lo siento. No me he dado cuenta.

El chico siguió su camino calle abajo. La lluvia había cesado, aunque el cielo seguía ligeramente nublado. De tanto en tanto, los reflejos del sol, llegaban a sus pupilas como débiles rayos luminosos. Quizás aquella misma tarde ya no quedaría ni rastro de las nubes que aún se divisaban en el cielo.

Pol entró en uno de los amplios portales, comprobó un nombre en uno de los buzones y se dispuso a subir andando los cuatro pisos que le separaban de su objetivo.

 

******

-Buenos días señor Pol. ¿Usted por aquí tan temprano?

-Pues ya ve señor Gonzalo, a disfrutar de un ratito de paz.

-¿Qué va a tomar?

-Tráigame unas pastitas y un café solo, por favor.

Mientras el chico esperaba a que el camarero le sirviera, ojeó la portada de la novela que había elegido, pero no quería empezar la lectura hasta que tuviera su desayuno en la mesa, para evitar interrupciones innecesarias.

-Vaya, va a aprovechar usted el tiempo; ¿de qué novela se trata?

-De La Reina del Sur.

-¿Es histórica?... ¿De qué país es la Reina?

-Que poco sabe ese hombre de novelas, si lo sacas de su bar, se pierde –Pensó Pol. –Trata de una chica mexicana relacionada con el narcotráfico. La escribió don Arturo.

-Vaya novelón.

-Ni que lo diga.

Cuando Gonzalo, el camarero, se alejó pensando en quien carajo sería don Arturo, el muchacho comió un poco y después, acercando la taza de café, tiró en ella una pequeña cantidad de azúcar, meneando suavemente con la cuchara.

-Me gusta el café más bien amargo; si sabe demasiado dulzón, pierde el intenso sabor que lo hace único.

Una vez todo estuvo preparado y a su gusto, Pol abrió la novela y empezó a leer.

“Sonó el teléfono y supo que la iban a matar. Lo supo con tanta certeza que se quedó inmóvil, la cuchilla en alto, el cabello pegado a la cara entre el vapor del agua caliente que goteaba…”

El muchacho iba avanzando en su lectura. De vez en cuando, levantaba la cabeza y daba un rápido vistazo por toda la sala. Le gustaba observar el movimiento de la gente. Luego volvía a zambullirse en la novela. La vida en el gran café Continental, seguía su curso. Las personas entraban y salían: hombres jóvenes, otros ya maduros, chicas y señoras de buen ver. Todos posaban a su manera para una de aquellas exquisitas postales para el recuerdo.

A Pol le pasó la mañana en un abrir y cerrar de hojas. Le pasó también la siguiente, y la siguiente, y… la siguiente también. Los días pasaban y aquellas ansiadas vacaciones llegaban a su fin.

-¿Le dará tiempo a acabar la novela?, ya solo le quedan dos días.

-Claro que sí, lo tengo todo bajo control. Doce días a cuarenta y cinco páginas de promedio por día... Vamos… traiga el cafetito señor Gonzalo, que me pongo manos a la obra.

-Marchado. ¡Un café solo para el señor!

“Ni la mires, había dicho el Güero Dávila. La agenda ni la abras, prietita. Llévasela a don Epifanio Vargas y cámbiasela por tu vida. Pero aquella tarde, en Culiacán, Teresa no pudo resistir la tentación…”

Aquella mañana, el Continental estaba más lleno que de costumbre. Quizás hacían ya su aparición los primeros turistas de la temporada. El verano habría sus puertas. Pol, estaba absorto en su lectura, cuando de pronto le llamó la atención un ruido metálico que había sonado demasiado cerca. El chico desvió su vista del libro y se dio cuenta de que no estaba solo.

-Buenos días.

Una chica joven, con el cabello corto y un poco despeinado, se había sentado en la mesa de Pol. Su cara no irradiaba una gran belleza pero era bonita. Parecía algo inquieta; quizás estaba asustada. Aún así, sus facciones resultaban agradables.

-No puedo creerlo –Pensó - ¿Qué desea señorita?

-Que fino… Se… ño… ri… ta…

-Verá… Es que estoy leyendo.

-Ya me di cuenta.

Pol no quería parecer insensible, pero no le gustaba que cualquier persona extraña se sentara a su lado así por las buenas, quizás con el simple propósito de contarle su vida.

-Si está usted en mi mesa me distraigo y pierdo el hilo de la novela. ¿Seria tan amable de buscar otra mesa?, allá en el fondo aún queda alguna vacía.

La chica miraba con cierta frecuencia hacia la puerta de entrada.

-Tengo un problema, ¿sabes?

-¿Cómo dice?

La chica acercó su silla a la de Pol, arrimó su cara a la del muchacho y le cogió suavemente una mano.

-Me están siguiendo –Le susurró al oído.

El chico quedó paralizado. No sabía qué decir, ni siquiera sabía qué hacer.

-Pero esto es absurdo, ¿Está usted segura?

Al muchacho se le fue instintivamente la mirada hacia la puerta del local. A través de los cristales se podía ver una pequeña porción de calle.

-Están ahí, cerca, aguardando a que vuelva a salir... Necesito tu ayuda.

-Veamos… ¿Quien está en la calle?

-Esos hombres. Me han estado siguiendo toda la mañana. Son dos. Llevan una chaqueta gris. Siempre son los mismos y siempre llevan una chaqueta gris.

En la voz de la muchacha se notaba un exagerado nerviosismo que daba cierta credibilidad a sus palabras.

-Quizás sea una confusión. No se mueva por favor, voy a ver.

Pol dejó la novela encima de la mesa, se levantó y se dirigió hacia la puerta. Miró por detrás de los cristales hacia diferentes ángulos de la calle. Barrió con la mirada todo el espacio que le era posible abarcar. Después, abrió la puerta, salió y realizó la misma operación desde la calle.

-Fuera no hay nadie sospechoso; seguro que se han ido.

-Volverán. Quizás se hayan escondido.

-Tranquilícese, le aseguro que la calle está libre… ¿Quiere tomar algo y así dejamos que corra el tiempo y me lo cuenta todo con calma?

-No llevo dinero... pero si me…

-La invito.

-De acuerdo, tengo hambre.

Pol llamó al camarero para pedirle unas pastas y un café con leche. Cuando Gonzalo se personó en la mesa, los rasgos de su cara se intensificaron y se tornaron más austeros.

-Mejor un bocadillo... Si no te importa.

-Claro... Ya lo ha oído Gonzalo... Vamos, no se quede ahí hombre de Dios.

Pol quedó por breves instantes sumergido en sus propios pensamientos.

-Tendrá cara la chica –Pensó.

El camarero se alejó con cierta preocupación y la muchacha, con la voz entrecortada pero con la rapidez de un rayo, relató a Pol una historia de persecuciones continuas que en realidad resultó para el chico, poco convincente. A veces, quizás por el nerviosismo, o tal vez porqué hablaba con demasiada rapidez, se le mezclaban las palabras y apenas se entendía lo que pretendía comunicar.

Cuando apareció de nuevo el camarero con el bocadillo y la bebida, la chica casi había terminado. Gonzalo quiso decir algo.

-Ahora no, por favor.

Pol estaba pendiente de la joven y no quería interrumpirla hasta que acabara de hablar. El muchacho intentaba atar cabos, pero había demasiadas cosas que se le escapaban. Aquella muchacha despeinada acabó de hablar y se puso a comer como si de verdad pasara hambre. Poco tiempo después, parecía estar más tranquila.

Cuando acabó de tragarse el bocadillo, cogió su taza de café con leche, le tiró dentro los dos sobres de azúcar que suelen colocar en el pequeño plato y, fijándose que el sobre abierto de Pol no estaba vacío, lo cogió también y lo echó dentro. Meneó con fuerza y en dos rápidos sorbos, tuvo el líquido en su interior. Nada que ver con la forma de tomar café que tenían ciertas señoras y que tanto gustaba al muchacho.

-Vaya una manera de desperdiciar el sabor; quizás sería mejor que pidiera una taza de azúcar con un poco de café con leche –Pensó el chico, aunque no dijo nada sobre el tema.

Hubo unos instantes de silencio sepulcral entre los dos, que a pesar del murmullo de fondo que provocaba la vida cotidiana en el gran café Continental, a Pol se le hacía eterno. No soportaba el silencio cuando no estaba solo.

-Si quiere, la acompaño a su casa y así comprobamos que no la sigue nadie.

A la chica, le cambió la cara de golpe.

-Claro, la excusa perfecta; me llevas a casa y luego… Todos sois iguales.

-Señorita, cálmese… No era mi intención.

Pol levantó el brazo para indicar a Gonzalo que se acercara y así saldar su cuenta para irse, cuando vio que éste ya se dirigía hacia su mesa. La chica giró su cabeza, miró en dirección a la puerta de entrada y se meneó inquieta en su silla. De nuevo apareció en ella aquel nerviosismo que la invadía al principio.

-Ahí están… los dos hombres con la chaqueta gris. No se habían ido. Me lo temía. Me siguen a todas partes. Ayúdame. Por favor, ayúdame.

Gonzalo se colocó detrás de Pol, le puso su mano derecha en el hombro con un gesto cariñoso, como un buen amigo de toda la vida y se limitó a observar como aquellos dos hombres se acercaban a la mesa. Esta vez, la escena que constituía la postal para el recuerdo, estaba llena de connotaciones más bien tristes.

 

******

 

Pol, después de haber reposado la comida del mediodía, subía andando por el sendero. A lo lejos se divisaba el edificio. Era un edificio antiguo del cual ya habían restaurado una de las zonas, aunque quedaba trabajo por hacer. Se alzaba en la cima de la pequeña colina que había en la parte alta de la ciudad. Podía haber llegado en coche hasta la misma puerta de entrada, pero el muchacho decidió ir andando porque el sendero era hermoso y de paso movía un poco las piernas. Hacía muchos años que no subía hasta allí y no recordaba que el recorrido fuese tan largo, ni siquiera recordaba que la cuesta fuera tan empinada.

El chico, llevaba bajo el brazo, un pequeño paquete envuelto en papel, y aunque hacía calor, había cogido una fina chaqueta de hilo, por si más tarde refrescaba.

Llegó delante del ala principal del edificio y dirigiéndose a la puerta de entrada, la abrió.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes. ¿Podría ver a la señorita Encarna Moreno?

-Usted es el señor que…

-Si, el mismo.

La recepcionista desapareció por una de las puertas interiores para avisar a la chica. Pol caminaba de un lado a otro del vestíbulo y hojeaba aquellas paredes desnudas, blancas como el marfil, pero gastadas por el paso del tiempo.

-Si las pintaran un poco y colocaran en ellas algún cuadro con tonalidades más bien alegres, el recinto sería más acogedor –Pensó.

Poco después apareció la chica, acompañada por la mujer que estaba en recepción y ésta los condujo a una pequeña estancia en la que apenas había elementos decorativos. En el centro se encontraba una mesa rodeada de unos cuantos sillones más o menos cómodos.

-Pónganse en esta sala, estarán mejor.

-De acuerdo, gracias.

Cuando la recepcionista se retiró, Pol pudo dirigir toda su atención a Encarna. Aunque la chica estaba seria, de sus labios salía una tímida sonrisa, apenas perceptible.

-¿Cómo está usted?

-Bien.

-La veo estupendamente… Mire…

El chico cogió el paquete que llevaba envuelto bajo el brazo y lo ofreció a la muchacha. Ella, lo miró detenidamente y lo acarició durante un buen rato sin decir nada.

-¿No lo abre?, es un bocadillo. Lo he traído para usted.

-No tengo hambre.

-¿Querrá que suba a verla de vez en cuando?

-Bueno… Si… Quizás.

Encarna iba contestando de manera muy escueta, pausadamente, como si le costara hablar. De aquella chica asustada y nerviosa que conoció, no quedaba apenas nada. La habían sedado demasiado y daba pena verla así.

Cuando los dos celadores se la llevaron del gran café Continental la mañana del día anterior, Gonzalo se lo explicó todo a Pol.

Encarna era una chica que sufría desde hacía muchos años, un tipo de enfermedad mental que ha veces le provocaba alucinaciones con ciertos ataques de ansiedad. Algunas veces, no demasiadas, podía resultar violenta. Estaba recluida en el sanatorio de la ciudad y de vez en cuando, en medio de alguno de sus paseos por el jardín, cogía el sendero y bajaba a la ciudad. Nadie se daba cuenta de ello. Dos veces al año solía aparecer por el gran café y el camarero se encargaba de llamar al hospital para que la recogieran.

-Una triste historia.

El sol se escondía tras las montañas, quedaban ya pocas horas de luz. Pol recorría el sendero en dirección a la ciudad. Su estado de ánimo no le permitía ver los árboles ni disfrutar del hermoso follaje de alrededor. Ahora, solo distinguía claramente el polvo del camino.

Antes de dirigirse a su casa, pasó por el gran café Continental. Entró. Se acercó a la barra y se sentó en uno de los taburetes. Era ya tarde, pero aún hacía calor.

-Póngame un granizado de café, Gonzalo.

-Marchando. ¡Un granizado de café para el señor!

Dibujos de Gonzalo Riega