Laura:
Mi nombre es Laura, tengo 32 años y soy licenciada en Psicología.
Encontré fácilmente trabajo en esa área, pero no estaba satisfecha. Buscaba algo más, con lo que sentirme realmente completa. Mi vida funcionaba correctamente, pero mis aspiraciones eran más elevadas.
Así fue como un día, meditando me surgió una idea excelente. Soy bastante realista, y conocía bien el sentimiento que provocaba el hecho de llevar algo a la práctica y que fracasara. Pero, ¡qué diablos!, quería probar.
No voy a ponerme a relatar detenidamente como lo llevé a cabo, pero sí que me sorprendió bastante la gran aceptación y logros que obtuvimos, tanto yo como mi equipo.
Os lo explico desde el principio.
Andaba varios meses dándole vueltas a la cabeza, pensando en lo que sería crear mi propio negocio. Algo totalmente inusual en mí. Me instalé en una calle céntrica de Madrid y comencé con las preparaciones.
Estamos en una sociedad donde las prisas, el trabajo, el bullicio no entiende de escuchar. Sí, me refiero a saber hacerlo. La gente acaba por permanecer en silencio y sólo dialogar sobre soeces. Le damos poca importancia al valor que tiene escuchar a los demás.
Me dediqué a crear mi propia publicidad en periódicos, Internet y otros medios y conseguí muchas llamadas.
Mi propósito era reunir mujeres con distintos modelos de vida, de distintas clases sociales y tratar que se escuchasen las unas a las otras.
Creé varias secciones donde podrían hacer ejercicios con monitores, ir a pasar una tarde tomando un café, leer, ya que también habilité una mini-biblioteca, y dejé las puertas abiertas a más cosas que podían ocurrírseme luego. Solo ponía una condición: debían ser solo mujeres.
Empecé a citar en mi consulta a varias. Después de conocerlas mejor individualmente, es cuando me decidí a reunirlas a todas y así, crearía la “Asociación de Mujeres Libres”.
No me servía cualquiera. Necesitaba mujeres totalmente involucradas en la sociedad, mujeres dispuestas tanto a ayudarse a sí mismas, como a ayudar a las demás. Y así fue.
Hice un círculo y cité a mis clientas. Les dije que una por una debían relatar sus vidas, lo que en éste momento les preocupaba, sus inquietudes... a todas ellas les pedí que se definieran. Al principio, reconozco que les costó y es totalmente comprensible, ya que no es fácil hablar de uno mismo con alguien a quien apenas acabas de conocer, pero supongo, que se otorgaron a sí mismas, la suficiente confianza para animarse a hablar.
Así empezó Isabel.
Isabel:
-Cuéntanos Isabel... –Pidió Laura.
Mi nombre es Isabel. Tengo 58 años. Nací en un pueblecito de Extremadura y soy la mayor de cuatro hermanos. Siempre he tenido un carácter bastante fuerte, debió aparecer cuando empecé a apreciar las diferencias que existían entre mis hermanos y yo. Mi madre siempre ha sido muy exigente conmigo.
No estaba dispuesta a pasar mi vida en un pueblo donde solo podía trabajar en las labores del campo, y cuando llegase la edad de casarme, hacerlo con cualquier chico respetable de la zona. Jamás podría salir de allí y esa sensación de opresión me hacía pensar en que mi vida sería diferente.
Marché a Madrid cuando tenía 19 años, a servir en una casa. Me fui con una maleta y los pocos ahorros con los que contaba. Mis padres, a partir de entonces, no quisieron hacerse responsables de mis actos y lo único que recuerdo por su parte fue un: “si te marchas, no vuelvas. A partir de ahora, has muerto para nosotros".
Aún así, le eché valor y perseguí lo que tanto deseábamos las chicas que éramos diferentes a esa edad: Independencia.
Los comienzos siempre son duros, me instalé en el Barrio de Salamanca a servir a Herminia, una señora mayor viuda, que buscaba a una chica para que la ayudase en las tareas domésticas y le hiciese compañía. La señora, en verdad, era cortante, muy conservadora y contaba con bastante dinero. Era de esas personas que viven de las apariencias, no disponía de amigas, ni de hijos. Entonces me di cuenta, que pese a que yo quería ser independiente, también quería llegar a su edad rodeada de gente a la que quisiera, y no parecerme en nada a ella.
Nunca supe cual era la mejor manera de acertar en mis decisiones, porqué con el paso del tiempo, ahora me paro a pensar qué he hecho mal y porqué he llegado a ser igualmente gris como lo era la señora Herminia, cuando realmente estaba rodeada de personas a las que adoraba y por las que hubiera dado la vida sin pensarlo.
Ahora me doy cuenta de que me molesta que mi pelo crezca cano, e intento disimularlo con tintes, que mis pechos se hayan caído, que mis arrugas invadan mi cara.
Me casé con un hombre del cual estaba enamorada. Le conocí y me dijo: "me gusta que no seas como las demás, me encanta que seas espontánea, abierta, risueña, que tengas esa curiosidad por todo lo que te rodea"... y entonces creí desfallecer, porqué ni tan siquiera me veía así. Pero había alguien que sí y eso es lo que verdaderamente me hacía ser especial.
Pero ay, ¡Dios! Me casé y dejé de trabajar para los demás, para formar una familia. Así empecé a dejarme llevar por la corriente y empecé a acomodarme y a decir:
-Al fin y al cabo esto no está tan mal.
Luego llegaron los hijos, y durante unos años solo me dediqué a ellos, a mi marido, a mi casa. Y él iba ascendiendo, y él iba pasito a pasito consiguiendo sus metas, y yo me quedaba anclada en casa.
Después de tener a mis hijos, me miraba al espejo todos los días y no me reconocía. Hasta que opté por dejar de mirarme. Mis niños eran pequeños y para mí era agotador todo el día pendiente de ellos, de la casa, la limpieza, la compra, la comida. Mi marido venía también cansado del trabajo, así es que era su justificación ante mis continuos reproches en cuanto a la educación de sus hijos.
Cada vez me encontraba más apagada, cansada, me veía poco femenina, poco... poco todo, ¡joder!
Y las relaciones sexuales fueron en declive.
Él al principio insistía bastante, pero dejó de hacerlo ante mis negativas consecutivas. Lo cual fue peor, porque me sentí poco atractiva para él.
Pasan mis hijos a mi alrededor con sus vidas, y yo soy la única que me quedo en casa viendo la programación ante el televisor.
Una vez que mis hijos fueron tomando sus propios caminos, y nació mi nieto, mi vida volvió a centrarse en ese niño... me sentía sola, muy sola.
Mi marido se había despreocupado totalmente de mí una vez que supo que me tenía en el nido. De echo, no se conmovió en absoluto cuando descubrí, gracias a mi intuición femenina y a mi seguimiento exhaustivo, que mantenía relaciones sexuales bastante satisfactorias por cierto, con una vecina que estaba soltera.
Jamás podía sospechar algo así. Y es que los hombres, en lugar de hacer todo lo posible por volver a reconquistar a su mujer, darle cariño para que la relación no muera, no, para ellos es mejor romper con todo y hacer el amor con otra señora que no se ha sacrificado absolutamente nada por él y que no le da las cosas hechas.
Todo esto, me llevó a hundirme en el abismo y pasé por una grandísima depresión. Mis hijos intentaron ayudarme y aún lo están haciendo. El mayor me trae muy a menudo a su hijo y es el único momento en el que intento sonreír.
No puedo contarle lo que me está sucediendo a mis hijos, porque al fin y al cabo, es su padre y el echo de que me haya sido infiel a mí, no significa que sea algo que tenga que ver con ellos. Para él ya no soy la mujer interesante que conoció, pero ¡diablos!, esto es prácticamente imposible, todos vamos evolucionando, yo no podré ser joven de nuevo, ni tener esa libertad... porque puse mi vida en sus manos y en la de nuestros hijos, porque él me dijo que así estaba perfecto, porque me metió esa idea de la familia tan errónea, como es el sacrificio, para luego decirme que me han ensanchado las caderas, los pechos se me han caído con los partos y las arrugas hacen mella en el entorno de mis ojos por esa sonrisa que aparecía en mi rostro cada vez que los veía a ellos felices.
Estoy totalmente desesperada, vi la publicidad de esta asociación y estoy aquí porque necesito ser escuchada y salir así, de mi entorno tan reducido, que yo misma he creado.
Isabel rompe a llorar y todas las demás la miran un tanto asombradas y muy tiernamente. Ojalá, piensan muchas, hubiesen tenido una madre así, o una amiga así. Una mujer sacrificada por las personas a las que quiere, que ahora empieza a ver la vida de otro modo. Quiere seguir progresando como persona y no anclarse como los árboles, donde todos van y vienen y ella permanece inmóvil, quieta, esperando. Se ha dado cuenta que no le queda mucho tiempo y que tiene que salir en busca de su felicidad. En realidad, conserva unos ojos negros preciosos y Lucía, no tarda mucho en recalcárselo.
En respuesta a una señal de Laura, Julie también nos cuenta su testimonio.
Julie:
Bueno... no sé por donde empezar, estoy algo nerviosa, pero lo voy a intentar como han hecho mis compañeras.
Soy Julie, tengo diecinueve años. Nací en Colombia, pero residí desde los seis años en un pueblo chiquito llamado Pereira.
Estoy en España desde hace cinco años. Ahora no tengo trabajo, y esto también me animó más para saber si estaba capacitada para pertenecer a esta asociación.
Pese a mi corta edad, también tengo cosas que contar.. soy una persona emprendedora, que tiene pocos miedos, ya que desde bien pequeña comencé a valerme por mí misma.
Mi mamá me llevaba a la escuela cuando vivía en Mellín, que era una ciudad más grande, pero apenas podía salir con los amigos, como veo que hacen en España, puesto que era una ciudad peligrosa, repleta de delincuencia, miseria y narcotraficantes.
También existían y aún existen, las guerrillas de la milicia, los cuales hacían caza prácticamente todas las semanas. Les importaba poco que la calle estuviese repleta de gente, la víctima estaba ahí y debían realizar la matanza.
No hay demasiada seguridad en mi país, por lo tanto la gran mayoría de los ciudadanos pasean alegremente con armas en el bolsillo.
Mis padres no permitieron que mi vida y la de mi hermanita se tornasen insostenibles, que estuvieran abocadas a no tener infancia y lo que es peor, a no tener futuro ni progreso.
Siempre fui una chica reservada, tímida, y esto, junto al hecho de tener que estar siempre encerrada en casa entre cuatro paredes, me hacía ser una persona totalmente insociable.
Reconozco que estas situaciones invocaban en mí un fortísimo mal humor. El entrecejo siempre lo tenía a punto de explotar.
El hermano pequeño de mi mamá era toxicómano, con lo cual tuvo que vivir con nosotros y con la abuela, no porque a mi papá le gustase, sino porqué sabía que mamá y su suegra sufrían demasiado sabiendo que estaba desamparado.
Con poca edad tuve que saber lo que eran discusiones repetidas, lloros desconsolados.
A mí me ponían a jugar con mi hermana y pintábamos con lápices de colores, pero siempre volvía la cara cuando oía gritos.
Un día, mi tío estaba más nervioso que de costumbre, necesitaba su dosis y no la había obtenido, por lo tanto, su irritabilidad comenzaba a afectar a mi hermana, mientras yo le miraba con ojos ausentes.
Aprendí a guardar la calma de un modo asombroso. Más bien, sentía que debía proteger a mi hermana Alexandra.
Ese día, recuerdo que cogí un lápiz de color rojo para pintar mi casita imaginaria, es curioso, elegí un rojo, Alexandra comenzó a llorar porque pensó que se lo había quitado. Mi tío, sin mediar palabra, me cruzó la cara de una ostia y me rompió el labio.
Mi padre no quiso saber nada más, no sólo no sabía respetar la convivencia de su familia, si no que además, le puso la mano encima a su hija y fue la gota que colmó el vaso.
Jamás quise a mi tío, siempre le recuerdo con rencor, incluso al hablar de él me impulsa a cerrar el puño y apretarlo con todas mis fuerzas. Falleció hace unos años, yo ya estaba residiendo aquí.
Soy católica, es lo único que nos queda allí, en países que tocan todos los días con sus manos la miseria absoluta, la injusticia, la crueldad, la fe es lo que nos impulsa a seguir adelante.
Por ello, siempre pensé que al no sentir la muerte de mi tío, una divinidad al que todos llamamos Dios, me castigaría.
Y bien que lo hizo.
El año pasado estaba charlando con unos amigos en un parque y llegaron unos chicos con la cabeza al cero y comenzaron a insultarnos:
-Fuera inmigrantes, vamos a limpiar España de putos sudacas.
Mis amigos se pusieron nerviosos, pero no dijeron nada, pensaron que sería peor, al fin y al cabo, sólo eran una panda de descerebrados.
Pero no, ellos continuaron. Dije que nos marcháramos pero mi amigo se dio la vuelta y les dijo:
-Por favor, no continuéis, estáis empezando a incomodarnos, solo intentamos pasar un rato tranquilos.
Uno de ellos se acercó, debía ser el líder y le siguieron los demás. Le escupió en la cara.
Andrés se limpió, pero entonces nos acorralaron. Viendo lo que iba a pasar, mis amigos salieron corriendo, pero entonces el miedo me paralizó. Andrés se quedó solo ante el peligro, le empujaron y entonces comencé a chillar. Esto hizo que mi amigo pudiese escapar, pero yo seguía paralizada.
No querían pegarme delante de tantos testigos, así es que me cogieron del brazo y me llevaron hacia una calle despoblada completamente.
Me escupieron, me tiraron del pelo, me insultaron, me metieron un puñetazo que me hizo desvanecer en el suelo. Perdí el conocimiento y cuando volví a recobrarlo, me vi con las manos en la cabeza, no sé como lo hice, supongo que fue el instinto y una gran franja que recorría la calle. Era una brecha abierta de par en par.
Sin fuerzas, con el cuerpo lleno de moratones, logré ponerme en pié. Lloraba y a la vez apreté los puños por la rabia y la impotencia. Gracias a Dios no les interesé sexualmente y pese a la gran humillación que me hicieron pasar, no me quitaron del todo mi dignidad como persona.
Esto lo he superado con la ayuda de mi familia y algunos profesionales, no tengo miedo, lo acabé de perder en aquel callejón.
Robaron mi inocencia y mis ganas de sonreír.
Pero ahora quiero volver a llevar las riendas de mi vida, quiero ser escuchada y escuchar las vivencias de todas vosotras.
Me gustaría hacerme más fuerte con vuestra ayuda. Mis padres trabajan muchas horas, y me dedico a realizar las tareas del hogar.
Busco salidas, busco comprensión, quiero encontrar lo que siempre he buscado, ser una mujer libre, sin que esto tenga que darme miedo.
Gracias. Lo lograremos.
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