Portada de "Terres de l'Ebre" de librería Catalonia
 

El año siguiente a la publicación de "L'inútil combat" aparece la segunda novela de Sebastià Juan Arbó, "Terres de l'Ebre", que en realidad la había escrito bastante tiempo antes de "L'inútil combat".

"Terres de l'Ebre" es una novela diferente de la anterior: en vez de centrarse en un personaje único, se dispersa en unos cuantos de diferentes; hay un narrador que dirige el relato en oposición a la primera persona de "L'inútil combat"; el estilo, por fin, es aquí más moroso, más dado a la descripción del paisaje con la consiguiente relentización del ritmo narrativo. "Terres de l'Ebre" sufre una concepción clásica, referente al siglo XVIII, de la novela; no debemos olvidar que en aquella época las lecturas preferidas del autor eran las obras de Tolstoi, Balzac, Dostoievski, y también de Blasco Ibáñez.

Arbó se propone pasar el espejo de la novela a través de tres generaciones de agricultores del Delta aprovechando a fondo su concepción y capacidad novelística: establece con eficacia el tiempo interior de la novela, ordena y entrelaza los personajes con sobriedad y destaca especialmente en la creación de un gran escenario donde se ha de desenvolver el drama que relata. Empieza de esta manera el nombrado "mito del Ebro". En principio obsevamos un notable contraste entre la riqueza desbordante en la descripción del paisaje, que a menudo se transforma en protagonista, y la pobreza, el primerismo en qué están sumidos los personajes que lo habitan. Unos personajes criados en la dureza cuando no en la crueldad de una naturaleza que luchan por dominar y fatalmente faltos para la relación con los otros, para la comunicación. Viven escindidos entre el aislamiento de la ancha y desierta ribera y un no más esperanzador adocenamiento que preside las relaciones cuando acuden al pueblo con motivo de las fiestas.

Tarde o temprano acaba apareciendo en la vida de estos hombres el detonante de su drama, de su definitivo hundimiento. Cuando Joan empieza a sentirse realizado muere su mujer, Roseta, ahogada en una acequia, y un ilógico sentimiento de culpabilidad lo tortura día y noche. Joanet, criado con la frialdad de un padre que no encuentra la manera de comunicarle su ternura, arrastra siempre un complejo de inferioridad que también lo lleva a la desesperación después de la humillación a que se ve sometido por su amor frustrado con María. Son víctimas de una fatalidad que los encamina a la degradación moral, degradación de la cual nunca sabrán liberarse y que los guía a la destrucción. Joan, ya viejo y abandonado por el hijo, se vuelve loco y se cuelga en la prisión.

Pero la prisión no solo es un lugar físico donde el individuo está detrás de los barrotes. Como si estuviera entrando en la prisión se siente Roseta al casarse con Joan y tener que marchar a la desolada plana de la ribera. Presa se ve también Agneta después de ser violada por su padre, el Retxut, y rechazada por todo el mundo. Entrando en una prisión se siente María cuando sale de la iglesia, acabada de casar con Martí, un hombre a quien no quiere.

Entre los muchos elementos que aparecen por primera vez en esta novela y que reencontramos en otras del autor está la figura del amigo del protagonista. En este caso se trata de Andreu, quien, mucho más lúcido que Joanet, intenta hacer que se de cuenta de la realidad en que vive con los ojos tapados. El amigo juega también el papel de avanzar los acontecimientos de la historia, episodios que han de pasar en el futuro y que crean unas espectativas en el lector. Significativamente este amigo huye de aquella tierra que considera maldita.

Si Arbó se muestra prolijo en la descripción del paisaje y del paso del tiempo hasta atribuirle un halo de cosa viviente, por medio de una técnica sugeridora que lo acerca a algo poético, en ningún momento podemos decir que cae en el paisajismo. De la misma manera como el hecho de pararse en algunas escenas de la vida del pueblo, en los caracteres locales, no podemos tacharlo de costumbrista: siempre es la exigencia de la línea narrativa, el nervio vertebrador del relato, aquello que determina o justifica estas explicaciones.

Con "Terres de l'Ebre" Arbó se acerca a la alta ambición de bastir un microcosmos (recreado, más que imaginado) donde, a la manera de lo que pasa en las grandes obras clásicas - apuntamos aquí la influencia de la tragedia griega, especialmente de Eurípides -, se representa el esfuerzo del hombre para encontrar el sentido de la existencia, intento que en las obras de Arbó equivale siempre a un fracaso. Un fracaso que se explica por la incapacidad del antihéroe de superar una soledad que lo acaba destruyendo y por el silencio que le ofrece un medio, un cielo, grandioso e inescrutable. La capacidad sugeridora del relato trasciende la dimensión puramente realista a través de determinados elementos simbólicos como el agua (símbolo de la infancia, de la felicidad), la luz, las tinieblas o la noche, para poder alcanzar una dimensión mítica, de alcance universal.

Emili Rosales. 1992.

 
Campesinos de la Ribera del Ebro.
 

Arbó transforma las experiencias personales y las narraciones escuchadas cuando era niño en ficción gracias a dos influencias literarias decisivas, la de Eurípides, por un lado, y la de Dostoievski, por otro lado. Así habrá la presencia de una fatalidad inexorable que parece guiar a los personajes directamente a su perdición, mientras que la crueldad presidirá las relaciones humanas, una crueldad que desembocará, frecuentemente, en hechos trágicos. La afiliación de los personajes, en cambio, es dostoievskiana, ya que se trata de hombres que se complacen en autoanalizarse de manera exhaustiva, conflictivos y enfermizos, rozan la locura y en más de un caso llegan a caer en ella. Estos personajes, roídos por el hecho de sentirse humillados, son marginados y no llegan nunca a integrarse en la sociedad.

Por representar la situación de angustia del hombre en el mundo, un mundo en el cual el personaje se siente extraño, extranjero, recorre Arbó a una imagen simbólica muy empleada por el autor ruso: la del prisionero; así sus personajes se sienten prisioneros metafísicos a veces, y son prisioneros reales en otros casos. Arbó se sitúa, por tanto, con estos modelos en una línea que desembocará en el existencialismo, que considera Dostoievski como el padre y aprecia mucho a Eurípides.

Carme Arnau. 1980.

 

En pocos pueblos el hombre ha trabajado como en el nuestro, tan duramente y sin descanso, en su combate con la tierra. Toda la Ribera es la obra de aquellos brazos, que la arrancaron del yermo, día tras día.

Sebastià Juan Arbó.