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El año
1947 aparece "Tino Costa". Habían pasado
doce años desde la publicación de la última
novela y entre medio había estallado la guerra, el desenlace
de la cual tendría un efecto determinante en la obra de Arbó;
el más visible, fue el uso del castellano en la mayoría
de obras posteriores. La primera obra en castellano fue la biografía
"Cervantes" el año 1945, que representó
un éxito importante y se tradujo a una docena de idiomas;
en 1954 haría una nueva y controvertida incursión
en el género con "Verdaguer", ésta
en catalán, y años más tarde seguiría
con "Pio Baroja" y "Oscar Wilde".
Si habíamos
agrupado por un lado "Terres de l'Ebre" con
"Camins de nit" y por otro lado "L'inútil
combat" con "Hores en blanc", podemos
situar ahora "Tino Costa" como final de un ciclo
que formaría con las primeras, pero a la vez como bisagra
entre éstas y el segundo grupo. Por otro lado contiene un
anuncio del escenario urbano que domina en las posteriores novelas
castellanas. La concentración narrativa en un único
personaje hace que "Tino Costa" forme pareja con
las dos novelas de tono existencialista , pero la interiorización
aquí no es tan acusada; en cambio el punto de vista narrativo,
el relato en tercera persona, lo asocia claramente con el que nombramos
como el primer ciclo del Ebro.
"Tino
Costa" es el esfuerzo más ambicioso realizado
por Arbó para iluminar con la novela un alma singular y atormentada.
Como en "L'inútil combat", Tino es un personaje
que no se ha integrado en el medio - en este caso ha jugado un peso
importante el hecho de ser hijo bastardo - y siente la necesidad
de huir del pueblo. Sus retornos son temidos por la población,
representada en las murmuraciones de los grupos de mujeres, y en
efecto arrastrará en la desgracia primero a la Mila, que
abandona su rico prometido Tiago de Candaina por él, y después
la Sileta, muerta en sus brazos en una noche de horrores. Como pasa
en "Camins de nit", envuelven la historia central un conjunto
de relatos sobre personajes y hechos más o menos laterales,
pero ahora el autor dirige más su energía a describir
la sicología del protagonista.
Cada vez
que Tino Costa vuelve al pueblo lo hace con el anhelo de reencontrar
la felicidad de la infancia. De hecho Tino, y en esto es hermano
de su inventor, Sebastià Juan Arbó, ve el mundo desde
la óptica del paraíso perdido, de las mitificadas
experiencias de la infancia. Pero, a parte de su madre, que vuelve
a tener como atributo principal el de la espera, el resto de las
ilusiones se van perdiendo. El encuentro con la Mila es descrito
como la unión de dos almas solitarias, pero el peso de la
familia y el rechazo escandalizado del pueblo acaba separándolos
de nuevo.
Un interesante
personaje, por insólito, se perfila como el único
capaz de entender la bondad y el anhelo de pureza que duermen en
el fondo de Tino Costa. Es el viejo profesor de música Baldà,
con el cual Tino mantiene conversaciones de tono filosófico;
el viejo comprende el tormento de él, es pero un hombre conformado
que ha optado y a conquistado la armonía después de
haber superado las tempestades íntimas en qué el oltro
sucumbirá. También el viejo es de los únicos
que conoce y reconoce el arte escultórico de Tino. Un elemento
espléndidamente aprovechado por Arbó para construir
un correlato de la misma novela: nos dice que Tino (Arbó)
ha volcado en el trabajo de esculpir una figurita (la novela) hecha
en madera de olivo toda su lucha y todo su misterio interior.
Uno de los
episodios relativamente innovadores respecto a la producción
anterior del autor son las peripecias de Tino Costa en los barrios
bajos de Barcelona. Descritos como un auténtico descenso
a los infiernos, encontramos en la narración la capacidad
de Arbó para combinar la cruda explicación de la inmundicia
dantesca y personajes deformados hasta lo 'infrahumano con un primoroso
lirismo que fluye del choque con la intimidad del protagonista.
El mismo Tino Costa es un vivo ejemplo de esta contradicción
entre una afinada sensibilidad para la belleza o la bondad de ciertas
personas (Màrius, Quim, Baldà) y, por el contrario,
una brutalidad que lo arrastra como una fuerza superior hacia el.
A semejanza de libros anteriores y atada a esta percepción
de la belleza encontramos la fuerza consoladora y acariciante que
ejercen algunas voces - la de Sileta - sobre Tino Costa.
La bestialidad
es, al lado del lirismo, un elemento substancial en "Tino
Costa". Una bestialidad que aparece en la relación
entre personas: los golpes de cinturón del padre del abuelo
de Tino a su abuela, las bromas brutales a Candiet, entre otras.
Aparece en la relación con el medio: los tres chavales quemados
dentro de un carro o el carretero que queda colgado por la faja.
Hay para acabar una bestialidad de todo el pueblo cegado contra
un hombre: la persecución y apedreamiento hasta matarlo enterrado
como un perro, de Tino Costa. Pero si hay un momento en que se atan
de manera indisoluble violencia y ternura, brutalidad y poesía
es cuando la Mila hace los preparativos para colgarse en su habitación,
delante de la ventana por donde entran ya los primeros síntomas
primaverales; la escena está descrita minuciosamente y como
un acto de liberación que nos recuerda Agneta tirándose
en el canal en "Terres de l'Ebre".
Capítulo
a parte merecía el sueño premonitorio, asfixiante,
que asalta Tino Costa en su última noche, luchando con la
madre contra la crecida del río delante de la mirada inmóvil,
ya acusadora de Sileta. Es una pieza redonda y acabada pero que
encaja dentro de la estructura compleja de la novela. "Tino
Costa" se estructura, como es habitual en las primeras
novelas de Arbó, en tres partes. Una especie de prólogo
nos informa de que el autor ha recogido de la memoria popular los
hechos que narra. Pero evidentemente la manipulación posterior,
el estudiado juego de idas y venidas en el tiempo que reflejan los
capítulos, delatan la concepción demiúrgica
que Arbó tiene de la novela y desbaratan el tópico
de Arbó tanteando, intuitivo e irregular. El avance que se
hace del desenlace en el inicio de la novela, lejos de restarle
tensión, nos acerca a un fatalismo heredado de la tragedia
griega. Un fatalismo que se incardina en el camino inexorable que
siguen los personajes hacia la destrucción: Sia, Sileta,
Tino, Mila y Maria Àgueda.
Afirmaba
el autor que con "Tino Costa" decía
adiós a sus fantasmas de su infancia y juventud.
Emili
Rosales. 1992.
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Uno
de los barrios de Amposta.
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Si "Tino
Costa" fue después conocido,
si ha sido citado en trabajos de crítica, de erudicción
y de historia literaria, si ha sido leído, esto se debe a
sus traducciones a otras lenguas.
La ocasión
para mi esperada se presentó después, cuando el
Club de los Novelistas, conocedor de mi deseo de proceder a una
reelaboración definitiva de esta novela, se ofreció
a editarla sin ponerme límites de tiempo. La publicarían,
me dijeron, cuando yo la diera por acabada, concediéndome
para trabajar en ella todos los meses y hasta años que me
fuesen necesarios. Puedo decir que desde entonces he trabajado seguido
y con gran ilusión.
La principal
modificación, ha consistido en situar concretamente la
historia en el tiempo y en el espacio: Santa María dels Monts
se ha convertido en Amposta en la época de las guerras carlinas.
Amposta es el pueblo donde, en efecto, no solo pasaron muchos de
los hechos que aquí se relatan, si no donde vivieron, si
no todos, muchos de sus personajes.
Sebastià
Juan Arbó.
1968.
"Tino
Costa"
empieza con una introducción del propio autor, que dice de
esta manera:
Me propongo
escribir una historia oscura, una historia de violencia y de
noche. Los personajes para acercarse a la verdad de lo que pasó,
deberían pasar como por debajo del soplo de una continua
tempestad, y aún así pasaron por la vida. Por esta
causa mi pluma permanecía indecisa desde mucho tiempo atrás,
por miedo a que la narración no se dañara en mis manos
y no quedase desprovista de aquella sencilla grandeza, unida a un
profundo dramatismo que adquiría en labios de aquellos de
quien la oí contar allá en mi pueblo.
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