Nos conocimos hace poco más de cinco años. Marcos era excesivamente joven y como tal le faltaba experiencia en casi todas las facetas de la vida. Era espabilado pero, muchas veces, demasiado impulsivo. Yo me fijé en él primero, era rubio y bien plantado, aún lo es; pero no fue hasta cuando él se fijó en mí y se me acercó que sentí unas cosquillas extrañas en todo mi cuerpo. Salimos a dar un paseo juntos y parece que nos entendimos francamente bien, ya que a la mañana siguiente me vino a buscar.
Me gustaba salir con él. Reconozco que los primeros días iba con mucho cuidado cuando conducía, quizás porqué hacía poco que tenía el carné y no quería tener un susto, pero no tardó demasiado en coger confianza y en apretar más de la cuenta el acelerador. A veces pienso que quería probar hasta donde podía llegar. A mi no me gustaba demasiado que corriera tanto, pero Marcos lo llevaba dentro.
Parece mentira como cambian los chicos en poco tiempo. Al principio quería que saliésemos solos y buscaba carreteras estrechas para alejarnos de la civilización; pero después, cuando ya se sintió seguro conmigo, cada fin de semana teníamos que salir con sus amigos.
Marcos fue el primero del grupo que tuvo coche y eso le daba una ventaja emocional que sabía aprovechar muy bien. Se sentía valorado como se siente valorado el chico que por primera vez coge un cigarro, lo enciende y se lo lleva a la boca pensando que ya es un hombre.
De todas maneras, no negaré que resultaba divertido salir con sus amigos. Íbamos con frecuencia a la cafetería más famosa del puerto. Me conocía el camino de memoria. Ellos pedían unas bebidas, la mayoría de veces con dosis elevadas de alcohol, y yo, siempre que tenia sed, me tragaba el mismo líquido negro y viscoso que tanto me gustaba.
Una de las cosas que siempre le he agradecido a Marcos, tanto por su seguridad como por la mía, ha sido la buena voluntad de no beber alcohol si tenía que conducir. A pesar de esto, cuando hacía cerca de un año que salíamos juntos, me dio un buen sobresalto. Aquella noche había dormido poco y se le cerraban los ojos. Conduciendo de madrugada, llegaba al cruce que debía tomar hacia la derecha, sin darse cuenta de ello hasta que lo tuvo allí mismo. Al ver que se pasaba, giró bruscamente el volante y perdió el control de la situación. Yo no pude hacer nada, pero tuvimos suerte. Total, unos golpecillos sin importancia y poca cosa más. Desde aquel día, tuvo más cuidado.
Una de las pocas cosas que odiaba de Marcos, era su locura por los coches de alto nivel. Cuando veía uno de aquellos modelos con línea deportiva y la capota replegada, se quedaba embelesado siguiéndolo con la mirada hasta que se perdía en la lejanía. Parecía que no había nada mejor en el mundo, y cuando digo nada, quiero decir nada. Dejaba bien claro que prefería mirarse aquellos vehículos tan espectaculares que no mirarme a mi. Si eso es a lo que llaman celos, en aquellas ocasiones a mi me daba un ataque.
Dicen que en la vida, se suelen recordar especialmente las cosas buenas o las malas y es verdad, porqué siempre me viene a la memoria aquel sábado en el que le inflaron los morros a Marcos. En aquella ocasión, yo no lo acompañaba. Había quedado con sus amigos. Pepe había estrenado coche hacía cuatro días y querían celebrarlo. Parece que fueron carretera allá sin rumbo fijo y cuando se cansaron de hacer quilómetros entraron en un Pub de mala muerte que ni tan solo conocían. Aquella noche sí que Marcos tragó alcohol. La euforia que llevaba encima fue el detonante. Si no hubiera ido borracho, seguramente no se habría metido donde no lo llamaban. En una mesa cercana había cuatro energúmenos que se entretenían molestando e insultando a dos chicas. Pepe y Guillermo le advirtieron que no se mezclara en el asunto, pero en la personalidad de Marcos siempre había existido algo de Quijote y cuando iba mamado resultaba incontrolable. Se tiró encima de aquellos mal nacidos y como eran altos y voluminosos, quien recibió fue él.
A la mañana siguiente, ya sereno, vino a desahogarse conmigo.
Una tarde, no hace mucho, cuando ya no le quedaba la más mínima señal en la cara, me cogió y fuimos juntos a aquel Pub de mala muerte. Necesitaba volver. Quería comprobar alguna cosa. Quizás necesitaba saber si aquellos cuatro animales seguían allí, o simplemente tenía ganas de volver a ver a las chicas, no lo sé. El caso es que nos pasamos muchas horas en aquel lugar. Yo quería volver a casa, ya era tarde, pero Marcos no se movía.
No sé como se lo hizo, pero ya prácticamente de madrugada salió del local con una de las chicas. Yo los miraba de reojo. Hablaban animadamente y mientras se acercaban a mi, reían y se besaban como si lo hubiesen hecho tota la vida. Cuando los tuve a tocar, me di cuenta de que el muchacho había bebido. Era la primera vez que lo hacía teniendo que coger el volante y el hecho me dejó inquieto.
Mientras Marcos conducía, la chica se le acercaba y le daba besos. En un punto concreto de la carretera, el chico se desvió por un camino poco recomendable buscando un rincón oscuro y apartado. Con las ganas que tenía yo de llegar a casa y ahora me tocaba aguantar las calenturas de la nueva pareja.
En unos segundos, se habían quitado la ropa que había ido a parar al asiento de atrás. Ya no les importaba si alguien les miraba. Los culos suaves i tiernos rozaban la tapicería desprendiendo un calor ligeramente molesto. Se tumbaron como pudieron en la incomodidad del lugar y unieron desesperadamente sus cuerpos. La muchacha tenia unos pechos espléndidos, todo debe decirse, llenos de aquella juventud tan deliciosa. Las manos iban de un lugar a otro sin descanso. De repente, Marcos se paró, alargó un brazo cogiendo sus pantalones y de uno de los bolsillos sacó un envoltorio diminuto. Lo abrió y se lo colocó. Desde aquel momento, todo se desarrolló mucho más rápido. Todo se acabó en pocos minutos.
La chica cogió su ropa y se la puso encima como si ahora, la avergonzara el hecho de que sus partes íntimas siguiesen expuestas al aire. Cuando Marcos se recuperó un poco, se vistió y se puso de nuevo al volante. El día ya clareaba. Pero no íbamos en el buen camino, volvíamos atrás. Claro, debíamos dejar a la chica en su casa.
El viaje de regreso resultó silencioso. Marcos no tenía nada que decir. Los efectos del alcohol aún se dejaban notar en aquel cuerpo joven que no estaba acostumbrado. Quizás en condiciones normales hubiera podido evitarlo. Ya sé que no fue culpa suya, pero iba bebido.
Ya hace diez días que está en el hospital. Dicen que ha salido del peligro pero que aún tardará en curarse. El caso es que no sé qué va a pasar conmigo. Tengo golpes por todos lados y mi estado es lamentable. Me duele todo, pero soy optimista y pienso que puedo salirme de esta.
Ahora, solo me queda esperar. Esperar a que Marcos o quien sea, decida si me van a arreglar, o por el contrario se compra un coche nuevo. La continuidad de una amistad como la nuestra, prácticamente siempre, depende de una decisión como esta.
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